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lunes, 27 de mayo de 2013

Torero de Puerta Grande


El ojo atento al palco. La boca entreabierta después del esfuerzo, como un Cristo en el último aliento. El sudor empapando el cabello. Una mano amiga en el hombro. La amargura contra las tablas. La decepción. La rabia. Y esa toalla tan blanca lavando, aliviando la vergüenza torera desbordada por los poros. Tan torero. Así retrató ayer Juan Pelegrín a Alberto Aguilar.

El alma rota. Desfondado. Con lo que cuesta llegar hasta aquí, me cagüentó. Expoliado, robado en lo más íntimo, donde las orejas importan una mierda, donde lo que importa es lo que rasca, lo que duele, lo que late. Vencido, después de estar hecho un tío, impecable de colocación y temple, despejado de cabeza, sobrado de valor y de conocimiento, generoso hasta el punto de poner la otra mejilla. Inclinando la cabeza, después de haber crecido nosécuántos centímetros ante los de Montealto. Azul y oro de veinticuatro kilates. Torero.

No andan las cosas para ir robando. No andan las cosas para ir negando un pedazo de legítima gloria a un tío que se la juega, que se inventa una isla de albero en medio de la nada, una puerta grande después de entrar por la puerta de la sustitución de un torero con la cruz del toreo a cuestas, Fernando Cruz.

No andan las cosas para dejar el toreo en manos de dictadores que se pasan por el forro la voluntad popular. Por sus cojones. Que convierten el alma de las plazas en hormigón sin vida, que desoyen el grito unánime de miles y miles de pañuelos ondeando al viento. Pa cojones lo míos.

Un torero, Alberto Aguilar, se rompió en Las Ventas. Se rompió por dentro, que es como se rompen los que no se guardan nada, los que ofrecen todo, hasta la misma vida, en una arena teñida de la sangre de otro torero, Chechu, veinticinco centímetros de tabaco gordo.

Pero la sangre de los modestos no mancha, ni las orejas de los que van de por libre importan, aunque Madrid rugiese como sólo ruge Madrid, con la emoción a flor de piel, con esa verdad honda del toreo rascando en la garganta. Miles de voces frente a un presidente que se hizo el sordo. Por sus cojones.

No están las cosas para despreciar la voz unánime de los aficionados. Aunque vista más encumbrar a las figuras y despachar con una orejita a los pequeños sin padrinos de los que mandan en la cosa. Y todos tan contentos. Mentira. Pura mentira frente a tanta verdad.

No están las cosas para robar, para restar, para encabronar, para quitarle gloria a esto del toreo. Para pegarle una cornada a un torero de las que duelen sin sangre, de las que no cicatrizan.

Alberto Aguilar salió por la puerta grande de la voluntad de los aficionados. Por la puerta grande de las emociones, de la verdad sin trampas del que se la juega. Por la puerta grande de los toreros que demuestran que son toreros y nos emocionan, y nos hacen creer de nuevo en esto.

Torero de Puerta Grande. Aunque un fulano revestido de autoridad, un ladrón de sueños, le robase la Puerta Grande de Madrid.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Un imbécil le gritó a un torero

(Dios te guarde, IVÁN FANDIÑO)



Escribo esto en caliente. Caliente como la sangre de Iván Fandiño, que ahora mismo está en la enfermería de Las Ventas, pagando el tributo de ser, de sentirse, de saberse torero. Caliente como ese tabacazo que le ha pegado un bravo toro de Parladé cuando entraba a matar como se tiran a matar los toreros, sin trampa ni cartón, ofreciendo la propia vida, las carnes, el alma.

Iván Fandiño en torero. Torero. Torerazo. Firme, valiente, con los pies asentados, con el alma en las manos. Calentando los tendidos y las almas en este San Isidro tan frío y tan desalmado. Torero. Torerazo.

Escribo esto en caliente, mientras los cirujanos andan recomponiendo a Iván Fandiño por dentro, después de sostener en su muleta miles de almas, miles de gargantas. Firme, valiente, importante. Azul marino y oro. Torero.

Un imbécil andaba suelto por los tendidos. "Este toro se va sin torear", le gritó el imbécil al torero. Imbécil con 'eme' antes de 'be'. Imbécil de esos de masticar la 'eme' para que sea más rotunda la cosa. Un imbécil de esos imbéciles que se piensan que en el precio de la entrada va incluido el derecho de insultar a un torero.Un imbécil que no supo siquiera respetar esa liturgia, ese silencio, esa emoción, esa tensión que precede el momento en el que el torero se cuadra frente al toro con la espada en la mano y se la juega a cara o cruz. Y después, que sea lo que Dios quiera.

Ya está bien de tanto imbécil suelto. Ya está bien de ir a la contra, de tanto catedrático con el culo pegado al cemento. Ahí no cogen los toros. Los toros cogen abajo; los toros le cogen al que se pone delante. 

