sábado, 29 de agosto de 2015

Diego Dignidad Urdiales, Rioja y oro


Bilbao rugiendo con la voz ronca de la emoción y un torero, Diego Urdiales, llorando en el ruedo. Bilbao entregada, testigo por fin de una verdad tan brutal que escribo ahora quebrada, vencida, como si hubiese corrido por todo el mundo sin deternerme siquiera a beber.

Urdiales llorando en el ruedo, Rioja y oro, después de rompernos por dentro, de dispararnos las emociones y detener a su antojo los relojes sin horas. Después de hacer verdad lo que los demás solo sueñan: el toreo eterno, sin tópicos, desnudo y profundo como un filo que hurga en lo más hondo sin sangre y sin herida.

Urdiales vaciándose con un tacazo de Alcurrucén después de acariciar miles de corazones en su muleta, abandonándose, con la historia y la memoria en sus muñecas y todo lo demás -el futuro al fin- sobre los hombros, en los poros, en la cabeza, en el pelo, en las manos. Urdiales torero de cuerpo entero, la clase y la cadencia, entregándolo todo como si no hubiese más tardes ni más días ni más plazas, Rioja y oro, dejándose la piel y el alma en su Bilbao de arena negra y cielo azul, cielo de puertas abiertas.

Diego Urdiales resucitando la voz antigua del toreo sin tiempo, la métrica clásica, la poesía, robándome las palabras, arrancándome lágrimas que queman como si fuesen las primeras, si son las primeras después del dolor de la muerte vivida, incrustada en las carnes y en el alma. Lágrimas que limpian por dentro como si fuesen lluvia que todo lo calma, que todo lo alivia, que tiene que empapar la tierra para que sea verdad la primavera aunque se llame agosto, Rioja y oro, Bilbao.

Lágrimas que compensan tanta injusticia, tanta sordera y ceguera en los despachos, cerrados a golpe de mamoneo para quien se sabe y se reivindica torero sin recorrer el túnel maldito, sin tragaderas ni servidumbres, sin agachar la espalda ni la frente. Diego Dignidad Urdiales. Rioja y oro.

Lágrimas negras acaso porque negra es la arena de Bilbao, erigida hoy en peana de un sueño acariciado tan de largo que escribo sin palabras porque este sueño no termina, ni se acaban estas lágrimas que no sé si son negras, pero son y duelen de pura emoción. Lágrimas que escriben una lección de tauromaquia y de vida, tanto recorrido, tanto luchado, tanto sufrido, tan pocos pero buenos amigos cerca, en la pureza del retrato de carne, hueso y alma, más allá del torero. Lloro, soy con vosotros, somos contigo.

Lágrimas acuñadas en mi salón a cientos de kilómetros de Bilbao rugiendo, en mi abono de Plus sin palco de invitados ni vecinos de tendido ni micrófonos ni postureos escribiendo a raudales como ahora escribo sin puntos ni comas ni frases ni concierto ni orden, el mundo patas arriba, mi corazón al galope, los ojos cerrados, las espadas en lo alto, el toreo desde las tripas, desde dentro, la música, la arena negra, Rioja y oro, Diego Dignidad Urdiales tan grande, tan sin mentira.

Y asi, vacía y rota como si hubiese corrido por todo el mundo sin siquiera beber, regreso a mi exilio de periodista sin tribuna, brindado en la copa de mi vida con la sangre tinta y oscura de la cepa a tu salud, acción de gracias, vino bendito, bendito seas Diego.

Bilbao rugiendo y un hombre llorando en la arena. Un torero.

Diego Dignidad Urdiales, Rioja y oro, abriendo la puerta grande, tocando el cielo inmenso de Bilbao, rubricando el sueño.

miércoles, 15 de julio de 2015

Que los defienda su madre

(La IMPOTENCIA del aficionado y la PASIVIDAD del sistema)



Los cambios políticos de los últimos tiempos están propiciando una ofensiva a la tauromaquia como hasta ahora no se había visto. Un ataque sin precedentes que evidencia cada día más que los aficionados vamos por un lado y los profesionales, los que viven de ello, por otro.

