sábado, 20 de agosto de 2016

Cristina torero, Cristina toreando vida



Estarás a estas horas velando tu capote de seda blanca bordado en malva y morado como las siemprevivas extendidas en primavera, como las túnicas de los Nazarenos de abril y las manchas de vino recio sobre un mantel limpio.

Ese capote plegado durante diecisiete años que escribió una página nueva en la historia de la vieja tauromaquia, anclada en los siglos y en los prejuicios, en un mundo masculino en el que no había hueco ni cabida. Ese capote que abrió puertas, ventanas y mentes y que conjugó por encima de las trabas en toreo en tiempo femenino.

Mujer de atarse los machos, Cristina, desatándose de los machos para ser mujer y torero, maravillosa mujer de seda y oro, de franela y acero, árbol orgulloso que echó raíces sobre el albero. Aquella joven de flequillo recto y mirada decidida con el corazón latiendo a compás como los vuelos de un capote mecido contra el viento. Cristina Sánchez, Cristina torero, Cristina mujer. Torero de pies a cabeza, desde el dedo meñique a la punta de la coleta rubia, a esa melena al viento de mujer, de torero, de mujer, de madre, de torero, de Cristina.

Y te pienso ahora en la soledad del hotel, en el silencio espeso que precede a la batalla, en la responsabilidad del nuevo paseíllo, en el compromiso con la enfermedad, en los nervios del regreso, en la emoción de ceñirte al traje como una segunda piel. Las medias rosas y la espiga bordada, cereal, hostia consagrada, comunión; las zapatillas bajo la silla, esperando el roce, tu paso firme; ese capote de seda blanca bordado en malva y en morado que ya quiere beberse los vientos, vestirte.

Y regreso con los ojos cerrados a la Cristina vestida de calle, Cristina saliendo de la clínica con su hijo primero en brazos, el fruto del amor, el milagro de la maternidad. Tan madre, tan torero, conociendo por vez primera el vértigo que da la muerte cuando se ama por encima de uno mismo. Y pienso en las caricias, en el mágico lenguaje que solo poseemos las mujeres cuando nos enfrentamos a la carne venida desde el vientre, a la maravilla de regalar la vida. Y te veo hoy como entonces, más torero que nunca con las caderas más anchas y la mirada empapada de ternura, tan torero como las miles de mujeres que cada día traen hijos al mundo con el dolor de sus carnes.

Cristina torero. Cristina mujer. Cristina madre, como esas miles de madres que luchan contra el tiempo y los relojes en los pasillos de los hospitales, en las largas sesiones de pruebas y de quimio, de analíticas. En la espera, en la búsqueda del milagro, en la desesperación, en las sombras y en las luces. Tú, que eres madre, lo sabes. Sabes lo que duele un hijo, más que una espada, más que una cornada en lo más profundo del ser, insondable, irracional.

Y adivino en tus ojos de aquella niña de flequillo rubio los ojos de los niños que miran a la vida de frente, que atisban la esperanza, que intentan ver una luz nueva cada día. Esos niños del cáncer que hoy haces visibles cogiendo tu capote, echando la pata alante, marcando la cruz en la arena y ofreciéndote generosa en el ruedo, regalando vida. Tú, que has regalado la vida.

Estarás a estas horas velando ese capote de blanca seda y flores mientras mis latidos vuelan a esa soledad, a ese hotel, a esa plaza repleta que te espera, a la ovación de gala, la emoción, la bienvenida. Echando un capote a las madres, a los niños que sufren y que esperan. Toreando por la vida, escribiendo de nuevo la historia, porque hoy se ha hablado de torear en los telediarios y miles de ojos y de corazones se posan en Cuenca con la esperanza por santo y seña.

Cristina Sánchez. Cristina mujer. Cristina hoy más torero que nunca.




lunes, 11 de julio de 2016

BASTA YA


Hace unos años, cuando ETA asesinaba vilmente a diestro y siniestro, la España que hasta ese momento había permanecido silenciosa, la España pacífica, la España democrática, estalló de rabia y de impotencia, perdió el miedo y salió a las calles con una consigna: BASTA YA.