Ya está bien de faltarle al respeto a los que se están jugando la vida, hayan estado mejor o peor; bien, regular o rematadamente mal. Los imbéciles desconocen que el juego del toro tiene sus reglas, tiene sus tiempos, tiene los momentos en los que protestar, pitar, opinar, llevar al olvido o a la gloria. Por eso es tan grande, tan democrático. Por eso todos opinamos.

Un imbécil andaba suelto por los tendidos. Tan imbécil que su grito de imbécil fue el preámbulo de la cornada, mientras Fandiño se la jugaba muriendo matando, matando muriendo si hacía falta.

Escribo en caliente mientras un torero sigue en la enfermería porque un toro le ha atravesado el muslo. Hoy el blog está para poca poesía. Escribo en caliente mientras a Iván Fandiño le taponan el boquete por donde en cada minuto, en cada instante de su vida, puede escapársele la misma vida.

Salud, Iván. Salud, torero. Que el dios de los toreros te guarde.


(Como en este blog no tienen cabida las fotos de las cornadas, de nuevo recurro a una maravillosa foto de Juan Pelegrín. Iván Fandiño en luz. Como esta tarde. Tan torero.)

domingo, 19 de mayo de 2013

Un torero de espaldas


No he querido leer nada sobre lo escrito en la tarde de ayer. Sólo mi memoria y mis tripas.

La tarde de ayer. La tarde de Talavante y de los Victorinos. La de las Ventas a reventar. La de las decepciones y los silencios. La de las ilusiones rotas. La de la soledad inmensa del que apuesta a cara y sale con la Cruz a cuestas por un víacrucis de albero ante veintitantas mil almas quebradas, jaleando. Crucifícale.

Sólo he entrado de puntillas en el blog de Juan Pelegrín a mangar una foto que resume lo que fue la tarde, con un toro yéndose, medio toro en la foto, y un torero de espaldas, impotente, desbordado.De espaldas, como si nada hubiese venido de cara en la tarde del ventarrón y el frío.

No hubo buenos ni malos. Ni toros. Ni torero. Ni tienen razón esos que parece que se alegran de que la tarde fuese en picado. Ni los que tapan lo que ni el propio torero pudo o supo tapar. Un torero al que respeto hoy igual que ayer.

Hoy, supongo que roto por dentro, como se rompen los que se embarcan en una apuesta tan cara como la misma vida y no pierden la vida pero pierden el todo o nada contra toros que no fueron los toros que se esperaban. Roto como el que pierde la apuesta contra el espejo, que es la apuesta más jodida, a solas con uno mismo.





Tendido de sombra y gintonic en un bar de Ledesma. Tendido abarrotado de gentes del campo, sin esnobismos, con callos en las manos y muchos años a las espaldas. Gente curtida junto a las dehesas, mamando toros, viendo toros, conviviendo con los toros. Gentes que guardaban un silencio reverencial ante la pantalla de plasma como si estuviese el Papa impartiendo la Urbi et Orbi desde el balcón de San Pedro.

Silencio. Respeto. Y de cuando en cuando el murmullo en la mesa de al lado: ese toro no parece de Victorino; este no sabe por dónde meterle mano; si este toro no fuese de Victorino quemaban Madrid; éste no estaba preparado para una encerrona así. Y otra vez el silencio. Y el calor del carajillo.

Silencio. Ese silencio de quienes esperan y se van para casa con las ganas. Y el triunfo claro de quien se embolsa unos tendidos llenos de gente y vaciándose de alma. Glin, glin, glin, haciendo caja. Otra encerrona de poca gloria, poca chicha, poco oficio ante unos cárdenos que tampoco le hicieron los honores a su estirpe. Ni el aire ni puñetas. La tarde también estuvo de espaldas.

Otros hicieron la gesta más curtidos, más toreros, más veteranos. Ruiz Miguel, Andrés Vázquez, Capea...que tantas veces se mancharon la seda de sangre propia. Que tantas veces se hicieron inmensos ante la cara del toro. De cualquier toro. Maestros.

No seré quien haga leña. Nunca ante un tío que se pone frente a un toro. Ni antes ni después. Talavante sigue siendo ese torero que apostó fuerte, que no vio el precipicio que también podía ser esa apuesta a fondo perdido si las cosas no rodaban, que a la postre salvaba un mediocre abono de Madrid.

Talavante sigue siendo ese torero del siglo XXI que sacó el toro de la caspa con un anuncio que obligó a hablar de toros a televisiones y medios que silencian a los toros. Talavante sigue siendo uno de los poquitos que tiene claro que hay que abrir la puerta del toreo a las nuevas generaciones, a los nuevos tiempos.

Talavante sigue siendo ese torero que dibujó naturales eternos en Zaragoza, improvisando como un músico sin partituras, deslumbrando. Ese torero que apostó contra sí mismo y perdió contra el espejo, aunque mañana seguirá toreando y creciendo. Madurando. No me cabe la menor duda.

Desde aquí mi respeto y mi admiración por la gesta, por el gesto, para un torero con el alma rota que hoy andará recomponiendo, a golpes de memoria, qué se hizo mal. Por qué no salió bien.

Hubiese sido maravilloso sacarlo a hombros. Aplaudir a los toros por su bravura. Reventar de emoción Las Ventas, mostrarle al mundo la grandeza del toreo.