Basta pulsar las redes sociales, auténticos altavoces de los aficionados, para palpar el monumental cabreo y la impotencia que sienten los aficionados ante la pasividad de las figuras, los empresarios y ganaderos que, a pesar de la que está cayendo, hacen como que la fiesta no va con ellos. Y no, no va con ellos.

No va con ellos mientras no den una respuesta contundente, que es la que el aficionado espera, un golpe en la mesa, un "se acabó".

No va con ellos mientras no se gasten la pasta -los que la tienen, que a otros les sigue tocando poner para torear- e impulsen de una vez un órgano plural y multiprofesional con juristas, abogados, economistas, periodistas, profesores. Un órgano que ponga los puntos sobre las íes, que denuncie los atropellos, las falsas informaciones, las amenazas, las infamias, bulos y trolas que circulan en los medios de comunicación y en las redes, en su mayoría interesados y posicionados, mientras no se informe correctamente de lo que ocurre.

La Ley de Maltrato Animal no engloba a la tauromaquia, protegida en todo el país -también por ley- como Patrimonio Cultural Inmaterial. Pero permitimos la manipulación de la palabra 'maltrato' sistemáticamente sin que nadie denuncie. Y permitimos que ese supuesto maltrato cale en los niños a quienes se adoctrina desde pequeños.

La tauromaquia es la segunda actividad que más dinero genera en las arcas del país, además de mantener 250.000 puestos de trabajo directos o indirectos. Pero permitimos que circule libremente la idea de que los toros son la sangría del Estado, que somos unos jetas que nos alimentamos del esfuerzo ajeno, cuando son los aficionados paganinis los que sustentan la fiesta y cuando el dinero que generan mantiene abiertos hospitales, colegios y comedores. Ah, pero eso no se cuenta.

La tauromaquia, gravada con el 21 por ciento de IVA como el resto de actividades culturales y bastante menos subvencionada que el cine español o el teatro (recaudando seis y once veces más en impuestos que lo uno y lo otro), dejará de ser subvencionada, cuando no prohibida -contraviniendo la Ley-, en numerosos ayuntamientos de extrañas siglas y pactos que se creen que ponen una pica en Flandes anulando la libertad de millones de personas. Esa es su democracia, ese su respeto.

Alcaldes y concejales fascistiodes que mienten con las cifras y se pliegan a la violencia y las presiones de treinta tíos pintados con tomate. Treinta frente a los miles que acuden cada tarde a los toros. Treinta que los medios convierten en noticia, en vez de cumplir su obligación de informar sobre un acontecimiento cultural de primer orden.

No son ellos la noticia. La noticia son los 20.000 tíos que cada día han llenado Pamplona; los 25.000 tíos que durante un mes han llenado Madrid, los 650.000 que han pasado en San Isidro, que pagan sus impuestos y que tienen derecho a seguir información en una televisión pública.

Y hay fórmulas legales para luchar contra ello. Pero no se ejercen. La Asociación Internacional de Tauromaquia, que ha logrado blindar los toros en más de 5.000 localidades del país, también en 17 de Cataluña, con la inestimable ayuda de aficionados anónimos, podría hablar largo y tendido sobre ello. Pero interesa más hacer caja, glin glin glin, y la callada por respuesta.

El aficionado está harto de insultos, de bloquear a veganos agresivos, de desdecir bulos y bobadas, de explicar, de consensuar, de dejarse los dedos en el teclado, en el teléfono, y el culo pegado en el hormigón (a 40/50 euros los tendidos de sol, manda huevos, puta avaricia) para defender su pasión, que no tiene banderas ni símbolos políticos.