Tomo ahora prestadas esas dos palabras que dicen tanto en tan poco. BASTA YA. Y las escribo en mayúscula como un grito, como un clamor, como miles de voces cansadas de estar calladas y recibir cada día vejaciones, insultos, amenazas y humillaciones. Su delito: ser aficionados a los toros.

Escribo sobre el recuerdo aún caliente de Víctor Barrio, muerto el pasado sábado en la Plaza de Teruel. La brutalidad de los ataques que ha sufrido su viuda, más propia de dementes que de quien quiere defender unos postulados antitaurinos en la vida, que ese es también su derecho, ha sido la punta del iceberg para que la sociedad española se entere de una vez de lo que está ocurriendo en torno a los aficionados taurinos. Frases irrepetibles, crueles, con una maldad que da miedo, que corta la sangre. Nadie, ningún ser humano, merece eso. Nadie.

Quienes somos taurinos, profesionales y aficionados, sabemos que esto no es un hecho aislado. Esto es el pan de todos los días, que ahora cobra una dimensión mayor por la pérdida de una vida, por el drama que vive una familia de sangre y la gran familia del toro. Hace poco menos de un año, mientras otro joven torero malagueño se debatía en una UCI de Salamanca entre la vida y la muerte, los mismos dementes, los mismos terroristas de las redes, lanzaban las mismas consignas y le deseaban la muerte mientras su familia permanecía destrozada apostada en la puerta a la espera de un milagro.

Y así antes. Y antes. Y así sistemáticamente cada vez que un torero cae herido y hay seres que se llaman humanos que celebran sus percances y le desean la muerte y los insultan y los vejan. A ellos, a sus familias, a quienes asistimos a las plazas, donde nos insultan ante las mismas narices de los cuerpos policiales sin que nunca pase nada, como quien oye llover.

No. No somos asesinos. No somos hijos de puta, ni trogoloditas, ni sádicos, ni todas las lindezas que nos escriben o nos gritan a las puertas de las plazas grupúsculos de fanáticos en concentraciones permitidas por las Subdelegaciones del Gobierno de turno. Yo no he visto aún concentraciones así a la puerta de las iglesias, de los teatros, de los cines, de los estadios.

Vivimos en un país al que le costó cuarenta años de silencio recobrar la palabra y la libertad, la tolerancia, el respeto, la convivencia. Defendemos y protegemos a aquellos colectivos que son lapidados, denunciamos su discriminaciones. Pero nadie, NADIE, defiende a los miles y miles de taurinos que cada día tienen que bloquear en las redes sociales a violentos de palabra que amenazan, insultan y nos niegan el derecho al honor, la igualdad, la libertad que proclama la Constitución. Lo ocurrido con la familia de Víctor Barrio debería ser para actuar de puro oficio.

El mundo taurino vive con dolor la muerte de un joven torero y con estupor el linchamiento a su viuda y a su familia. Pero no es nada nuevo. Ha tenido que morir Víctor Barrio para que una parte de la sociedad descubra cómo campan a sus anchas seres que muestran lo peor de la humanidad, seres que anteponen la dignidad animal a la de las personas, con sus valores morales totalmente traspuestos, con un odio que no se puede entender. Seres a quienes les resulta demasiado fácil, demasiado barato, insultar y pisotear la dignidad de las personas, vivos y muertos, porque no conocen el respeto ni en las horas más dolorosas de familias destrozadas.

BASTA YA. La Fundación Toro de Lidia, la Asociación Internacional de Tauromaquia, las asociaciones profesionales, las asociaciones y federaciones de aficionados, los ganaderos, los empresarios, los aficionados, los no aficionados, los antitaurinos de bien (que también los hay, muchos, humanos, pacíficos, amigos míos) tenemos que elevar la voz contra ellos, contra los violentos, frenar esta locura.