Ayer, en el fondo, todos perdimos. Menos los empresarios. Glin, glin, glin.

viernes, 17 de mayo de 2013

El rezo


Hay un hombre más allá de la puerta de toriles. Con la vida en la puerta de toriles. Más allá de la vida. en la frontera del ser, del estar.

En los tendidos, el rugido entre toro y toro, la marabunta multicolor, Madrid isidril y bulliciosa. El chasquido del hielo del cubata, las melenas ondeando como banderas. La gente guapa. La gente en pie. Los que no hablan. Los que sientan cátedra. Los que esperan, los que desesperan. Los palmeros, los cabales. Los resentidos con la dinastía. Los que cantan su nombre por el aire. Los de clavel y los de puro. Los que piden toro-toro como si los demás toros no infiriesen castigo. Los que cosen el alma a su vestido nazareno y oro. Los que darían media vida por sacarlo en volandas. Los que darían media vida por medirlo con otros hierros. Los que empujan con el alma. Los que castigan con los pitos.

Pero todo da igual. Todo se detiene. Hay un hombre solo más allá de la puerta de toriles. Con la vida en la puerta de toriles. Más allá del bullicio. Más allá del silencio.

Los párpados caídos, la soledad aprentando las tripas. Esa soledad que sólo entienden, que sólo saben los toreros mientras descuentan el tiempo antes de que asome el burel. Los labios entreabiertos. La lengua recitando una letanía antigua. El rezo. Los dedos dibujando el signo de la Cruz en el pecho. Y después, lentamente, sin prisa, guardando los latidos, amparando un corazón que dispara adrenalina y miedo.

En los tendidos, el cante grande de Madrid. Madrid variopinta de mayo. Madrid mágica y plural. Esas voces dispares sin las que Las Ventas no sería Las Ventas. El templo. Inabarcable.

Abajo, el silencio. La capilla de la carne. El espíritu en la yema de los dedos. Los párpados caídos.

Un torero. El rezo. Un hombre solo frente a la puerta de toriles.




(Juan Pelegrín me provoca, una vez más, con esta impagable foto de Manzanares)

jueves, 16 de mayo de 2013

Morante y mayo


Madrid viste hoy Morante y mayo. Morante y sueño. Morante y esperanza.

Morante, ese personaje, ese torero, ese hombre que habita cerca de los dioses y se codea con ellos de cuando en cuando y los trata de tú cuando se sientan a su lado. Morante fumándose el tiempo liado en tabaco y oro. Habanos perfumando el toreo caro, el capote en el aire, el último aliento de una media que no se acaba, de una belleza que se resiste a morir en el instante. Morante único. Morante eterno.

Será o no será. La incógnita cosida siempre a la seda, a la voluntad, al músculo y al latido. El sino de los genios.

Y si es, los poetas ahondarán en el verso y los redichos de nuevo cuño aliñarán el misterio con la cursilería de unos cuantos caracteres. Morante inabarcable. Con lo fácil que es cantarte, explicarte, sentirte.

Y si no es, aquí queda la crónica adelantada de quien siempre te espera, de quien no necesita otro tiempo que no guarde ya la memoria. Tu muñeca prodigiosa, el mentón apuntando, disparando al pecho. La fe burriciega y sinsentido, tan hacia adentro, tan loca, tan intensa, de quien ha visto tantas veces el milagro que no necesita decirte, que no necesita nombrarte para seguir apostada a tus puertas. Ahora y siempre. Así en la tierra como donde digas.

Madrid se convierte hoy en un templo de ladrillo colorado, templo de sangre y albero, tendidos de sombra y de gloria, llave de la grandeza o del silencio.

Morante en luz. Morante siempre en genio. Y ahora la espera, la fe, el credo.

Sea o no sea. Amén.



(La foto, como una estampa a la que rezarle, es de Juan Pelegrín. Un grande)

jueves, 9 de mayo de 2013

...Y arriba el cielo, tan sin puertas


Hoy se abren las puertas de la emoción. Las puertas de los sueños. Las puertas de la gloria o del olvido. Esas puertas que te abren el mundo de par en par o te dejan estrellado contra las tablas, vacío, roto, como si más allá de esas puertas no hubiese vida.

Madrid se viste de primavera y de toros, de clavel reventón en la solapa, de tardes de sol y de lluvia, de apreturas en los tendidos, silencios junto al ladrillo y padrenuestros antes de echar el pie y jugársela a cara o cruz. Y arriba el cielo, redondo, implacable, tan limpio, tan de todos. Tan al alcance de la mano cuando te alzan sobre sus hombros los hombres y los dioses te dejan tocar por unos instantes su pequeño paraíso.

Madrid se empapa del veneno que nos une, de esta fiebre que nos da la vida, de esta pasión de la que renegamos cada día igual que Pedro negó al mismo Cristo, para estar de nuevo apostados a las puertas de mayo aguardando la magia, el misterio, el será hoy y decir otra vez la letanía del capote, el verbo de la muleta, creo en Dios Padre como creo en Morante, como creo en todo lo intangible que me rasca por dentro, como creo en ti.

