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domingo, 15 de septiembre de 2013

De madera de roble


A Castaño, de tanta sequía, de tanta sombra, la madera se le volvió de roble. Fuerte como un roble. Tanto, que se encerró con seis de Miura y salió tocando el cielo del coliseo romano de Nimes, donde hace siglos los hombres se batían contra los hombres para salvar o para perder la vida, gladiadores contra gladiadores, cara o cruz.

Fuerte como un roble. Fuerte hasta el punto de medirse con los más fuertes tarde tras tarde. Los hierros más duros, los nombres de la leyenda, esos que algunos pronuncian con miedo, esos que otros no quieren ni ver. Fuerte. Fuerte hasta el punto de hacer de su cuerpo un mapa de cornadas y contusiones y volver a ponerse en pie para seguir sumando tardes sin volver la cara, sin dejar en blanco tardes marcadas en seda y oro en su calendario. Ni un paso atrás. Por los días de sequía y de sombra. Por aquellos días que le volvieron la madera de roble, sin  enmendarse, vertical.

Fuerte como un roble y generoso como los árboles que dan fruta sin importarle quién quiera calmar su hambre a mordiscos. Generoso con la estirpe del toro, luciendo su galope cuando va al caballo, recuperando lo que siempre fue la suerte de varas, allá donde se medía sin simulacros la bravura, el empuje, los riñones apretados, las ganas de más pelea cuanta más pelea encuentra, creciendo cuanto más crece el castigo. Generoso donde los demás son cicateros. Cuadrilla de oro de hombres de plata, plata de ley, a ley, las plazas en pie, la ovación a los que siempre quedan en la trastienda.

A Castaño de tanta sequía, de tanta sombra, la madera se le volvió de roble. De una sola pieza, inquebrantable. Entero, íntegro, masticando despacito los días de triunfo después de apretar los dientes contra el polvo sin morderlo y crecer, madurar en el silencio, en los días de olvido y soledades, que son necesarios para conocer después la alegría y la gloria, para separar el grano de la paja, los palmeros de los amigos, los que siempre estuvieron de los que se suben al carro de los caballos ganadores.


Castaño se hizo fuerte como un roble. Y se mide con los más fuertes, con toreros que tienen madera de torero, madera fuerte de roble que no se astilla entre las astas de los más fieros. Y si se astilla, se recompone. Y sigue creciendo, sin sombra y sin sequía, de poder a poder, con los pies clavados en la tierra, que es donde hunden las zapatillas los hombres cabales, los que de cuando en cuando rozan lo alto y saben de su valor porque también han apretado los puños llenos de arena. Como un roble de raíces profundas que roza con sus hojas altivas la frágil línea donde comienza el cielo.


(Artículo publicado hoy en la revista Lances, que se entrega en La Glorieta. La foto es de la mirada mágica de Juan Pelegrín)

sábado, 14 de septiembre de 2013

De la tierra


Hay quien dice “toreros de la tierra” como si la tierra menoscabase el peso, como si la cercanía, lo cotidiano fuese en detrimento del valor de los que se modelan con la misma arcilla de uno, aunque siempre son de distinta pasta.

Toreros de la tierra que quisieron hacerse toreros viendo fotos de Su Majestad, de Capea, de Julio Robles en las paredes de los bares que frecuentaban sus padres, en la memoria de los aficionados cabales, en las enseñanzas de una Escuela Taurina que mantiene viva la ilusión de los que quieren ser toreros. Toreros de la tierra que lo mismo un día se perpetúan para siempre en bronce junto a La Glorieta, esa plaza donde los toreros de la tierra se aprietan más fuerte los machos y sienten más reseca la garganta, el peso plomizo de los tendidos, el calor del aplauso, el bofetón del silencio.

Toreros de la tierra que conocen la geografía de la provincia como las mismas líneas de su mano, trazando de tentadero en tentadero el mapamundi de las ganas, la ambición de ser alguien en esto, el hambre de codearse con los de arriba. Para que llegue el día en que Salamanca los contemple con orgullo y funcione el boca a boca: “ahí va un torero”. De la tierra.

