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jueves, 14 de abril de 2016

Cobradiezmos y Ureña, el milagro del bravo y del toreo

Paco Ureña bajo la mirada de mi amigo Álvaro Marcos

Cobra diezmos, o eso dice su nombre, pero puso precio caro a su vida y no cedió; se la cobró tan cara a Escribano que no hubo muerte, sino gloria, un canto a la vida, un reconocimiento a los cinco años de crianza en el campo, a la ciencia y la paciencia de una dinastía ganadera.

Cobradiezmos, de Victorino Martín, presentó en La Maestranza sus credenciales: bravura, casta, clase, motor, recorrido, transmisión, codicia, seriedad, armonía, preciosas hechuras. Un toro guapo, vaya. Lo tenía todo. Con el hocico empapado del albero maestrante, haciendo surcos en la arena por ambos pitones, decidió que no ponía precio a su vida. Y entonces surgió la magia del toro bravo, la emoción hasta las lágrimas, ese milagro que esperamos todos los aficionados cada tarde, el que nos mueve, nos hace soñar, nos acelera el pulso y el corazón.

Cobradiezmos se ganó la vida en la plaza, se la cobró en la muleta de Escribano. No. No lo indultó el sevillano, que sí le ayudó a no morir, a ser ya eterno en la historia de la Plaza de Sevilla. Y no porque quiera restarle méritos al torero, que hay que estar ahí y aguantar esas embestidas sin fin, todo por abajo, y darle sitio y largura y ser generoso para lucir sus virtudes, cosa que hizo con ambición casi de novillero desde que se fue a portagayola después de que Ureña bordase a ralentí el toreo y calentase la tarde, y las almas, y el deseo.

Y Sevilla se entregó y enloqueció, se rindió al bravo Victorino que representa todo lo que un aficionado, un torero, un veterinario, un ganadero pueda soñar, aunque cueste tan caro ganarse la vida. Todos estuvimos de acuerdo, nadie pudo poner un pero, quizá porque cuando uno veía a ese toro no había palabras, solo emociones disparadas, agradecimiento después del tedio, y la lluvia y el maíz.

Fue un torazo, mucho toro; un derroche, un escándalo, un sueño, pura magia. Un gris de Victorino de los que te devuelven la fe y la ilusión. De los que te hacen salir con las lágrimas en los ojos, la garganta reseca y el alma rota. Cuando salía entre los bueyes hacia el campo y la libertad, hubo lágrimas en la plaza y el redoble de miles de corazones. Lágrimas sin drama, de pura alegía, de puro milagro.

Porque milagro llama a milagro y milagro fue el toreo tan puro y tan de verdad de Paco Ureña, que dibujó a cámara lenta pases eternos por ambos pitones manados del alma, de las tripas, de esa humildad que le hace tan grande, de ese silencio que hace que interiorice hasta los tuétanos el compás eterno, la cadencia del toreo. Resarciéndose del banquillo y del olvido, demostrando que aquellos sobrenaturales de Madrid que aún no se han terminado en nuestra memoria no fueron una casualidad, sino fruto de todo lo que atesora dentro, tan pausado, tan exquisito, tan torero con Galapagueño.

Sevilla ha vivido hoy dos milagros con nombre propio. Uno se llama Cobradiezmos y será padre en casa de Victorino. El otro se llama Paco Ureña y representa el triunfo de los sueños, la cordura en un mundo de locos que hasta hace nada no le daba sitio y le obligó a madurar en la sombra.

Benditos seáis, toro y torero.




martes, 12 de abril de 2016

Sentir el toreo


Me cuentan que en Sevilla andan las nubes que si sí que si no pero ya estoy con el corazón en La Maestranza y el mando del Plus en la mesa. Porque hoy torean Morante y Urdiales en Sevilla y eso es causa de fuerza mayor para abandonar el exilio a Marte, de periodista tiesa y sin tribuna, y volver a escribir en este blog mío berrendo en colorao donde no hay presupuesto pero al menos soy mi jefa sin anunciantes, inquisidores ni ponedores para escribir al dictado.

Regreso por el placer de escribir como regreso esta tarde al Plus y a la Maestranza porque torean Morante y Urdiales, dos de los tres que conforman mi cartel perfecto, redondo. La genialidad, la pureza; el arte; el concepto; la belleza, la hondura.