Hoy se abren las puertas de la palabra y de las pasiones. Y también la puerta del silencio, si el silencio es la dignidad de quien no escribe para asegurarse un salario a la sombra de nadie; si el silencio es el precio de la libertad de decir, de escribir, de pensar y no dar ni un paso atrás aunque la calle se quede demasiado ancha en el día a día. Y vivir, y jugársela también cada tarde ante una pantalla en blanco y una cabeza en ebullición ordenando lo que no tiene sentido, contando lo invisible, el milagro que cada día se redacta sobre una biblia de albero. Silencio que no duele si el hombre es dueño de sus silencios, dueño de sus palabras. Si nadie puede ponerle puertas al silencio, mordazas. Tu silencio, Javier. Así está esto. Así nos va.

Hoy se abren las puertas. Sonarán los cerrojos, y el aliento cálido del toro que aguarda en chiqueros, y el sudor frío de quien no mira hacia atrás por si no hay camino de retorno, y el runrún de la primavera y los hielos de los gintónises, y el humo perfumado del puro. El catedrático de turno recitando despropósitos en voz alta, los fotógrafos clickeando la eternidad, el papel de la encerrona por las nubes, los teclados ardiendo, la memoria rebosada, los papelillos volando a merced del viento, los cascos de los caballos, la lágrima, el pellizco en las tripas, el reseco en la garganta; el drama aguardando por las esquinas, el alcohol y el bisturí, las batas blancas, la seda de colores, el oro y la plata. Madrid.

Y arriba siempre el cielo, redondo, tan sin puertas. Tan caro.



(La foto es de Juan Pelegrín, que posa como nadie su mirada sobre el albero venteño)




lunes, 15 de abril de 2013

Un acto de fe


Morante es un acto de fe. La tienes o no la tienes. Es como un milagro latente, que no sabes si va a producirse en el sermón de cada tarde, pero sabes que existe como existe el mar, y el cielo, aunque no los abarquemos.

Morante es un acto de fe. Un catecismo sin comas, la hondura a ciegas, la belleza desgarrando el aire, desafiante, incontenible, perfecta.

Volverá hoy al albero maestrante y entonces Sevilla recitará abril con versos de seda, con lengua de oro y azabache. Y rezaremos desde el silencio por si puede ser hoy, aunque siempre sea. Porque el tiempo de la verdad es siempre, si la verdad no tiene tiempo ni lindes. Como la fe, que la llevas encima o te vacías por dentro. Un acto de fe. Morante siempre.

Morante vuelve hoy y es como si la primavera se posase de verdad sobre Sevilla y sus torres, sobre el río crecido, sobre los puentes y la historia. Como si reventase el jazmín y el azahar después del inicienso y de los cirios, la pasión tras la Pasión, este otro credo, esta otra fe, esta certeza de que los dioses no siempre nos miran con los ojos cerrados, de que no siempre duermen.

Morante vuelve hoy a Sevilla con los toros de Cuvillo. Esos toros que algunos llaman medios toros pero que cantan a su estirpe si también llevan muerte en las astas y bravura en la sangre. Toros para la fe, así me diga el mundo que me equivoco. Yo creo. Y si surge el milagro, abril será el rugido de nuestro credo, el paraíso de tanta fe sin fisuras. La tienes o no la tienes.

Y si se acaba la fe, siempre queda Morante, que esta tarde es Sevilla, que hoy se llama abril.



(La foto, que también es un acto de fe, es de Juan Pelegrín. Morante en Las Ventas)


miércoles, 6 de junio de 2012

Si hoy no fuera


No hace falta una conjunción planetaria ni un conjuro a la luna última de la primavera. Ni magia, ni vudús, ni ritos ocultos más allá del misterio de un capote incomprensible, inexplicable como todo lo que brota desde lo más profundo.

Morante vuelve hoy a Las Ventas y junio se viste de incienso, perfumando el verano que se anticipa en las ventanas. Incierto como quien aguarda algo que no llega, firme como aquellos que siguieron a pie a Jesucristo en su revolución del espíritu, hasta la cima del Monte de las Calaveras. Así hoy, en el día sexto del mes sexto, el cielo en calma mansa, este silencio plomizo, estas nubes cárdenas que hacen del tiempo una capilla y de la fe una liturgia. Yo creo.

Creo con la fe irracional de quien necesita un punto donde agarrarse para que no se mueva el mundo. Y tú ahí, Morante, en el ombligo de la arena, inventando el agua para la sed, la lluvia entre tanta sequía. Y esta espera por si es hoy la hora para mostrarle a los demás la grandeza inconcebible, el trazo perfecto, sin cánones, de tu muñeca dibujando prodigios mientras pasa Venus por el sol y se enciende de claridad el ruedo, el latido, Madrid rugiendo con la voz verdadera del toreo verdadero.