Eduardo Gallo lleva escrita en sus formas la elegancia urbana de la tierra salmantina, esta tierra donde las torres surgen del Tormes como agujas macizas que siempre apuntan a lo alto aunque nunca terminan de romper el cielo. La clase y la quietud de la piedra dorada cuando se deja acariciar mansamente por el sol del mediodía y Salamanca es un continente de belleza y de sueños. Lo tiene en las manos. Puede. Tiene que ser.

Pedro El Capea echó los dientes junto a las encinas, jugaba a los toros, mamó los toros y supo por boca del mejor de los maestros que esto no es un capricho. Que uno se juega de verdad la vida si se pone delante y que cada cicatriz es un recordatorio de lo cerca que están los hombres de perderla cuando se pasan al animal por el vientre.

Para Del Álamo este viernes 13 será el viernes maldito: un paseíllo sin hacer, maldita la hora del pisotón, ahora que anda haciéndose un hueco entre los de fuste, sin prisa, con la suerte de cara y la recompensa al esfuerzo.

Son toreros de la tierra, pero no son menos toreros. Toreros de una tierra que ha parido genios y modestos, figuras y aspirantes. Una tierra por la que circula el pulso, la sangre, el veneno del toreo. Y los toreros de la tierra son la voz de la tierra, el cántico del toreo que nunca se acalla, las ilusiones, los sueños, el engranaje que hace posible que nunca se apague el milagro de la esperanza, hambre de figuras entre el paisanaje que no cesa.



(Eduardo Gallo, que ha abierto hoy la puerta grande en Salamanca, tan torero, fotografiado por el gran Juan Pelegrín. El artículo ha salido publicado en la revista Lances, que se entrega en La Glorieta)


viernes, 13 de septiembre de 2013

A su bola



A su albedrío. Me encantan las plantas y los árboles que crecen a su bola, que echan raíces donde quieren, sin pedir permiso, sin nadie que los riegue, ni los domestique ni los doblegue, porque cuando despuntan en flor o dan fruto desafían con su vida a la misma vida, se imponen sobre lo que no prospera en terreno hostil, sobreviven en territorio comanche.

A su bola. Como todo lo que se salva de la criba de los jardineros sin alma que programan la primavera y el verano y el otoño a su antojo; que podan de un tijeretazo el futuro y las oportunidades sin que les tiemble el pulso; que deciden hasta dónde puede alcanzar altura la naturaleza, ponerle cotas a lo que no tiene techo, echarle el cerrojo al aire, que nunca se sabe dónde termina.

Iván Fandiño se hizo torero porque nació torero. Es torero como una planta sin dueño y sin tierra; como un árbol que crece a su bola, al margen de padrinos y trapicheos entre despachos, intercambios de cromos, trueques y contrabando de nombres. Capitán de sí mismo, como esas plantas tercas que cuando despuntan en flor o dan fruto desafían con su vida a la misma vida. Y crecen. Y se imponen. Se impone cada tarde como un árbol altivo, un árbol con madera de figura, sembrando de triunfos la tierra yerma de la incertidumbre, el camino de espinas que dista entre el anonimato y un pedazo de gloria arrancado a mordiscos, ofreciéndose en la arena como una hostia consagrada, sin reservarse un centímetro cuadrado de piel, una pizca de alma. A su albedrío. Todo o nada. Sí o sí.

Insolente frente a la herida, pactando a cara o cruz esos terrenos donde siempre se mancha la seda, donde es casi imposible salir ileso del navajazo que no por presentido no se hace cierto sobre las carnes y las rasga como papel de fumar. A su albedrío, dueño de su hambre y de sus dolores. Dueño de su ambición y de sus sueños.