Pamplona ha sido un escaparate al que se han asomado dos millones de personas cada mañana para ver los encierros. Ante el ataque sin precedentes que está sufriendo la tauromaquia nadie ha dicho ni pío, nadie ha aprovechado ese potencial para decir las cosas claras, para reivindicar en la cadena pública el lugar que merece la fiesta, el respeto que merecen profesionales y aficionados.

Con desmonterarse ya está todo arreglado, la tauromaquia está salvada, como decía el otro día Charo en ABC. Se agradece el gesto, pero que no deja de ser un brindis al sol, como lo han sido algunas reuniones sin acuerdos de facto. Desmonterarse, mientras antis, veganos, animalistas y políticos dogmáticos se escojonan y continúan su cerco a la tauromaquia, su recorte de las libertades, su falta de respeto a la capacidad de decidir de cada uno.

Quizá sería el momento de paralizar la temporada; de paralizar la economía, la hostelería, el turismo; de dar un golpe en la mesa. De salir a la calle, de llenar las plazas, de denunciar, de defender. Pero con las figuras por delante, que son las que tienen proyección pública y las que además viven de ello, aunque un toro les pueda quitar la vida. Lo mismo si un día le quitan los toros y el pan se enteran de qué va el cuento.

La voz del aficionado es un clamor. El clamor de la impotencia, de la soledad y de la rabia. Fueron los aficionados los que se pasearon por toda España recogiendo firmas para proteger por Ley los toros. Y se logró. El mérito es nuestro. Nuestro, de los que fuimos de plaza en plaza con los pliegos en el bolso.

Y ahora, mientras no haya una defensa clara y contundente, mientras no se implique quien se tiene que implicar y pongan pasta y no pasen ni una, los aficionados luchamos solos en esta guerra, cada vez más debilitados, más hartos y más cansados.

Cada vez más pensando "que los defienda su madre". Porque a nosotros, señores, visto lo visto, no nos defiende nadie.


*(Los datos económicos son del profesor y amigo Juan Medina, que se autoexilió, como tantos, harto de tantas cosas)
*(La foto es del blog latitud91.wordpress.es)

jueves, 11 de junio de 2015

Nos venden como putas, se callan como putas

(A mi amigo Cecilio Lera, el alcalde más socialista, más taurino y más auténtico que ha parido la Tierra de Campos zamorana, que llama al pan, pan y al vino, vino)


El PSOE, enfrascado en su juego de tronos, en su juego de pactos, nos vende como un putas a los miles, millones de aficionados taurinos que votaron bajo sus siglas y hace peligrar la continuidad de los toros en un puñado de plazas. El PSOE traiciona a los miles de trabajadores del sector y obreros del campo. A los miles de intelectuales y gente del pueblo de la izquierda que luchó por la libertad de este país y que defendió la tauromaquia como símbolo de la cultura y la identidad de este pueblo al amparo de una rosa roja cada vez más marchita, más podrida, más debilitada.

El PSOE nos vende como un putas por un puñado de concejales y alcaldías dejando con el culo al aire a esos alcaldes socialistas de pueblos pequeñitos que se dejan la piel en mantener sus encierros, sus espantes, sus capeas y sus festejos. Alcaldes como mi amigo Cecilio, treinta y pico años en un Ayuntamiento, socialista histórico, sangre roja y de ley, que devora kilómetros de plaza en plaza y no se pliega a las imposiciones de los pseudoprogres de su partido, esos que nos venden como la derechona y la caspa -que no la casta- de España. Váyanle con el cuento de la libertad a otra, mangantes.

El PSOE nos vende como un putas. Y el PP ha intentado sacar rédito político de los toros con promesas que nunca fueron. Su promesa de devolverlos a la televisión pública ha quedado en tres retransmisiones en los últimos cuatro años en la que los actores -toreros, empresarios y ganaderos- renunciaron a los derechos de imagen para que el festejo saliese adelante en la tele de todos. Sí, la que pagamos todos. Vamos, igualito que en el fútbol, por poner un ejemplo. Me gustaría saber de un sólo futbolista que moviese el culo, cuando ya no decimos jugarse la vida, sin el correspondiente cheque en el horizonte.