Yo te espero un día más sin prisas. Con la fe inquebrantable de quien ya sabe, de quien ya ha visto, de quien no necesita una llaga donde empapar el dedo en sangre para calibrar la herida en el costado. Me basta la fragilidad de la seda, la cintura rota, el mentón hincado en el pecho, la suavidad de un lance donde quepa la historia de la Tauromaquia hecha instante, esculpida en una peana de albero. Una media eterna de tres sílabas. Tu nombre.

Y si hoy no fuera, te sigo esperando. Y rezo tu credo desandando los minutos hasta el cerrojo de las siete.

Si hoy no fuera.



(La foto es de Juan Pelegrín, que es parte de este blog sin pedir permiso. Gracias por tanto)

miércoles, 23 de mayo de 2012

Creo en tí

Dicen que esta mañana las banderas de Madrid no se mueven; que el aire ya se ha detenido esperándote, como si contuviese la respiración igual que se contiene en el paseíllo, cuando dibujas con el pie una cruz en la arena y echas el paso al frente envuelto en seda y grandeza.

Hoy torea Morante. Y sólo con verte anunciado me dan ganas de hacer una profesión de fe, de persignarme como quien accede a un santuario y profesar mi credo, ese que compartimos miles de apóstoles que hemos visto, que sabemos del milagro. Hoy te esperamos a ciegas, sin pedir nada. Con la misma alegría de aquella niña que recibió el sacramento vestida de blanco hace hoy treinta y seis años. Con la misma fe que tienen quienes van en fila a comulgar y ni siquiera cuestionan que la Hostia pueda ser el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, la misma carne; como el vino es la sangre consagrada que un día tiñó el madero y nos hizo libres. Con la misma levedad con que fumas el tiempo, humo manso que huye de tus labios de torero, que no necesitan decir nada, que siempre besan.

Quizá sea hoy. Puede ser hoy, cuando una verónica resuma todas las verónicas de la historia, o una media envuelva al mundo en la caricia de tu signo. Quizá sea hoy cuando resuelvas en el instante el misterio, el enigma de siglos del toreo. Ahí la llave.

Tiene que ser hoy. Yo te espero. Yo creo en tí. Y si así no fuera, mañana repetiría estas letras, este credo, allá donde traces la cruz con el pie mientras el aire detiene su paso y te espera, seda y grandeza. Porque el mismo aire, que te conoce, también cree, también sabe, también te canta.

Venga a la tierra tu reino.


(La foto es de Juan Pelegrín, que captó a Morante fumándose el tiemplo)

jueves, 2 de febrero de 2012

Brindaré por tí, Javier Castaño

A Javier Castaño no lo conocen las chonis que tragan al por mayor la casquería del corazón. Ni las que reconocen a Cayetano porque viste de Armani. Ni las que se ponen el waterproof en la pestaña y gastan retina para calibrar la seda que aprieta el culo de los toreros y los persiguen de hotel en hotel por si al día siguiente se lo llevan caliente en las tertulias de porteras, con la lengua larga y la falda corta.

A Javier Castaño no lo conocen los del puro en ristre y el traje de domingo en los días grandes de la feria, comprando al peso barreras de sombra, tanto tienes, tanto vales. Ni los del taurineo de la gomina y las fantasmadas, ni los que tiran de Mercedes antes de pegarle un pase como Dios manda a un toro.

A Javier Castaño lo conocen los aficionados cabales; aquellos que recuerdan aquel chaval que atravesó la puerta grande de Madrid de novillero. Los que sabemos que después de acariciar la misma gloria vino el percance y después el silencio. Y entonces tiró del impagable regalo de su afición, de sus ganas de ser alguien en el mundo del toro y volver a tocar ese pedazo de cielo que le corresponde a quienes salen a hombros hacia la calle de Alcalá; tiró de su tremenda fortaleza para crecerse en la sombra y volver a ascender los peldaños que conducen al sitio de honor en el toreo.

Todo esto lo ha hecho Javier en silencio, como se hacen las cosas que uno lleva tan dentro que decirlas en voz alta casi duele. Javier se ha reivindicado en la arena, sin volver la cara, tragando con toros duros y con el más duro trago, el más amargo: el de verse relegado en los despachos para conseguir contratos a dentelladas. Sabiéndose tan torero. Sin desfallecer, sin dejar esa rutina diaria que es casi como un mantra para los toreros que no son gedié, ni negocian derechos de imagen, ni son carne del marujeo patrio, ni figurines de Armani. Reinventándose un día y otro día, desgastando suela, sudando chándals, ejercitándose en el tesón, la voluntad, la fe en uno mismo cuando los demás adoran a otros dioses y dejan de quemar incienso a tus pies.

Probablemente él no se acuerda del día que nos presentaron, pero yo lo estoy viendo como si fuese aquel mismo día. Un día de esos en que el invierno se ceba al pie de las encinas; hacía un frío castigador en el campo charro y llegaba aterido, casi encogido, a que le volviesen todos los huesos del cuerpo a su sitio después de tentar. Era un novillero aún nuevo, pero nunca se me olvidó su nombre, el que no conocen los esnob, ni los aficionados de pacotilla, ni las marías del periodismo rosa. Nunca se me olvidó su nombre, Javier Castaño. Ni aquella mirada tan honda, tan seria. Ni aquellos labios sin mentiras, sin palabras de más, con silencios que dicen más que todas las enciclopedias del mundo juntas.