(Foto Arjona)
Hoy torea Morante, ese del que algunos dicen que no hace nada y entonces pienso que ese tío ha dado hace unos días una media que no está al alcance del resto de los mortales; de ninguno. Y entiendo a quien reclama la pasta de su entrada, al que mide los triunfos en orejas y despojos, pero si el toreo es poesía, el toreo es sentimiento, es latido, es un pellizco en las tripas. Es otra cosa que no se cuantifica ni se mide.

Y a mí me interesa más el verso, el ritmo, la belleza imposible y tan efímera de una media, una sola, que se llama excelencia, que cuarenta pases sin alma técnicamente perfectos. Ese duende, ese gracia que no se aprende, que corre por dentro como la sangre. Supongo que ahí reside la invisible frontera de la genialidad, de la inspiración, de la magia. Y me mueve, y me emociona, y me dispara el pulso. Y entonces siento el toreo como una sacudida eléctrica que a veces hasta duele de bonito.

Hoy torea Urdiales, ese del que algunos dicen que es peor torero si va con la FIT -lo jodido es que hasta se lo creen-; ese del que otros dicen que sí, pero que nunca redondea, que es frío. Y pienso en su valor seco, en su verdad, en su pequeña figura de gigante cuando se crece en la plaza. Pienso en la necesidad de grabar con una cámara todas sus faenas y ponerlas en las escuelas taurinas para enseñarle a los chavales cómo se coloca uno ante un toro, cómo acaricia el aire una verónica; cómo se cita, cómo se vacía uno entero detrás de una muleta, con los pies asentados, dando el pecho y los muslos, manteniendo vigente en el siglo XXI el toreo eterno, con el que se identifican mis padres, en el que se reconocen los abuelos.

Pienso en la arena negra de Bilbao, aquellas lágrimas, aquella tarde perfecta cuando ese tío frío, ese que no redondea, me hizo temblar entera cuando se la jugaba a cara o cruz sabiendo que ahí, tras la espada, se iban su vida, sus sueños, su esfuerzo, tanto, tantísimo trabajo, tantísima lucha. Y siento el toreo como un latigazo que me rompe entera.

Yo ya os espero. Cierro los ojos y empujo las nubes para que no llueva, para que merezca la pena este retorno de Marte -bueno, de Marte y de que soy "muy buena" pero nadie me compra, vaya, que no intereso ni hay parné- que ya ha merecido la pena solo por paladear la emoción de vuestro toreo en mi memoria.

Sevilla os espera. Unos irán a los toros, verán una corrida, sacarán el pañuelo, harán sus estadísticas, agitarán el gintonic y encenderán el puro. Otros, un puñado, sentiremos el toreo, su música y su silencio. Y si así fuese, si ardiésemos por dentro aunque solo sea un instante, tocaremos desde la tierra un pedazo del cielo de Sevilla.

lunes, 15 de abril de 2013

Un acto de fe


Morante es un acto de fe. La tienes o no la tienes. Es como un milagro latente, que no sabes si va a producirse en el sermón de cada tarde, pero sabes que existe como existe el mar, y el cielo, aunque no los abarquemos.

Morante es un acto de fe. Un catecismo sin comas, la hondura a ciegas, la belleza desgarrando el aire, desafiante, incontenible, perfecta.

Volverá hoy al albero maestrante y entonces Sevilla recitará abril con versos de seda, con lengua de oro y azabache. Y rezaremos desde el silencio por si puede ser hoy, aunque siempre sea. Porque el tiempo de la verdad es siempre, si la verdad no tiene tiempo ni lindes. Como la fe, que la llevas encima o te vacías por dentro. Un acto de fe. Morante siempre.

Morante vuelve hoy y es como si la primavera se posase de verdad sobre Sevilla y sus torres, sobre el río crecido, sobre los puentes y la historia. Como si reventase el jazmín y el azahar después del inicienso y de los cirios, la pasión tras la Pasión, este otro credo, esta otra fe, esta certeza de que los dioses no siempre nos miran con los ojos cerrados, de que no siempre duermen.

Morante vuelve hoy a Sevilla con los toros de Cuvillo. Esos toros que algunos llaman medios toros pero que cantan a su estirpe si también llevan muerte en las astas y bravura en la sangre. Toros para la fe, así me diga el mundo que me equivoco. Yo creo. Y si surge el milagro, abril será el rugido de nuestro credo, el paraíso de tanta fe sin fisuras. La tienes o no la tienes.