El PSOE nos vende como un putas. El PP nos deja con el culo al aire. Los de la extrema izquierda nos meten en el saco de la caspa enseñando la patita de su incultura y faltando al respeto y la memoria de tantas gentes de la izquieda que sustentaron la tauromaquia sobre sus hombros. Y en este mondongo, el aficionado es el único que saca la cara para que se la partan mientras el sistema permanece dormido, ajeno a cuanto acontece, sin mover un dedo.

No son los grandes empresarios, ni los toreros, ni los ganaderos los que mueven un sólo dedo para que esto cambie. La culpa no la tienen sólo políticos mezquinos que andan a salvar su culo los próximos cuatro años al precio que sea aunque luego se hagan fotos en los callejones puro en ristre. La culpa la tiene un sistema que se sigue mirando el ombligo, unos representantes que no sabes si van o si vienen que van a hacer caja a las plazas y no pegan de una vez un puñetazo en la mesa con la fuerza económica y social que tiene el sector.

Hace apenas unos días se hacía pública la primera sentencia que castigaba a un 'animalista' de amenazar en injuriar a un taurino en Facebook. Como siempre, ha tenido que ser un particular, un profesor de universidad, quien ha dado un pasito más en defender la libertad y la dignidad de los aficionados taurinos.

Lo dije, lo escribí hace tiempo. No somos aficionados, somos activistas. Nos obligan a serlo quienes nos insultan y nos amenazan, quienes pretenden imponer sus criterios a base de prohibiciones y no conocen el respeto por la vida ajena. Nos obligan a serlo quienes desean la muerte a los toreros, quienes boicotean festivales solidarios, quienes quieren quitarle el pan a más de 250.000 familias humildes y obreras en este país.

Y la culpa no la tienen sólo los políticos. Unos nos venden como putas y otros se callan como putas mientras somos los aficionados los que damos la cara para que nos la partan en Facebook, twitter o nuestros respectivos blogs. A veces, muchas veces, me pregunto para qué o para quién escribo, si tengo el vértigo, la sensación de que todas estas palabras que hilvano en la soledad de mi ordenador caen en saco roto.


Mientras el PSOE vive su juego de tronos, su juego de pactos, el sector continúa en el limbo de los niños, calla y otorga. Y los aficionados reclamamos un gesto definitivo, alguien, algo que nos defienda. Mientras no lo haya, no tiren balones fuera que no son sólo los políticos los que están dinamitando, amordazando a la afición. Políticos voraces y un sistema impasible nos destrozan desde dentro. 

De puta a puta, habló la Tacones.


(Y a quien siga con la demagogia, la caspa y la derechona, recomiendo encarecidamente este artículo publicado en Mundotoro, por la memoria de todos aquellos taurinos que nos hicieron más libres)

(La foto, desde la andanada del 5 de Las Ventas, es del gran Juan Pelegrín)

domingo, 7 de junio de 2015

Rafaelillo rompiéndonos por dentro



Hay lágrimas que te rompen por dentro, lágrimas que llaman a las lágrimas, lágrimas que riegan la arena de emoción, lágrimas que apresan en apenas unas gotas, agua y sal, toda la grandeza del toreo. Hoy en Madrid hemos visto llorar a un tío, a un torero.

Dicen que los hombres no lloran, pero es al revés: nadie puede llamarse hombre si nunca ha llorado. Hoy hemos visto llorar a un hombre, a un tío. Lágrimas. Un torero. Lágrimas. Un hombre. Lágrimas.