El mundo del toro tiene que exigir el cumplimiento de la ley, sanciones, multas e incluso cárcel para este terrorismo del siglo XXI que vierte basura que da pavor leer. El mundo del toro tiene que plantarse ante el Ministerio de Justicia, ante el Tribunal Constitucional, ante los cuerpos de seguridad y judiciales, ante los medios de comunicación que desconocen y manipulan la realidad sin ningún tipo de consecuencia. Medios que desvirtúan la realidad de un colectivo de millones de personas que no somos delincuentes ni ciudadanos de segunda. No necesitamos una ley especial, nos ampara la Constitución.

BASTA YA. El mundo del toro tiene que salir a la calle y dar la cara, sentarse con políticos, reclamar nuestra libertad y nuestra dignidad, nuestra defensa. Ya no podemos seguir callados. Nuestra educación, nuestro silencio, nuestra pasividad, nos hace cómplices de quienes nos insultan y amenazan. Y de este carro tienen que tirar, principalmente en lo económico y en lo mediático, aquellos que pueden, no los pobrecicos aficionados que hacen un auténtico sacrificio para ir a la plaza. Nosotros podemos alzar la voz; ellos, mover el mundo.

Representantes del PP y del PSOE acudían hoy a dar el último adiós en Sepúlveda al joven torero muerto. Su mejor homenaje, a él y a todo el toreo, sería defender en las instituciones públicas de la misma forma nuestro derecho a ser, nuestra libertad, nuestra dignidad como personas. Ya no valen medias tintas. Somos taurinos, somos seres humanos. Y queremos ser libres.

BASTA YA.

Carta a Raquel



Raquel, hermosa mía:

Sé que ahora te mueves en esa extraña nebulosa a caballo entre la realidad y el sueño. Que aún esperas despertarte y recuperar tu vida, tu rutina y tu calma, el beso, la caricia de cada noche, la sonrisa de cada día, el inmenso paraíso de un pequeño abrazo, tan inabarcable.

Conozco en carne propia esa sensación que ahora te abrasa el pecho y te oprime entera como un corsé de acero. En carne viva, como si una mano invisible te arrancase el corazón de cuajo, sin anestesia, y siguieses viviendo sin latidos, por pura inercia, con el cuerpo abierto en una inmensa herida.

El hombre que más he amado, mi torero sin chispeante, nunca se vistió de luces, nunca pisó la arena, nunca decidió su destino.Pero tuvo que lidiar a puerta cerrada, en interminables sesiones de quimio y días de hospital, un toro muy negro y certero que terminó partiéndonos a todos el día que decidió volar al ruedo inmenso del aire.

Te escribo esto mientras en Sepúlveda el mundo del toro -esa inmensa familia que a veces se desmanda y se tira piedras al tejado propio, pero es fuerte y sólida como un muro de cemento armado, como una roca, como una encina- despide con honores al hombre que amas, al hombre que perdió su vida el sábado persiguiendo un sueño. Un hombre. Tu hombre. Un hijo. Un amigo. Un torero. Solo eso. Todo eso.

Ahí, en Teruel, el toro cuyo nombre no escribo os rompió el corazón a los dos a la vez. Esa tarde un asta invisible se extendió hasta el tendido y traspasó también tu alma, tus sueños, tu vida quebrada en un golpe, un instante de suerte mala, maldita. A las 20.25 un certificado anunciaba la muerte y sé que no era una muerte la de esa hoja escrita con bolígrafo azul y lágrimas de impotencia. Eran dos, o eso crees ahora.

No fue la puerta grande de Las Ventas, ese sueño compartido, esa portada que ya nunca será, ese trozo del cielo de Madrid abierto en canal a la alegría. Fue la puerta apresurada de una enfermería sin esperanza, la puerta de la noche en la que nunca amanece, la puerta del dolor que corta la respiración como un cuchillo. Pero espero que si existe una vida al otro lado de la vida Dios le haya abierto de par en par las puertas del cielo, de lo eterno, y esté con su capote extendido enseñandole a los niños que se fueron demasiado pronto los secretos, los misterios de la tauromaquia. 