Me encantan los que sobreviven a golpes de intuición y de ganas, de corazón y de dignidad, ni contigo ni contra ti. Sin más sombra que le cobije que las verdades recitadas al oído de quienes se hicieron fuertes con ellos, siempre solos pero siempre cerca, palpando la tierra, masticando la amargura antes de rozar el cielo en las tardes en que la gloria se puso de su parte. Hombres que no se anuncian pero siempre están. Néstor. A su bola. Hombres que también apostaron por ese pedazo de tierra sin dueño donde crecer sin cortapisas, agua para la sed, abono del alma en tardes de miedo y de soledades.


Esas son sus credenciales, el peaje de quien va de por libre y se hace grande. Bienvenido sea aquel capaz de crecer a su bola, sembrando respeto sin doblegar la espalda.ç


(Artículo publicado hoy en la revista Lances de La Glorieta. Desconozco de quién es la foto, maravillosa. Si alguien lo sabe que lo indique, para firmarla con el nombre de su autor, un artista tras la cámara)

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Asomándose al futuro


La Plaza Mayor de Salamanca se llenó de niños y de sueños. Pequeños con sus capotitos y sus muletas, toreros de andar por casa que nunca fueron, aficionados que se sintieron toreros por un día, la voz del maestro Capea en el aire, como el mismo aire, que nunca se apaga pero es necesario para que la vida continúe.

Algún día esos niños se aferrarán al sueño. Serán. Llegará el día. Lo dirán en voz alta: “quiero ser torero”. Y se formará el revuelo en la casa, y se acelerará el pulso de lo cotidiano y comenzará la vida bajo el prisma de quien sabe que se la juega cada tarde.

Quiero pensar que alguno de ellos traspasará las puertas de la Escuela Taurina paralela a la escuela de la vida, donde dejan su sello Juan José y José Ignacio, que tantas tardes dictaron sus lecciones ante los tendidos. Que algún día querrán ser como esos toreros de la tierra que se vistieron de paisano para jugar al toro con ellos iniciándolos en el misterio y en la magia, que no sería posible sin el dolor de las decepciones, sin la soledad de las tardes sin gloria.

Que pelearán con un puñado de cachorros por el mapa de los bolsines del invierno con hambre de ser, con hambre de victoria, con ambición de sentirse. Que intentarán escribir su nombre en los carteles mientras los gusanos blancos, laboriosos, tejen la seda de su primer traje sin remiendos, leve como el vuelo de una mariposa, chispeante como una moneda recién acuñada.

Que algún día pisarán el albero de La Glorieta o de cualquier plaza del mundo y se ganarán a mordiscos un puesto en esa novillada para la que siempre hay una primera vez, aunque la crisis y los recortes hayan cercenado tantas oportunidades.

Que antes de hacer la cruz en la arena y echar el pie, mirarán a los tendidos con los ojos de aquellos niños que soñaban el toreo con sus capotitos y sus muletas guiados por la voz del maestro Capea, arropados por los toreros de la tierra al pie de los soportales de la Plaza Mayor. Que emprenderán ese primer paseíllo con la certeza de que se puede rozar la gloria recorriendo una senda de espinas que dejan de doler el día que te elevan sobre los hombros del resto de los hombres y el cielo queda más cerca, tan a mano.


Salamanca asomándose al futuro.


(Artículo de opinión publicado hoy en la revista Lances que se reparte en la Plaza de Toros de Salamanca, con la que colaboraré toda la feria. La foto es de www.chopera.com)

lunes, 6 de agosto de 2012

Bienvenida, pequeña Sabela


Esta madrugada, mientras Salamanca dormía, llegaba al mundo Sabela predicando la vida, rompiendo con su primer aliento la gravidez de la luna de agosto, la calma silente del Tormes frente a la ciudad dorada; llamando con sus minúsculos nudillos a la puerta de la alegría en casa de Javier y de Chus.

La esperábamos con el corazón abierto, la cuna en los brazos. La esperábamos como un pequeño milagro, como una sonrisa de Dios sobre todas las cosas. La esperábamos como una promesa desde lo hondo de la tierra, desde el vientre de su madre. Bendito sea el fruto.