Ha sido después de que doblase el cuarto toro de Miura, el antepenúltimo de feria, antes de que Madrid cerrase definitivamente la puerta de San Isidro. Una puerta que hoy podría haberse abierto de par en par directa al cielo, a la gloria, si el acero no se hubiese obstinado en pinchar en hueso, en negar la muerte a un toro que la ganó haciendo todos los honores a los de su estirpe.

Hoy hemos visto llorar a un hombre, a un torero. Un tío pequeño, un tío enorme que se la ha jugado a una sola carta, en un solo, cartel, una sola tarde, prácticamente a un solo toro de los de Zahariche, la leyenda de Miura a las espaldas y en los pitones.

Hay lágrimas que te rompen por dentro, como rompía por dentro un torero roto y una plaza rota en muletazos de trazo largo y temple, en la firmeza de la fe de un torero que se la jugaba a cara o cruz y se encontró con la cruz de la espada después de volver a sentir, que no a escuchar, los olés de Madrid. Sentir los olés de Madrid cuando Madrid dice "olé" rugiendo desde las tripas, desde las entrañas, conocedor de lo que Madrid da y quita, la importancia de un sola tarde en Madrid, todo o nada.

Sintiéndose, sabiéndose torero, apostando el alma tras los aceros si el diablo hubiese aceptado el pacto de matar como si fuese el último toro de la tierra. Pero el diablo no acudió a la cita, lo vendió en dos pinchazos.

Hay lágrimas que te rompen por dentro. Lágrimas que te queman en los ojos, la emoción del toreo en estado puro. Hoy hemos visto llorar a un tío. Hoy nos ha hecho llorar el toreo.

Hemos visto llorar a un tío, a un hombre. A un torero que se reencontró con los olés de Madrid con la importancia de saberse y sentirse torero, con la emoción de veintitantas mil almas rotas en la lentitud de unos naturales para el recuerdo, de unos pases que levantaron corazones sentados, dormidos en los tendidos, que despertaron al vuelo como una sola voz.

Crónicas vendrán a desmenuzar la faena, las emociones que no se pueden escribir, los invisibles latidos de una plaza más viva que nunca en el último episodio de su feria, la primera feria del mundo. El imprevisible regalo en la última tarde de tantas tardes, cuando quizá nadie ya esperaba nada y hemos visto crecer hasta alcanzar una altura inalcanzable a un torero de Murcia que se ha convertido en un gigante a base de temple y torería, de saber y de estar.

Otros cantarán el encuentro en el ruedo. Pero lo mío es la poesía, lo de dentro, lo que rasca, lo que no se ve. Y me quedo con esa vuelta entre lágrimas que ha tenido más peso que muchas orejas livianas que el aficionado cabal olvida, como despojos que son, cuando sale de la plaza. Lo de esta tarde, esa vuelta, esas lágrimas, quedará escrito para siempre en la memoria. Escrito en la arena, escrito en el agua de unas lágrimas para que nada ni nadie lo borre.

Me quedo con el natural profundo, con el abandono, con el reloj parado, el corazón al galope, ese encuentro mágico entre hombre y toro, con la emoción a flor de piel y la sensibilidad de un torero que hoy ha escrito una página en la historia de la tauromaquia: la de cuajar un Miura en Madrid, tan de verdad, tan tío, tan roto que ha tenido que deshacerse en lágrimas para seguir respirando.

Rafaelillo rompiéndonos por dentro.


(La foto es una captura de la retransmisión de CanalPlus)

sábado, 16 de mayo de 2015

Llanto de Sánchez Mejías por Joselito


Llanto de Sánchez Mejías por Joselito. La mano derecha acaricia entre la ternura y el asombro la cabeza de un hombre muerto mientras la izquierda parece contener con sus cinco dedos la impotencia, la magnitud de la muerte en la frialdad de una enfermería.

A esas horas a la Virgen Macarena, la alegría de la madrugada, la esperanza de Sevilla, comenzaban a prepararle la ropa negra del luto más negro, Dolorosa doliente, agua y sal en las lágrimas.