Él conocía el sacrificio y el riesgo. Por eso los toreros son de otra pasta, porque mientras los demás nos creemos eternos ellos saben que cualquier día puede ser el último. Son los novios de la muerte. Miraba de frente a la muerte aunque apostase por el amor y por la vida, por ti, por la juventud de sus 29 años sin cumpleaños nuevos.

Víctor Barrio, aquel segoviano de sonrisa eterna, largirucho, generoso, digno y discreto, eligió ser torero. Eligió ofrecerse entero para ser, para saberse, para convertirse en lo que quería. Eso, poner la propia vida por delante, es algo que resulta incomprensible en pleno siglo XXI, esta era digital que lo mismo sirve para convertir un mensaje en una noche de vigilia que para esconder en el anonimato los peores instintos del ser humano. Pero de eso hablaremos otro día, porque ya no podemos callarnos. Unidos en la defensa de la libertad y de la dignidad ya no como taurinos, sino como seres humanos.

Hoy solo es día de honrar a Víctor y de abrazarte. De abrazarte mucho, de abrazarte fuerte. De intentar que recuperes esa vida, esa calma, ese día a día que nunca será igual pero te permitirá ser más fuerte, más sabia, más justa. Y querrás ahora ser agua en los días de lluvia para colarte por las rendijas de la tierra y abrazarle. Y querrás ser viento en las noches de viento y silbar sobre su memoria tanto amor herido. Y cerrar los ojos, y soñar, y regresar al primer beso, a la tarde de Teruel como si fuese una tarde más, con el regreso asegurado y la caricia para despedir el sol de julio. Y vendrán días de rabia contra el mundo, de preguntas sin respuesta, de dolor sin tiempo.

Pero llegará también un tiempo en que descubrirás que todo lo que es Víctor vive en ti. Que el amor es más fuerte que la muerte. Que tu corazón late por los dos, que tu obligación es vivir la vida que él ya no tiene en la tierra y continuar el camino hacia el sueño. Se lo debes. Te lo debes.

Y estaremos aquí, en la distancia o a tu lado. Aquí, con los pies cosidos al suelo y el alma en lo alto. Estaremos desde la palabra o en silencio, siempre contigo, siempre con vosotros. Estaremos. Y sentirás nuestro abrazo, nuestro calor, nuestro inmenso respeto, y te pondrás en pie para seguir caminando.

Despide hoy a tu hombre, apura el beso último que late en tu boca. Despide a Víctor, a tu joven esposo. Guárdalo en tu corazón roto, allá donde nada ni nadie puede hacerle daño. Bésalo, sigue vivo en tus labios, en el blanco vestido de novia que llevas cosido a la piel. Siempre.

El torero nunca morirá, sigue rabiosamente vivo entre nosotros, soñando, aquí en la tierra como en el cielo. No es un héroe, no es un mártir. Es un hombre que eligió su destino y ha sido libre para morir por ello. Los que creemos sabemos que nunca cerramos los ojos del todo. Yo creo.

Mi amor para ti, Raquel. Para ti mi ternura, mi inmenso abrazo.

Mi amiración y mi respeto para él. Un torero. Solo eso. Todo eso.

Gloria a Víctor Barrio, que ya torea en el cielo azul de Sepúlveda, eterno.

viernes, 3 de junio de 2016

No lloréis al Pana


No lloréis al Pana, que ya es libre y solo quería libertad. El Pana murió el dos de mayo por un topetazo del destino, un toro de mala muerte en una plaza que no aparece en los mapas, Ciudad Lerdo. Murió como quería después de vivir como quería, que es de arte, que eso sí que es jodido.

El maestro Pana se fue directo del albero a la gloria. Aunque Rodolfo Rodríguez respirase a malas penas, aunque su cuerpo estuviese aún caliente, su alma escapó en el mismo momento en que el toro con nombre de Pan Francés le hizo volar por los aires y le pulverizó las vértebras contra el albero.