Está cumplido. Sabela ya está entre nosotros, carne y ternura, presencia, caricia.

Nosotros algún día te contaremos quién es tu padre, ese torero que hoy viste orgullo y oro, amor y oro siempre, para que sigas la huella, la dignidad de sus pasos en el albero de la vida -el más difícil- bajo la sombra protectora de Chus, tu madre, que siempre está ahí aunque nunca se muestre, con la ciencia de quien sabe esperar; con la confianza que da la fe sin quebranto en el otro; con la magia de quien cura con los ojos y consuela desde el silencio, tan cerca, siempre al lado. Qué suerte tienes, Sabela, de nacer bajo la urdimbre de su sábana, sangre de su sangre, don de la vida, novia para siempre del verano.

Bienvenida al mundo, pequeña Sabela. Alegría, esperanza nuestra; pequeña ventana con vistas al futuro, milagro del amor en este agosto que ya canta tu nombre.

Bienvenida.



jueves, 2 de febrero de 2012

Brindaré por tí, Javier Castaño

A Javier Castaño no lo conocen las chonis que tragan al por mayor la casquería del corazón. Ni las que reconocen a Cayetano porque viste de Armani. Ni las que se ponen el waterproof en la pestaña y gastan retina para calibrar la seda que aprieta el culo de los toreros y los persiguen de hotel en hotel por si al día siguiente se lo llevan caliente en las tertulias de porteras, con la lengua larga y la falda corta.

A Javier Castaño no lo conocen los del puro en ristre y el traje de domingo en los días grandes de la feria, comprando al peso barreras de sombra, tanto tienes, tanto vales. Ni los del taurineo de la gomina y las fantasmadas, ni los que tiran de Mercedes antes de pegarle un pase como Dios manda a un toro.

A Javier Castaño lo conocen los aficionados cabales; aquellos que recuerdan aquel chaval que atravesó la puerta grande de Madrid de novillero. Los que sabemos que después de acariciar la misma gloria vino el percance y después el silencio. Y entonces tiró del impagable regalo de su afición, de sus ganas de ser alguien en el mundo del toro y volver a tocar ese pedazo de cielo que le corresponde a quienes salen a hombros hacia la calle de Alcalá; tiró de su tremenda fortaleza para crecerse en la sombra y volver a ascender los peldaños que conducen al sitio de honor en el toreo.

Todo esto lo ha hecho Javier en silencio, como se hacen las cosas que uno lleva tan dentro que decirlas en voz alta casi duele. Javier se ha reivindicado en la arena, sin volver la cara, tragando con toros duros y con el más duro trago, el más amargo: el de verse relegado en los despachos para conseguir contratos a dentelladas. Sabiéndose tan torero. Sin desfallecer, sin dejar esa rutina diaria que es casi como un mantra para los toreros que no son gedié, ni negocian derechos de imagen, ni son carne del marujeo patrio, ni figurines de Armani. Reinventándose un día y otro día, desgastando suela, sudando chándals, ejercitándose en el tesón, la voluntad, la fe en uno mismo cuando los demás adoran a otros dioses y dejan de quemar incienso a tus pies.

Probablemente él no se acuerda del día que nos presentaron, pero yo lo estoy viendo como si fuese aquel mismo día. Un día de esos en que el invierno se ceba al pie de las encinas; hacía un frío castigador en el campo charro y llegaba aterido, casi encogido, a que le volviesen todos los huesos del cuerpo a su sitio después de tentar. Era un novillero aún nuevo, pero nunca se me olvidó su nombre, el que no conocen los esnob, ni los aficionados de pacotilla, ni las marías del periodismo rosa. Nunca se me olvidó su nombre, Javier Castaño. Ni aquella mirada tan honda, tan seria. Ni aquellos labios sin mentiras, sin palabras de más, con silencios que dicen más que todas las enciclopedias del mundo juntas.