Hace 95 años en la Plaza de Talavera moría y entraba en la leyenda un torero joven. Poco tiempo después sería Lorca quien llorase a Ignacio en una de las más bellas elegías que se han escrito y Mariano Benlliure perpetuaba en el bronce la emoción de las calles de Sevilla llevando sobre los hombros al joven héroe como a un Cristo Yacente en las noches de la Pasión.

Casi un siglo después la Historia habla de todos ellos.

viernes, 15 de mayo de 2015

Al otro lado de la puerta de la enfermería

(Esta es mi ovación al doctor García Padrós y a su equipo)

Dos milímetros separaron ayer a Saúl Jiménes Fortes de ser o no ser, cuando ser y estar vienen a ser la misma cosa. Permanecer, existir.

Dos milímetros, un suspiro. Dos milímetros, un abismo, el mismo que traza la invisible línea que separa la vida de la muerte, la gloria de la tragedia. Dos milímetros de milagro en el ruedo y después, al otro lado de la puerta de la enfermería, un equipo médico, un puñado de manos, precisión y pulso, cuando las cosas dejan de estar de la mano de Dios y quedan en manos de los hombres, aunque Dios siempre ande escondido en los útiles de sutura, en los manuales de cirugía, en el sudor frío y contenido, en la calma de quien sabe bien lo que hace.

Dos milímetros separaron ayer a Saúl Jiménez Fortes de ser o no ser. Y después, tras la puerta de la enfermería, la pericia del doctor García Padrós y su equipo andando y desandando por la carne y los músculos, por las venas y las arterias; recomponiendo la arquitectura del hombre, limpiando, apostando por la vida contra la muerte que llamaba con sus nudillos y quería abrirse paso por dos boquetes donde se escapaba el tiempo. La vida es eterna en cinco minutos.

Dos milímetros y un milagro, como cada milagro escrito en puntos de sutura, anestesia, vendas y drenajes, en el olor a desinfectante de los quirófanos y las enfermerías. Milagros que forman parte de lo cotidiano, en cualquier plaza de toros, cuando ángeles invisibles extienden sus alas desde el albero hasta la puerta de la enfermería, cuyo camino se traza con regueros de sangre que borran nuevas arenas pero nunca el tiempo y la memoria.

Y mientras esto escribo en internet hierve, se gesta la idea de dedicar esta tarde una ovación al doctor García Padrós y a su equipo antes de que rompa el paseíllo en honor del santo Isidro, el que ayer detuvo con su capote el filo del hachazo a dos milímetros de la muerte, de la nada. Cuentan que en Madrid habrá ovación de lujo y no seré yo quien diga que no es una ovación merecida y sin trampa si es de bien nacidos agradecer a quienes tantas vidas salvan, toreros de bata blanca que se baten el cobre en tendidos de silencio, en plazas de primera y de tercera, entre talanqueras y puestos de campaña, en festejos de primer orden o en encierros del campo. Cirujanos taurinos del mundo, ángeles custodios de hombres de plata y oro.

Desde aquí, en mi palco de salón, soledad y plus, me parto las palmas y me quito el sombrero. Por un cirujano con nombre romano, Máximo, que ayer hizo el milagro cuando los milagros son cosas de los hombres. Por todos los que se parapetan tras los burladeros de los equipos médicos y apuestan todo a nada en una carrera contrarreloj con la vida.

Dos milímetros de milagro en el ruedo y después el rezo vestido de seda y oro en los pasillos y ese silencio que corta la respiración junto a la puerta de la enfermería cuando un torero cae herido. Dicen que ayer vieron a Dios escondido en sus esquinas.