Y si se acaba la fe, siempre queda Morante, que esta tarde es Sevilla, que hoy se llama abril.



(La foto, que también es un acto de fe, es de Juan Pelegrín. Morante en Las Ventas)


lunes, 31 de octubre de 2011

El luto de un torero

(Para Alcalareño)

El luto cabe en un brazalete. La noche, lo oscuro, el desgarro, la nada hilvanada sobre la seda, un signo apenas circundando el músculo.

El luto es un crespón negro, azabache sobre azabache, una mancha sombría en el pecho, el corazón en un puño y el alma partida en dos. Dos palos, tu dolor por mi dolor, hermano; tu sangre por mi sangre malherida; tu latido por mi latido renegado; el aguijonazo en los lomos, dos arpones verticales ondeando en la grupa de un animal bravo que morirá sin domar, como no se doman las tormentas, ni los huracanes, ni el mar cárdeno que no entiende, que no sabe dónde se acaba el agua.

La ovación de abril en las palmas, los ojos clavados en lo azul, allá arriba, por encima de todo lo conocido, en un cielo intangible pero más cierto que la fe de los hombres, que lo que nos sobrevive. Y abajo, aquí, la tierra enfriándose, enamorada, tibia, si polvo somos que al polvo tornamos.

El luto cabe en una cinta estrecha abrazando la plata, oxidando las tripas y las venas y las arterias, sin heridas visibles ni costurones en la piel, sin sangre, sin cicatrices en el espejo, sin un capote de brega para aliviar los apretones del alma. El luto cabe en el silencio de un hombre que se juega la vida sin engaño, sin quite en el precipicio de la muerte ajena, tan sin fondo; sin taparse, cuerpo a cuerpo, el instante: o tú o yo. Un segundo apenas frente a las astas, carne contra carne, castigo.

Ahí el mundo, acordonado en lo oscuro, apretado en la seda, midiendo. Ahí lo indescifrable del dolor, la soledad del que llega a una casa sin hembra, el beso que quedó prendido en los labios del aire, banderillas de castigo contra la madrugada sin sábana; banderillas negras contra la madrugada más negra.

El luto de un torero se escribe con la ortografía de lo discreto, una cinta acaso, amordazando tanta muerte, tanta rabia, tantas lunas sin sentido, aquel día que no tuvo más días. Y ahí, allá arriba, en un cielo intangible, consolando, la sonrisa eterna de una mujer, por encima del amor, vida que no se olvida de la vida.


(Artículo publicado en Cuadernos de Tauromaquia, mi otra casa, en la edición de mayo. La fotografía es de ABC de Sevilla)

lunes, 6 de septiembre de 2010

Por su mano diestra


Dicen que el corazón está a la izquierda, pero yo he visto escapar el alma tras la mano diestra, como si los cinco dedos fuesen los cinco últimos centímetros del cuerpo antes de ser sólo eso: alma. Veintiún gramos. Todo eso.

Dicen que el corazón está a la izquierda, pero yo he visto la mano diestra de un torero enamorar a un toro, coserlo a la lengua de franela que humedece el tiempo, vencerlo en la redonda sábana de arena tibia, en la tarde azulada, en el beso dorado del albero.

Dicen que la espada siempre pinta en muerte, pero yo he visto su filo escondido rompiendo aguas en lo hondo, como si se acabasen las caricias, ninguna antes, ninguna después, cetro de acero y empaque, mayo en el vientre, el trono, la herencia en lo invisible, en la sangre, en las sienes.

Así vimos a José María Manzanares, vertical en oro, enmarcado en la piedra, latiendo con la derecha, en el inalcanzable mirador de lo perfecto, hambre que nunca se calma, con el corazón descendiendo por la diestra hasta el mismo corazón de la tierra, árbol ardiendo en frutos, verano en ciernes, domando por su mano los vientos de abril, azul y majestad, dejándose ir, dibujando un corazón a pitón contrario.

Dicen que el corazón está a la izquierda. Y si a la izquierda está, yo he visto palpitar al mundo en un derechazo de vocación zurda, un derechazo como un latido, manzana y eterno, berrendo en siempre.



(La foto es de José Ramón Lozano, que una vez más nos presta sus ojos privilegiados)

lunes, 16 de agosto de 2010

Sangre de plata


Ahora, mientras escribo esto, a Luis Mariscal le están haciendo una trasfusión de urgencia en una UCI de su Sevilla, donde un toro ayer le reventó el muslo izquierdo y le hizo un agujero por donde casi se le escapa la vida.