No lloréis al Pana. El Pana no podía vivir atado a una silla de ruedas, prisionero sin jaula, tetrapléjico y sin voz, igual que no se le pueden poner puertas al mar ni hacer agujeros en el aire. Igual que no se puede pesar el amor ni escribir el deseo; igual que no se puede atrapar en un tarro de cristal la pena ni es eterno el tiempo ni pueden ser dulces las lágrimas. No le jodáis la leyenda.

El Pana se marchó aquel dos de mayo. En la plaza. Toreando. Como él quería salirle al encuentro, con un puro en los labios y su capote bandolero al hombro, su coleta natural y sus medias blancas, su corazón tan ancho, su ciudad sin leyes y su toreo sin ortodoxia, sus tormentos, su rebeldía. Son pocos los que en este mundo pueden elegir su propia muerte, rubricar su destino y hacerlo donde desean, según su voluntad.

Por eso el maestro sonreía siempre, consciente de que podía ser cualquier tarde, sabiendo que si ya en vida había hecho lo que le daba la gana así debía ser en la última hora. Anduvo unas veces medio calzado y otras canino perdido, fue sepulturero de otros y amasó pan con sus manos, hizo religión de lo prohibido, montó en calesas, conoció la cárcel y sintió las dentelladas del hambre en las tripas. Apuró los olés esquivos de la Méjico, el tequila de las tascas, los corridos contra la madrugada y la canícula de las plazas de tercera, a las que no llega ni Cristo para socorrer a los toreros en apuros.

Allá, en el cielo de los toreros sin suerte, de los brujos sin pócimas, el Pana estará buscando una María Magdalena con tacón dorado y pico colorado que le siga los pasos y le caliente la sábana, fumando un puro sin tiempo, haciendo poesía del drama, brillando como una estrella maldita porque hasta la misma muerte se doblegó a sus deseos y vino a buscarlo como él dispuso: vestido de seda y oro en una plaza de toros. Torero.

No lloréis al Pana. Honradle. El Pana ya es eterno, es leyenda. Gloria.

Y que viva Méjico lindo y querido, coño.


(La foto es de ABC)

jueves, 19 de mayo de 2016

Carta a un joven novillero muerto

(A RENATO MOTTA, fallecido ayer en Perú a los 20 años)

Salías de casa ilusionado con un cartel que sería el último, una plaza sin enfermería, un traslado, cientos de kilómetros con un tacabazo en la femoral y la safena, la vida escapando por un boquete, maldita suerte. Quién te lo iba a decir, joven Renato, cuando te enfundabas en tu traje de seda roja, quizá el único que tenías, el única que aparece en las fotos, y acariciabas el sueño de ser torero, de cruzar el charco desde el Perú y hacerte un hueco, honor y gloria, como Roca Rey, que anda ganándose a mordiscos y valor seco las plazas de España. De escribir tu nombre en un cartel de relumbrón y descerrojar la primera plaza del mundo en volandas hacia la calle de Alcalá.

Y sí. Ayer en Madrid sonó tu nombre en la megafonía previa a la corrida con un tinte de solemnidad y luto tan largo como un minuto de silencio. Ayer tres toreros de primera división te rindieron honores y la montera de Diego Urdiales se alzó al cielo de mayo en un brindis último. Ayer Las Ventas se ponía en pie y guardaba silencio mientras tu familia y tus amigos velaban tu cuerpo ya sin sangre, ya sin sueños. Tu cuerpo con una puerta abierta a la eternidad, con un agujero de muerte en las carnes por el que se te escapó la vida de forma incomprensible.

Porque no, joven Renato. No es de ley, no es normal que en pleno siglo XXI, con los máximos avances en la medicina y en la cirugía taurina, hayas perdido la vida en un traslado de un hospital a otro, como un peregrino a quien nadie le da posada, a quien nadie le firma un seguro de vida. No es normal que en un pueblo perdido en los Andes no existiese un médico, una camilla, una trasfusión, un alivio, una esperanza por mínima que fuese.