Ahora Javier Castaño acaba de anunciarse ante seis Miuras en Nimes. Como un tío que se viste por los pies. Con dos cojones, dicho en cristiano. A las chonis y los fantasmones, después de esta gesta, quizá siga sin interesarles quién es ese torero, ese hombre que este año rubricará desde el vientre de Chus la mejor faena de su vida. Pero a los demás, empresarios y aficionados, habrá que pedirles cuentas si no le dan, por fin, el lugar de privilegio que se ha ganado peleando como un león por sus sueños. Toreando.

Apura, Javier, la copa de la alegría. Y bébete a sorbos, despacito, el jugo de tantos sudores, de tanta amargura que ahora se vuelve dulce contra tu lengua. Porque yo sí; porque nosotros sí te reconocemos, porque sabemos desde hace mucho tu nombre y esperamos contigo ese día de mayo, ese Pentecostés sin fuego, y todos los días de celebración que tengan que venir.

Entonces yo, sin vaso de plata, con la copa del respeto a rebosar, brindaré contigo.

(La foto, preciosa, es del gran Juan Pelegrín, a quien quiero y admiro)

jueves, 29 de diciembre de 2011

Aquel chaval de Guarrate

Lo recuerdo como aquel chaval de pocas palabras que hace veinte años visitaba de cuando en vez la redacción del viejo 'Correo de Zamora', siempre acompañado de su tío Juan que, a falta de cuartos y de padrinos, invirtió en su afán de ser torero la fe a fondo perdido y una sonrisa en los tiempos más duros, cuando vio que aquel sueño se quebraba y decidió cambiar la muleta por un par de rehiletes, pulir en plata un futuro que en oro se antojaba poco menos que imposible.

Aquellos primeros pasos sobre el albero siempre fueron ligados a mis primeros paseíllos sobre las letras, sobre la tinta negra que emborrona el blanco papel de los periódicos. Y ahí, en las hemerotecas, quedó escrito el nombre de aquel chaval de Guarrate que llevaba el toro tatuado en el alma, con la hondura que imprime el poso de esa tierra, La Guareña, que no se entendería sin la piel del bravo extendida sobre su historia.

Podría escribir desde la lealtad de muchos años de amistad, desde el reconocimiento a su eficacia, a su discreción, a su conocimiento de los terrenos, a la prudencia que se convierte en un cheque de vida para los toreros que tienen la suerte de que Javier Gómez Pascual les guarde las espaldas. Pero me quedo con aquel Javier gravemente lesionado que volvió a los ruedos a golpe de tesón y ganas, de una afición desmedida, torero las veinticuatro horas, después de pasar no sé cuántos calvarios en la intimidad, a puerta cerrada, que es donde se lidian las grandes faenas de la vida.

Lo recuerdo como si fuera ahora. Lo que no sabía entonces es que veinte años después admiraría sin reservas a aquel chaval callado que de cuando en cuando asomaba por la puerta del viejo Correo. Un torerazo de plata que ha escrito, por derecho, su nombre en letras de oro en la historia taurina de Zamora.


(Columna publicada en 'El Día de Zamora'. La foto, ese inmenso retrato de plata, viene del ojo mágico de Juan Pelegrín)

sábado, 26 de noviembre de 2011

Oro añejo y plata de ley

Hay una frontera que separa la realidad de la magia. Un burladero donde se parapeta la vida para que siempre triunfe sobre la muerte. Un ruedo que ya sólo existe en el imaginario de los toreros veteranos, en el oro añejo de un maestro, en la plata de ley cosida a la piel.

En el aire flota Madrid rugiendo aquel 22 de agosto de 1999, cuando Carlos Escolar se alzaba por encima de los demás hombres y acariciaba el cielo por la esquina que sólo tocan quienes salen a hombros de Las Ventas, quizá donde le esperaba, fumando un puro, su padre. Esa plaza que siempre le espera, en sus luces y en sus sombras, en sus silencios, en los retazos de un torero caro, de empaque y majestad.

Una plaza que se deja acariciar por un capote de terciopelo y una muleta poderosa en un romance que pudo truncar aquel de Villagodio en la Semana Grande de Bilbao, en 1977. Pero aquí está, impregnando de oro añejo los rincones, como un Cristo al que seguimos un puñado de discípulos cada vez que se viste de luces y deja jirones de alma en su toreo hondo, en la majestad de quien sostiene su trono en la memoria de los aficionados más cabales. Torería, sólo torería. Torero de Madrid. Torero de toreros. Frascuelo.

Y aquí, tan cerca, se tiñe de plata y de azabache la mirada oscura, aquel que lleva por apellido la tierra que le vio nacer, la simiente del toreo de Tierra de Campos. Luis Miguel Villalpando. La cuna del maestro Andrés, las suaves lomas de cereal y los palomares. Tierra de capeas, y de las capeas a los caballos, cabalgando sobre un sueño: ser torero. Y de los caballos a la plata, en una decisión difícil pero sabia, que le ha hecho ganarse el respeto y la admiración del resto de profesionales.