La prensa rosa y amarilla se hace eco hoy de otra cogida, la de Cayetano, obviando, despreciando casi el día a día de los profesionales del toreo que se la juegan cada tarde vestidos de plata y azabache, de pundonor y torería, con el capote y los palos, salvaguardando la vida de su maestro como perros de presa, atentos al menor movimiento, con el alma en los ojos, sin otro burladero que su propia carne cuando toman las banderillas, citan y se encuentran con el toro frente a frente.

A mí me gustaría devolverlo al instante de la imagen, justo ahí, en esa fracción de tiempo en que el toro pudo pasar sin hacer hilo en sus carnes, sin ahondar en las venas, sin destrozar un sólo palmo de esa pierna que hemos visto atravesada por el pitón como si fuese papel de fumar, tan frágil a merced del poderío del toro, que siempre lleva peligro en las astas, que siempre lleva el veneno de la muerte rondando.

A Luis Mariscal le están poniendo sangre en un hospital para remedar su propia sangre, esa sangre de plata que también empapa el hule, que también existe, que también tiñe de dolor y emoción la historia de la tauromaquia, que fluye por las venas de aquellos que son hombres de oro siempre, veinticuatro kilates de toreros, de pies a cabeza, aunque vistan de plata, aunque no sean pose de papel couché, ni nombres de portada en los diarios, ni nombres que escribir en los carteles; ni siquiera nombres que pueda recordar aquel que no es aficionado.

Desde el respeto y la esperanza, que el Dios de los toreros-que es el Dios en el que creo- te guarde, Luis Mariscal. Que vuelva la sangre a desbordarse en vida por tus venas de plata.

(La foto es de burladero.com)

miércoles, 16 de junio de 2010

Llovía luto en Sevilla


Llovía luto en Sevilla. Luto, silencio y pena intermitentes, como una racha de nubes, como un velatorio, una palmatoria que se apaga, el plomo en los párpados, la metralla en el alma, el beso amargo de la muerte.

Un hombre de cuerpo presente, el cuerpo enfriándose, el alma más allá, el cielo partiéndose, la tierra tejiendo la sábana. Llovía luto. Luto y oro, como los mantos de las Vírgenes de abril; sombras y oro ciñendo el pecho y la cintura, devanando la maraña de las entrañas, sosteniendo al hijo en el camino de regreso de tanta muerte, de tanta carne abandonada de todo, de tanto sueño sin aviso de nuevas madrugadas. Llovía luto en el nombre del padre.

El hijo sobre sí mismo, en la peana del dolor y de la seda, en la peana de albero abrileño, arena que da sepultura a tanto miedo, cielo al ras que dicta paraísos sobre aquellos que sobrevuelan la calle Iris a hombros de los hombres, un instante de gloria en la yema de los dedos, y después la nada. Y el brindis consagrado, cuando los medios eran templo sin sagrario, silencio rascando en las gargantas, arañando lágrimas sin permiso, asombro, respeto. La montera hacia lo alto, el conjuro en los labios, antesala de la última despedida. Aquí, en la tierra, dejas un hombre. Un torero. En el nombre del hijo.

Llovía luto en Sevilla. Quizá no llovía, pero Sevilla estaba empapada hasta los huesos. Llovía emoción por la voluntad sentenciada en la lidia imposible, en el sobrero del de La Maza que fue mazazo cierto a tanto entregarse, a tanto compartirse, a tanto llanto hacia adentro sin pañuelos aliviando el aire, moneda de dos cruces lanzada al vuelo.

Llovía luto. Luto, silencio y pena intermitentes como los aguaceros de primavera. Un hombre de cuerpo presente, el alma escapando, la tierra oreada, dispuesta para el abrazo. Y allá, en el centro mismo de la tierra, Antonio Barrera maduraba sin saberlo como fruto adelantado a la estación de las abejas. Luto y oro, el gesto. La ofrenda y la memoria. Llovía luto en Sevilla, la eternidad a las puertas.