Quizás te hubieras ido igual en pos de tu sueño, pero de haberse cumplido ciertas normas que en España son ya ley no quedaría esa impotencia, ese sabor amargo, esa trastienda llena de trapicheos del toro en la que todavía existen festejos sin garantías de vida y atención a los toreros que resulten heridos. Plazas de mala muerte donde ni siquiera Cristo va a perder el mechero, donde no hay luz que alumbre al que caiga. Demasiado caro, demasiado peaje por un sueño.

Salías de casa ilusionado con tus veinte años en la mochila, con la grandeza del toreo escrita en twitter, con la mirada despierta de un chaval con la vida por delante. Ilusionado con un cartel que sería el último. Y regresaste a los brazos de tu madre con los pies por delante y un cielo azul en lo alto como una luminosa puerta grande que atravesar en una tarde de mayo en Madrid para no volver jamás, la montera de Urdiales en lo alto, el silencio de Las Ventas.

Que tu nombre, joven Renato Motta, no se nos olvide. Que tu sangre sirva para escribir un nuevo reglamento, para trazar en el mapa la obligatoriedad de una enfermería, de un profesional para socorrer al torero que caiga herido. Que no tengamos que escribir más cartas al cielo de los toreros ni guardar más silencio ni luto en ninguna plaza del mundo.

Descansa  y duerme, joven Renato, joven novillero muerto. Vuela con tu traje de seda rojo, con tus veinte años en la mochila, la estampa de la Virgen del Carmen del Chumpi, con la ilusión del próximo cartel. Sueña con la puerta grande de mayo, tu nombre en Las Ventas sin luto ni duelo, allá donde late el corazón del toreo eterno.

jueves, 12 de mayo de 2016

Ureña: Dios, Madrid o la espada


No sé si será el Dios de los toreros o de las oportunidades; Madrid con su peso plomizo y su ladrillo rojo, imponente, siempre encendida en los tendidos; o la espada, la puta espada, que no entró cuando tenía que entrar y se hundió hasta la bola en el segundo intento, cuando ya la tarde era matar o morir, dejarse ir del todo empujando con el alma, con los cinco sentidos. Pero uno de ellos, el que sea, ya le debe dos puertas grandes a Paco Ureña para dejarle tocar el cielo de Madrid.

Lo veo aún por naturales sobrenaturales que aún no se acaban, la cintura rota, lágrimas de un torero, Madrid 2015, cuando uno de los modestos, de los que no toreaban, aquel torero enjuto y con cara de triste clavó las zapatillas en Las Ventas y bordó el toreo más hermoso, el toreo eterno, sin tiempo.

Y de ahí al diluvio de este día mayo, a esta lluvia que no cesa, a este aniversario de cuando la tierra de su cuna, la misma que ha trabajado con sus manos en la huerta familiar, se abrió bajo sus pies, Lorca en el recuerdo y en el brindis. De ahí a esta tarde de primavera y agua, de cielos grises y tan cercanos, tan a mano, rompiéndose, puro corazón, pura entrega, más allá de su cuerpo, tan abandonado, ni de Dios ni de nadie. De ahí a la magia con ese toro Ojibello, de El Torero, con las velas abiertas como un inmenso navío tras la muleta, bravo y noble. Toro-toro.

Chenel y oro, lila y oro, Ureña y oro en los tendidos incendiados bajo la lluvia, en las manos empapadas de agua tan limpia, los pies descalzos; en el corazón de ese Madrid que siempre despierta, que siempre ruge cuando se produce el milagro del toreo tan puro, tan bonito, tan clásico, tan desde dentro, tan de verdad. Tan sin palabras.

No sé si será el Dios de los toreros o el de las oportunidades; Madrid con su peso plomizo y su ladrillo rojo, imponente, siempre encendida en los tendidos; o la espada, la puta espada que no entró cuando tenía que entrar.

Dios, Madrid o la espada te deben dos puertas grandes, Paco Ureña. Dos ya.

Tiene que ser la hostia tocar el cielo imposible de Madrid.