Ahora Javier Castaño acaba de anunciarse ante seis Miuras en Nimes. Como un tío que se viste por los pies. Con dos cojones, dicho en cristiano. A las chonis y los fantasmones, después de esta gesta, quizá siga sin interesarles quién es ese torero, ese hombre que este año rubricará desde el vientre de Chus la mejor faena de su vida. Pero a los demás, empresarios y aficionados, habrá que pedirles cuentas si no le dan, por fin, el lugar de privilegio que se ha ganado peleando como un león por sus sueños. Toreando.

Apura, Javier, la copa de la alegría. Y bébete a sorbos, despacito, el jugo de tantos sudores, de tanta amargura que ahora se vuelve dulce contra tu lengua. Porque yo sí; porque nosotros sí te reconocemos, porque sabemos desde hace mucho tu nombre y esperamos contigo ese día de mayo, ese Pentecostés sin fuego, y todos los días de celebración que tengan que venir.

Entonces yo, sin vaso de plata, con la copa del respeto a rebosar, brindaré contigo.

(La foto, preciosa, es del gran Juan Pelegrín, a quien quiero y admiro)

sábado, 14 de enero de 2012

Tú, Julio Robles, siempre permaneces

Cada 14 de enero celebramos la vida, como si nunca hubiese una fecha para la muerte. Como si no hubiese sido invierno y catafalco aquel 14 de enero de rezos hacia adentro, como se reza en las capillas de las plazas, en la antesala de la vida o de la muerte.

Como si no hubiesen sido susurros los que abrasaban las gargantas, lejos de los 'runrún' jubilosos que corren boca a boca en tardes de expectación, en tardes de prodigio. Pero era enero y las palabras no quemaban, aunque abrían heridas en los labios, nombres grabándose a fuego en la lengua. Julio Robles que estás en los cielos.

Era enero. Los tendidos de La Glorieta llenos de nadie y ventisca, del frío recio que modela a su imagen y semejanza a los hombres que hunden sus raíces en esta tierra tan dura siempre, tan generosa a veces, tan mágica en su desnudez de todo. Hombres con piel de roble y corazón de encina, que nunca se esconde, que siempre cobija el paisaje de la dehesa, la sombra sobre el surco, la soledad de la sierra.

Hubo un 14 de enero hace once años en que Julio Robles cerraba sus ojos al mundo para abrirle los brazos a la eternidad. Libre de la silla metálica, ese potro maldito que le ataba a la tierra desde aquel día 13 del año 90 en Béziers, cuando un toro de agosto le volteó la vida a cara o cruz. Y salió cruz, como la cruz de un Nazareno sin vía crucis ni estaciones.

Y ahí, en la arena, se nos moría el torero, que sólo muere en las astas del toro, inmolándose, dándose entero. A Julio Robles lo mató un toro. Que nadie diga lo contrario. Después, se nos revelaba el hombre, sometiendo aquellos días sin médula, aquellas noches sin alma, cuando las piernas no pesaban y resucitaba en cada sueño meciendo a los vientos en su capote templado, la elegancia de las formas, aquellas maneras que daban ganas de persignarse, como cuando mojamos los dedos en agua bendecida y nos postramos ante lo que nos desborda.

Dibujando primores, en pie, alto y enjuto como una figura del Greco, como un junco al pie del agua, que nunca de doblega. Escribiendo tu nombre de verano en la arena. Julio. Asomándote al infinito por verónicas, mostrándonos dónde termina lo que nunca termina.

Y después, domeñando los días mansos, creciendo hasta el infinito, rozando casi el cielo antes de partir aquel enero, todos los eneros, tanta serenidad, tanta lección de vida. ¡Qué orgullo, maestro, haberte compartido!

Hoy Salamanca ponía flores de invierno bajo tus pies de bronce, hojas de laurel en la peana. La memoria del héroe. Pero tú, Julio Robles, siempre permaneces.

Grande, eterno, sometiendo este viento, este frío de enero, este vacío sin nombre.