(Este artículo lo podéis leer en mi otra casa, Cuadernos de Tauromaquia, en el número de junio. La imagen es de El País)

viernes, 23 de abril de 2010

Sevilla rota en el agua


En algún sitio leí que un hombre, después de su propia vida, lo más hermoso que puede regalar es una lágrima. El Juli se cosió el corazón a los machos con esa máxima en la tarde del 16 de abril, erigiendo sobre una peana de albero y diluvio el toreo eterno, profundo como las raíces del mundo; sincero como el vino oscuro que apuramos de noche; generoso como el beso que no se pide; sabio como una voz muy antigua; perfecto como la caricia de algún dios sobre la tierra; hondo como el cante y el quejío; verdad como la carne y la sangre; puro como la sonrisa de un niño; luminoso como el lino de la sábana después del primer amor.

Regalando vida, muriéndose a raudales; secándose por dentro, escapando en lágrimas, esculpiendo bronce sobre el agua.

Lo vimos siendo un niño, hecho un tío de apenas quince años, comiéndose el mundo a mordiscos. Lo vimos hecho un hombre derrumbándose como un niño, después de mostrarse como un titán que sostuviese el mundo con pulso de seda. Lo vimos abrir las puertas con la llave del misterio, con los secretos del toreo bordados en sus carnes, madurados como una fruta en sus venas, en sus tripas, en sus ojos, en el diálogo silencioso y clamoroso de tú a tú con los del Ventorrillo.

Lo vimos romperse en la mitad de abril, mientras Sevilla se calaba hasta los tuétanos bajo los paraguas. Sevilla empapada en el tendido rugiendo olés, admirada, casi incrédula, entregada a la pasión después de la Pasión, firmando la resurrección y la vida en cada gesto, en cada muletazo. Sevilla rota con el torero roto que nos hizo llorar porque lloraba.

Acaso era emoción pura, y no lluvia, lo que caía sobre el albero.


(La foto, agua y albero, es de Matito)

jueves, 25 de marzo de 2010

En el nombre del padre


Tuvo que ser Sevilla, quizá porque en su albero brotan cruces cuando llega la primavera, como pasa en mi tierra, donde hoy mismo Cristo subirá nazareno y oro, como los buenos toreros, hasta la Catedral, para abrir la puerta de los días santos abrazado al madero sin cuestionarlo.

La cara y la cruz, el sacrificio del padre, las imperceptibles espinas en las sienes, el sudor y la lágrima a punto del precipicio, resbalando, doliendo, escapando de tanta piel herida. La emoción en los ojos, el invisible cordón de sangre y corazón entre dos toreros, dos tiempos, dos generaciones. El toreo eterno. Aromas del árbol cuajado de frutos, árbol en flor que resucita cada primavera cuando hunde sus raíces en el albarizo.

En el nombre del padre.

La ternura en los dedos que separan el postizo como quien arranca un corazón latiendo sin poder remediarlo, como quien separa una isla de la tierra y la deja perdida en medio de la nada, en medio del mar, entre la tierra y un dios ausente. Pelo en los dedos que no duele, el corazón sangrando entre los dedos, los tendidos rugiendo conmoción y respeto, incrédulos, ensimismados, en el instante de silencio que precede a la locura. Lágrimas de sal y bronce mediterráneo, el mar más allá, beso sin labios, adiós sin lengua húmeda en el viento.

Un torero vestido de luces, un torero vestido de paisano, por testigo el cielo y el bramido enmudecido en las gargantas, esperando para ser clamor, llave que abre todos los cerrojos. La pasión según los hombres en el epílogo de la Pasión, el azahar perfumando la despedida esperando nuevos abriles con pies desnudos en las calles y cirios consumiéndose de puro amor.

Tuvo que ser en Sevilla, quizá porque porque también allí muere y resucita Dios, hombre entre los hombres, abriendo de par en par la puerta grande de la alegría, poniéndose en pie sobre el dolor, ascendiendo a la gloria con los machos apretados en la Cruz, con los pies clavados en el mar, que es el Guadalquivir o es el Duero, agua que vuelve siempre al agua. En los tendidos quebrados, rotos en palmas, olía a fruta fresca, al beso primero que siempre sabe a manzana recién cortada, cosecha eterna en el árbol que a sus raíces siempre venera.

En el nombre del Hijo.


(p.d. No recuerdo quién es el autor de esta fotografía, que guardo como un tesoro, pero siempre supe que se me quedaron dentro las palabras que entonces no escribí)

sábado, 2 de mayo de 2009

Morante se hizo verbo


Perdí las palabras en abril y sigo sin encontrarlas. Las dejé sembrando versos junto al albero de la Maestranza, cosidas al verde y azabache del traje de un torero más allá de los toreros.