Luis Miguel, plata de ley que atesora un torero de oro, visado de vida para aquellos que tuvieron la suerte de llevarlo en su cuadrilla, guardándole las espaldas, como si en esos ojos se resumiesen todos los tiempos, las distancias, las colocaciones, el orden perfecto de la lidia. Y más allá, una lidia más difícil, a puerta cerrada, en los despachos, donde ha defendido la dignidad de sus toreros hasta morir en el empeño. Primero, Tejela; después, Urdiales.

Hoy Zamora se viste de fiesta con dos maestros curtidos en los ruedos más difíciles que son una lección de lucha, de afición y de entrega al toro.

Bienvenidos, toreros, a vuestra casa. Y gracias. Gracias por vuestro ejemplo.

Gracias por vuestra, verdad.

Gracias por vuestra vida.

(Introducción al coloquio 'La esencia del toreo', en el homenaje a L.M Villalpando del Foro Taurino de Zamora. Las fotos, soberbias, de Juan Pelegrín)



lunes, 24 de octubre de 2011

Chenel, para siempre

Dice mi padre, que entonces era un joven pintor de veintipocos años, que aquella tarde de mayo hacía calor en Zamora. Y que al llegar a su estudio un vecino, con la ventana abierta y el televisor encendido, le dijo: "¡¡Artista!! menuda faena acaba de hacer Antoñete!!.

Y ahora, casi cincuenta años después, se le hace un nudo en el estómago viendo aquellas imágenes en blanco y negro del toro blanco y negro, del torero blanco y negro, el mechón tan blanco, los huesos tan sin calcio, el capote hambriento de la posguerra, la muleta planchada, tan roja entre tanto gris, el toreo chelí, la distancia perfecta, el natural infinito, Las Ventas patas arriba. Aquel día de mayo, las ventanas abiertas, el televisor encendido, el prodigio en blanco y negro.

Antoñete se despide hoy de la afición, chaquetilla verde botella, la Virgen de la Paloma a sus pies, Madrid lloviendo, lluvia lila y oro, rosa y oro, lluvia de otro tiempo. Torero de cuerpo presente, todo el tabaco en el pecho, toda la vida a las espaldas. El traje lila y oro en la silla, preparado para torear por celestiales y detener el tiempo donde dicen que no existe el tiempo.

Y porque hoy el corazón del toreo late en Madrid, convertid la plaza de ladrillo rojo en una fiesta. En la celebración de setenta y nueve años de vida. Que Las Ventas sea el alma, la voz ronca, el llanto y también la primavera, otra vez mayo, siempre mayo. Como si el cielo fuera rabiosamente azul detrás de la lluvia, detrás de este gris tan gris, detrás de la pena, que siempre escampa.

Que el último paseíllo sea una acción de gracias por tanta belleza como nos deja, por aquella izquierda que llevaba al paraíso; mi corazón lila y oro honrando al hombre que desciende a la tierra; al torero que ya está más allá de la vida, que ya es eternidad. Y memoria, que nunca muere.

Yo te doy las gracias, Chenel. Con el pecho partido y la sonrisa en los labios. Gracias por tu vida, Antonio Chenel Albadalejo. Y esta ovación te dedico, viéndote traspasar a hombros la puerta grande de la leyenda.

Gracias, maestro. Hasta siempre. Para siempre.


(Las fotos son de Juan Pelegrín y Javier Arroyo, dos grandes)

domingo, 9 de octubre de 2011

Es esto

Sé que el toro es esto. Que es la moneda lanzanda al aire. Cara, la gloria. Cruz, la cruz. La cruz en las carnes, el frío de la sábana, la vida en un hilo invisible. La vigilia de puertas afuera.

Sé que el toro mata. Que hay sudor más allá del hilo de oro; encina prendida en la seda. Más silencio que ovaciones. Más soledad que albero. Que el campo es muy frío en invierno. Ropa de algodón bajo la lentejuela en puntas, más penumbra que luz. Todo a puerta cerrada.

Sé que el toro es esto. Que soñar es caro cuando aterrizas con los dientes, la boca contra el surco, mordiendo, apretando. El sacrificio contra cada madrugada. Que un día se te rompen las alas y no llegas a volar. Que poca gente se arrima al árbol que no da fruto. Que hay mentira en las bocas lisonjeras, poca verdad detrás de las vanidades, poca mentira en la herida.

Sé que el toro tiene dos puertas. Que una apunta a los cielos; que la otra apunta a la tierra. Una la atraviesas a hombros sobre los demás hombres, como un Nazareno en los días de la primavera. Otra, en horizontal, como un Cristo Yacente en la noche de las tinieblas, en la antesala de la muerte. Dolor y luto. Que somos dioses en el instante y al instante somos carne y poco más, un corazón latiendo contra todo pronóstico; sangre y un cúmulo de huesos.