(Siempre te admiro, torero. Y siempre te echo de menos. Un beso desde la tierra)


(La fotografía, preciosa, es de El Mundo. Salamanca poniendo flores de invierno bajo sus pies de bronce)

sábado, 27 de agosto de 2011

Te llamo y te lo cuento












Verás, Alfonso:

Cuando cambio de teléfono, enfrentarme a la agenda supone un ejercicio de memoria, una especie de repaso a la propia vida. A veces dejas fuera de esa agenda a gente que has querido y no supo estar a la altura. Pero no soy capaz de borrar los números de aquellos a quienes todavía quiero, aunque estéis al otro lado de la vida. Es una manera de decirme, de deciros: estáis aquí.

Te cuento esto porque más de una vez he tenido tentaciones de llamarte, por si fuera mentira aquel 27 de agosto en Salamanca, seis años de por medio, ahora que mi Cái queda tan lejos, ahora que no escucho el Atlántico lamiendo la tierra; ahora que ya no tengo aquel ordenador cuyo teclado empapé literalmente, y ya no sé si fueron lágrimas o agua del mar. Por si lo mismo, con un click, borro, desmemorizo aquello, como si no hubiera sucedido.

Y no te llamo no siendo que me mandes a tomar por culo por no hacerlo antes. O porque me da pavor enfrentarme al silencio, a un número que no exista, un pitido, un contestador o a otra voz que no sea tu voz, irrepetible entre todas las voces.

Esto sigue manga por hombro. Lo podrido, podrido está, cada vez más, y poco se aprende desde que el maestro Vidal y tú abandonáseis la cátedra de tinta y papel; de polémica y poesía, de cántico y castigo, sin herederos que supiesen cargar la pluma de corazón, cojones y conocimiento, aliñados en una prosa prodigiosa, para cantar las verdades del barquero. Pegapases o juntaletras, lo mismo da.

El caso es que nos quedamos muy solos en ese viaje a los toros del sol en el que te intentamos seguir los pasos, muy por detrás, si nadie conoce como tú aquellos trazados, ese mapa de la piel del toro que llevabas grabado en la palma de la mano, como si ahí estuviese tatuada toda la historia del toreo. Tanto cabía, fijo.

Y ahora, seis años después, me quedo con las ganas de llamarte y decirte que Morante canta por bulería cuando se abre de capote; que me hubiese gustado leerte incendiario, incendiando, en un puñao de temas que te habrían puesto a hervir los dedos sobre las teclas de la vieja máquina, aunque lo mismo ya estarías reciclado para el mundo, echando sal y otras especies a esto de internet.

Fuiste, has sido, eres un grande. El más grande, el más sabio. El más irreverente, el más iconoclasta. Y como no me decido a llamarte, te escribo esto. Para celebrar tu vida desde aquel abril luminoso en que asomaste al mundo y lo pusiste patas arriba como un huracán con viento de Aries, peleón como el vino recio, altivo como la encina que nunca se muere. Y ya eres todo eso: viento que azota y acaricia, vino profano de consagrar y repartir entre todos; encina rugosa en la tierra, para siempre.

Aquí abajo te seguimos queriendo. Lo mismo un día te llamo y te lo cuento, y de paso me mandas a freir puñetas porque ya le has pillado el punto a lo de descansar en paz -buena putada nos hizo la muerte- y queda lejos toda esa guerra que llevabas en la sangre.

Un beso, querido, berrendo en nostalgia, por lo mucho que se te echa de menos, por ese hueco que ya nunca ocupará nadie.

(p.d. la foto la mangué de internet)

sábado, 28 de agosto de 2010

Tu no presencia


Aquel domingo regresaba de los toros de El Puerto, soplaba levante sobre el mar. Rosa, nuestra Rosa, me llamó: acababas de cerrar los ojos, desde tu Salamanca dorada hasta lo inabarcable, más allá de las encinas de El Berrocal, más allá de la linde portuguesa, de las aguas que van a morir al Atlántico, de esa tierra recia y también generosa que te abraza para siempre como un capote de paseo bordado en labranza y sosiego, al fin la paz.