Perdí las palabras en abril y sigo sin encontrarlas. Ahora que todo son palabras. Ahora que el toreo se ha hecho verdad en la fragua de lo imposible. Ahora que la belleza acampa sobre el valor sin desdeñarlo. Ahora que Morante, que así se llama, ha acariciado el maltrecho orgullo de una plaza vestida de lunares y reses renegadas de su bravura. Ahora que Morante se ha inventado a un toro en la simiente poderosa de su muleta y lo ha hecho crecer a la sombra de su cintura, ofreciéndose entero, sin guardarse nada. Vaciando. Vaciándose.

Perdí las palabras por no contestar a los que dicen que a Morante le faltan piernas. Como si el arte necesitase piernas. Como si la poesía necesitase piernas. Como si el valor necesitase piernas. Como si la verdad necesitase piernas.

Perdí las palabras y sigo sin encontrarlas, por más que regrese a abril. Por más que regrese a la tarde y a la arena, a la seda y al silencio, al mentón hiriendo el pecho buscando su sitio, a la puerta cerrada por los aceros y abierta para siempre en el alma, aunque hubo resurrección después de la espada, justo allá donde perdí mis palabras.

Perdí las palabras en la palabra, cuando Morante se hizo verbo y conjugó la historia del toreo en nueve minutos y pico que son una eternidad. Cuando Morante habló desde sus silencios con las zapatillas clavadas, con los muslos y los riñones inventando el dibujo de cada pase, el viaje de un toro que nunca quiso ser compañero y sucumbió al compás de seda y acero de sus muñecas. Y la sabiduría que no se aprende. El don. El verbo.

Perdí las palabras y sigo sin encontrarlas, o quizá las tenga escondidas y no me atrevo a pronunciarlas cuando etiquetar es una osadía. Porque hay tardes que pertenecen al misterio y al milagro; tardes que necesitamos como un acto de fe porque es la raíz, la droga y la esencia de todas las demás tardes.

Y Morante, que se hizo verbo, sigue hablando entre mis palabras perdidas.

lunes, 20 de abril de 2009

Sevilla se viste de feria

Sevilla se viste de feria. Feria de abril, rebujitos y farolillos con escasa presencia charra y con los ojos puestos en Javier Valverde, que un año más pisará el albero de La Maestranza precedido de la rúbrica de su toreo forjado al pie de las encinas.

El mundo del toro vive aún la resaca de la Resurrección, los doce centímetros rasgados en las carnes del gran Perera, la respuesta de Tomás en la plaza de Málaga a quienes le excluyen de los carteles y le regatean en los contratos.

Desde esta Salamanca empapada en aguaceros, puedo oler, puedo sentir el cielo abrileño que abraza al Guadalquivir. Las noches de yerbabuena y mantoncillos encendidas en millones de bombillas. El gentío que se agolpa en las puertas de La Maestranza, las tardes de toros y silencios, las flores en el pelo, el albero de la feria pegado a los zapatos, el azahar perfumando las calles –que no, que no es un tópico, ni una leyenda; que Sevilla huele en verdad a azahar en sus noches de primavera– y las expectativas puestas en una feria que es el primer indicador de lo que será la temporada, tras el pistoletazo de Fallas.

Una temporada que, a priori, aparece empañada por las ausencias de los grandes en las grandes ferias, por las luchas intestinas que se fraguan en los despachos, por los tiras y aflojas, euro arriba euro abajo, que siempre repercuten en la sufrida afición, que ni dice ni mú.

Sevilla se viste de feria, clavel en la solapa, puro de consumir lento y comida de postín en las ventas; el rastro del fino pellizcando la lengua, las espuelas del sol picando en lo alto. Santa Justa se convertirá en la antesala taurina con las idas y venidas de los AVE repletos de aficionados que no quieren perderse su tarde de gloria en La Maestranza, su foto en los tendidos que enmarcan el ruedo elíptico y mágico.

Y la cita. El mano a mano, Morante y el Cid, el corazón y la cabeza. La inspiración y el mando, la genialidad y el temple. El runrún, los unos y los otros; los de Manuel Jesús y los de José Antonio; la zurda y la diestra, el sueño y el suelo. El toreo, en definitiva, mirándose de frente desde las dos orillas del mismo agua.