(La foto es de mi amigo Álvaro Marcos)


martes, 10 de mayo de 2016

Honor y grandeza al Pana


No podrá cumplir su sueño de confirmar en Las Ventas ni de ver su tendidos de mayo rugiendo su emoción y vida, el calor y el frío, las tardes de triunfo y esos silencios que hieren como puñales, el viento, la lluvia de la primavera. Pero Rodolfo Rodríguez El Pana debe estar acartelado en Madrid con los mejores, con los más grandes, con su nombre en letras de relumbrón para que todos los aficionados lo sepan y lo pronuncien con respeto como cuando se baja la voz para no romper el silencio de los templos, casi como se reza.

Trasciende hoy que Pepe Ibáñez, apoderado del Pana, ya está hablando con la empresa de Madrid y con toreros para organizar un festival de lujo. Ahora que su herida aún nos duele; ahora que ha venido a recordarnos que los toreros son hombres de carne y hueso que a veces se transforman en dioses. Ahora, con la noticia aún caliente en los diarios, en internet, en el boca a boca. Ahora que aún nos sobrecoge esa escena, ese salto mortal a ninguna parte verde botella y azabache; ese hombre inerte en la arena de la plaza de Lerdo, maldita suerte, tarde maldita, puto destino, cabrón.

Ahora que el mundo taurino vive con los pies en Madrid y el corazón en Méjico, en Guadalajara, donde comienza la segunda vida de El Pana, la de los quirófanos y la santa paciencia, y aprender desde cero otra forma de respirar, de enfrentarse al día a día, ese toro tan difícil, esa faena tan larga.

Ahora los mejores deben unirse para honrar con sus piernas, con sus brazos, con el vuelo de su capote, con el trazo de su muleta, con la sentencia de su espada a quien ya no puede valerse de ellas, puro latido, pura memoria. Pana tetrapléjico, que da hasta miedo escribirlo, decirlo, pensarlo: torero de leyenda condenado a la prisión de lo inmóvil, a las operaciones en cadena, con el alma sobrevolando lo mediocre y el cuerpo atado a la tierra, tan de plomo, con más empalmes en las vértebras que una estación de trenes de Alta Velocidad.

No cumplirá su sueño de confirmar en Las Ventas. Pero Madrid, la capital del toro bravo, le debe una ovación de gala al último romántico, al último bohemio, al genio mejicano que ya no pisará más el albero por su propio pie, clavando la zapatilla en la arena; que galopará por los sueños en una silla de acero inoxidable con ruedas como un potro indómito, más allá de la tragedia.

Queda, como me decía el otro día un amigo del maestro, la compañía de los compadres, la genialidad del verbo, la filosofía salvaje de una vida de leyenda. Queda la presencia inmensa de Rodolfo Rodríguez, la memoria del Brujo de Apizaco que ha toreado todos los toros de la vida, que ha pisado todos los caminos, que conoce la pócima de la libertad como nadie, sin reglas ni leyes, solo su instinto, su maravillosa rebeldía. Quedan las sobremesas y el poso de la palabra, un corazón latiendo, ardiendo, pura vida.

Madrid debe hacer un festival por todo lo alto. No un festival de beneficencia, que esto no es caridad, que esto es un reconocimiento, que esto es pagar una deuda, que esto forma parte de la grandeza del toro, ese mundo que se dinamita a sí mismo desde dentro pero se une en la adversidad como una familia sin fisuras, fuerte, irreductible.

Queda para el mundo Rodolfo Rodríguez, el maestro, el hombre, el extravagante genio de ojos vivos al que no se le ha puesto nada por delante; el del puro eterno en los labios y la manta tricolor al hombro, Méjico en el corazón. Viva Méjico, coño.

Pero no olvidemos que al Pana le mató sin darle muerte un toro un 1 de mayo a los 64 años en Ciudad Lerdo, una plaza sin mapa, puto destino, cabrón.

 Honor y grandeza para quien tanto le ha dado al toro.


(Precioso dibujo-homenaje de Rocko, ilustrador mejicano. Gracias a @odriozola30 por el dato)