Han pasado cinco años y poco han cambiado las cosas. Y las que han cambiado, te encabronarían de tal forma que no quiero imaginarme el lío que tienes por ahí formado si en el cielo o en el infierno, les ha dado por organizar coloquios de barra libre y noches sin hora, o por dejarte una pluma, tu pluma de hiel y terciopelo, que sigue hiriendo y acariciando a partes iguales.

Salamanca, ingrata y pusilánime, escondió en el cajón de sus asuntos pendientes un minuto de silencio que se prolonga una eternidad, los días y las noches, desde el campo charro hasta la misma arena de La Glorieta. Ese silencio de tu no presencia, porque Salamanca se quedó muda un veintitantos de agosto, herida en el pecho con un cáncer de ausencia que no se cura, sin el filo de tu navaja, sin la claridad de tu abrazo, sin el veneno de tu verso. Nadie ha llamado por su nombre, desde entonces, los días de septiembre; nadie le ha soplado las orejas a la Mariseca, siempre en lo alto; nadie ha viajado hasta el mismo sol para contarnos cómo son los toros allá, tan arriba, tan encendidos en la luz.

Tu no presencia se convierte entonces en la rotunda presencia, en la certeza de que estás. Cada agosto, cada abril, cada junio, año sobre año, día sobre día. Porque nos faltas tanto que es imposible no verte, no resucitarte cada septiembre y sonreirte, Alfonso Navalón, Grande, muy grande, allá donde estés.

Nosotros, aquí abajo, celebramos tu vida.

domingo, 18 de abril de 2010

Son belleza. Son arte.


La Junta de Castilla y León acordó a finales de marzo la concesión del Premio de las Bellas Artes 2009 a Santiago Martín ‘El Viti’, en reconocimiento a su trayectoria en el mundo del toro. De esta forma, el irrepetible diestro salmantino -que paseó el nombre de su tierra por las plazas de todo el mundo con su toreo hondo, puro y sin concesiones- se convierte en el primer torero de la Comunidad que accede a esta distinción.

Fue la Diputación de Salamanca, con la unanimidad del PP y del PSOE, la que elevó la candidatura de Su Majestad ante el gobierno regional, en reconocimiento a esa ‘encina clavada en La Maestranza’, como lo inmortalizase con sus letras geniales el maestro Navalón.

De esta forma, la Comunidad se suma al reconocimiento que ya en 1997 hiciera el Ministerio de Cultura del Gobierno de España, cuando le fue concedida la Medalla de Oro de las Bellas Artes. De las Bellas Artes; del arte y de la belleza, valores de los que el mundo del toro va sobrado, desde que nace un becerro en el campo hasta que lucha, muere o se gana la vida en la plaza.

Paradójicamente, el arte de Cúchares (me resisto a tildarlo de fiesta, sin más) sigue encuadrado en el epígrafe de Asuntos Taurinos, adscrito al Ministerio del Interior, sin que se de un paso al frente para declararlo bien cultural y universal, aunque los toreros sean condecorados por otro ministerio, el de Cultura, que debería tutelar sin ambigüedades todo lo relacionado con la tauromaquia.

En una época de ataques indiscriminados, de persecución políticamente correcta a todo lo que se encuadre en el orbe taurino; en una época en la que militas o no militas en la religión del toro, choca que las administraciones públicas reconozcan el valor cultural, el gesto de los hombres que se la han jugado en el albero, sin más engaño que sus propias carnes por delante y un trozo de trapo, aunque ninguna institución diga un ‘coño’ claro al respecto.

Quizá deberían plantearse, por coherencia, condecorar a los toreros en la fiesta de los Santos Ángeles Custodios y cambiar el brillo de sus trajes de luces por las doradas botonaduras de los uniformes policiales, hombres que se la juegan en otras plazas y con otros toros más prosaicos.

Quien lo entienda, que me lo explique.