Lo he visto. He visto a un torero reventado por una navaja de tremenda empuñadura cárdena. He escuchado las sirenas. He visto las lágrimas de otro torero, agua y sal, en el único ojo por ojo que conozco: mis lágrimas por tus ojos, compañero. Le he visto coger la espada llorando, resucitar allí mismo, torear conjugando dolor y rabia y luego desmoronarse y volver a resucitar. Todo contra el reloj, llorando hombría, creciendo.

También los he visto salir en volandas de la plaza, hacia el infinito, acariciando el cielo después de vaciarse, de ofrecerse enteros. Inmensos, inmortales.

Sé que el toro es esto. Que no es un juego, aunque te juegas las manos, los muslos, el vientre, el pecho, los ojos. Que los héroes que creemos a salvo de la muerte tienen más puntadas en su carne que una muñeca de trapo. Que tienen más empalmes en sus huesos que una estación de tren. Que hay más soledad en el hotel que en todos los tendidos del mundo juntos. Que escribes tu nombre con sangre, para que sea tu nombre siempre, para que no se borre.

Sé que el toro es esto. Que te da la vida o te la quita. Como un veneno, como una mala droga. Que no se va nunca. Como todo lo que se ama sin medida. Como todo lo que se desea por los poros. Sé que te da la vida o te la quita, como un dios salvaje que no entiende de pecados veniales. Pero es mi vida.

Papá, quiero ser torero.

(La foto es de Juan Pelegrín)

viernes, 28 de mayo de 2010

Recitaré en tu nombre


Recitaré en tu nombre, Julio Aparicio, hasta que tu lengua pueda pronunciar la vida, hasta que tu garganta recobre las palabras y la voz que escapó por el boquete del instante un viernes por la tarde, Madrid ardiendo en los tendidos.

Recitaré en tu nombre, Julio Aparicio, las mil letanías al dios que protege a los toreros, a la esperanza prendida en el paladar como un plato que saborear muchos años, envuelta en seda y oro, en el toreo caro de los que sueñan sobre la arena mientras los demás danzamos en derredor de sus genialidades.

Recitaré en tu nombre oraciones por la noche, cuando los hospitales duermen y las sirenas se callan, cuando todas las lenguas se detienen y no pronuncian más nombre que las sombras, la claridad en ciernes de un nuevo día.

Recitaré en tu nombre la blancura de las sábanas, poemas de dolor en ausencia de muerte, la herida lenta engendrando nuevos versos en tu capote, nuevos tiempos conjugados en muñecas de terciopelo, en la danza sin tiempo del percal provocando, encendiendo en bravura las astas.

Recitaré en tu nombre, Julio Aparicio, caricias sobre el albero, seda satinada en fucsia lamiendo la arena como un beso sin lujuria, como una confesión sin guardarse nada, como un precipicio de silencios que llenar en tus manos cadenciosas, más allá de las palabras, más allá de mi cántico, de tu nombre y de todos los nombres.

Recitaremos juntos la alegría, conjugaremos la vida un viernes futuro, Madrid ardiendo. Recitaremos en tu nombre, Julio Aparicio, depositando en tus labios los nombres, el aire, calma, alivio y tiempo.

(Gracias, Juan Pelegrín, por la inmensa foto, la inmensa ventana de los ojos azules)

viernes, 7 de mayo de 2010

Un día en Las Ventas


Así, ‘Un día en Las Ventas’, se titula el libro del fotógrafo Juan Pelegrín, con textos del maestro Esplá, donde recogen, en imágenes y sentimientos, el ambiente del epicentro del mundo taurino, Las Ventas del Espíritu Santo.

Tres jotas, tres, tiene la fotografía taurina para desmonterarse sin reservas: Juan Pelegrín, José Ramón Lozano y Javier Arroyo. Tres ‘jotas’, tres, que, como esos tres jueves-jota, relumbran más que el sol. Porque es un privilegio, contemplar a través de sus ojos, llegar donde nuestra mirada no alcanza y hacer nuestras sus emociones.

Juan, que de cuando en cuando bebe atardeceres al pie de la muralla, que de cuando en cuando refresca su alma en el Duero, nos lleva de la mano a la garganta reseca de los toreros antes del paseíllo, a los miedos junto a la pared de ladrillo visto; al viaje de vértigo por las astas de los toros; a las imágenes de devoción que eligen por templo el revés de una montera; a los dedos que trazan la cruz sobre las carnes; al dibujo que surca el tiempo en el aire cuando Morante se lo fuma liado en hojas de habanos.

Juan nos lleva de la mano a la textura rugosa del albero bajo las zapatillas, al aliento del toro antes de la primera embestida, al olor de la madera reseca de la puerta de toriles, a la oscuridad que despunta en luz clamorosa cuando Madrid festeja a su santo Isidro.

Juan nos lleva de la mano a las puertas del cielo, que vierten a la calle Alcalá. A la caricia metálica de los clarines, al rumor de tragedia y gloria, seda y sangre. Al milagro que vivimos cuando Madrid nos convoca a nuevas tardes en Las Ventas, como si fuesen el único, el primer día.