(Aquí dejo mi aplauso hecho palabra. Aquí mi admiración a una profesión que Antonio Crespo Neches y mi 'hermano' Enrique Crespo Rubio, cirujanos de dinastía, me enseñaron a amar y respetar. GRACIAS a quienes cada día veláis por la vida de los que se la juegan en la plaza)

(La fotografía es de Sergio Enríquez para El Mundo)

Va por ti, Saúl Jiménez Fortes

Los toreros rezaban en la puerta de la enfermería  y las lágrimas abrasaban en los ojos como lágrimas calcadas de otras lágrimas, las lágrimas de la tarde maldita, hace ahora un año.

Dos veces, dos. Saúl Jiménez Fortes se clavó dos veces de rodillas frente a la puerta de chiqueros como quien hace penitencia en los días de la Pasión. El aire de Las Ventas silbaba el nombre de David Mora, hoy como hace casi un año, aquel 20 de mayo de lágrimas y heridas en la tarde de los tres toreros heridos, Saúl compañero de cartel y carnes rotas, en la tarde de la verdad más cruda del toro, la terna en el mismo hule. Dos veces, dos. Saúl ahí plantado, con su vergüenza torera de rodillas y los toros de Picasso inmóviles en el capote de paseo. Va por ti, David Mora.

Dos veces, dos, se arrodilló el torero como quien purga pecados antiguos, como quien pide gracias a un dios invisible que sólo los toreros saben cuando se hincan de rodillas frente al mundo. Dos veces se ofreció entero en la puerta de los miedos para borrar miedos pasados y la sombra de la tragedia que planeó sobre Madrid otro día, otro mayo. Va por ti, David Mora.

Saúl Jiménez Fortes tenía ya en su mano la llave de la puerta grande después de que Las Ventas se rindiese como se rindió el tercero a su toreo sin trampas, a su querer ser y mandar, tan desnudo y cargado de razones, valiente hasta poner a galopar el pecho de los miles de corazones que latían en su muleta, que terminó por doblegar razones y embestidas, la alegría de la oreja, el cielo de Madrid un poquito más cerca. Va por ti, David Mora.

Dos veces, dos, porque el que quiere ser torero sale a cara de perro aunque le cueste la vida y así se la jugó Saúl Jiménez Fortes, un torero, hasta que el buey que hacía de sexto, seiscientos y pico kilos de toro, hizo presa en su cuello hurgando la muerte que ronda por la yugular y la carótida, la sangre caliente, la huida hacia la nada, un instante y pasaporte, y ya no eres, dejas de ser ahí mismo, mientras algunos buscan la carroña que vende en los telediarios, en el papel, en internet. La foto que hoy se repetirá hasta la saciedad, que ilustra la tragedia en bocadillo con el morbo, mientras un padre, una madre, una hermana, un mozo de espadas, una cuadrilla, corren hacia la enfermería como a quien le arrancan un pedazo de alma. Los toreros lloraban en la puerta. Los toreros rezaban.

Dos veces dos, el sexto, que no humillaba, descolgó para ir en busca de la muerte que acecha cada tarde, la cara y la cruz, la luz y la sombra, los tendidos enmudecidos, la conmoción que envuelve la tragedia, que va de la mano de la gloria aunque nunca le echemos cuentas si no nos sobrevuela y nos oprime y nos recuerda que siempre está ahí, que la vida es el instante. Descolgó para clavar como una aguja de hueso su punta bajo el mentón, allá donde circula sin pausa el tren descarrilado de la vida.

Dos veces, dos, se arrodilló Saúl como quien se inclina ante Dios a la espera un milagro. Quizá por eso el dios antiguo de los toreros escuchó su plegaria despreciando su ofrenda, la propia vida y protegió con sus manos invisibles las venas y las arterias por donde escapan los latidos en un santiamén, ser o no ser, la frágil línea que separa el cuerpo del alma, la vida de la muerte.

Dos veces, dos, el milagro quedó redactado como un versículo sin tiempo en el nombre de Saúl.

Va por ti, Saúl Jiménez Fortes.


(La fotografía es de Juan Pelegrín. Los toreros también rezan)