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domingo, 15 de septiembre de 2013

De madera de roble


A Castaño, de tanta sequía, de tanta sombra, la madera se le volvió de roble. Fuerte como un roble. Tanto, que se encerró con seis de Miura y salió tocando el cielo del coliseo romano de Nimes, donde hace siglos los hombres se batían contra los hombres para salvar o para perder la vida, gladiadores contra gladiadores, cara o cruz.

Fuerte como un roble. Fuerte hasta el punto de medirse con los más fuertes tarde tras tarde. Los hierros más duros, los nombres de la leyenda, esos que algunos pronuncian con miedo, esos que otros no quieren ni ver. Fuerte. Fuerte hasta el punto de hacer de su cuerpo un mapa de cornadas y contusiones y volver a ponerse en pie para seguir sumando tardes sin volver la cara, sin dejar en blanco tardes marcadas en seda y oro en su calendario. Ni un paso atrás. Por los días de sequía y de sombra. Por aquellos días que le volvieron la madera de roble, sin  enmendarse, vertical.

Fuerte como un roble y generoso como los árboles que dan fruta sin importarle quién quiera calmar su hambre a mordiscos. Generoso con la estirpe del toro, luciendo su galope cuando va al caballo, recuperando lo que siempre fue la suerte de varas, allá donde se medía sin simulacros la bravura, el empuje, los riñones apretados, las ganas de más pelea cuanta más pelea encuentra, creciendo cuanto más crece el castigo. Generoso donde los demás son cicateros. Cuadrilla de oro de hombres de plata, plata de ley, a ley, las plazas en pie, la ovación a los que siempre quedan en la trastienda.

A Castaño de tanta sequía, de tanta sombra, la madera se le volvió de roble. De una sola pieza, inquebrantable. Entero, íntegro, masticando despacito los días de triunfo después de apretar los dientes contra el polvo sin morderlo y crecer, madurar en el silencio, en los días de olvido y soledades, que son necesarios para conocer después la alegría y la gloria, para separar el grano de la paja, los palmeros de los amigos, los que siempre estuvieron de los que se suben al carro de los caballos ganadores.


Castaño se hizo fuerte como un roble. Y se mide con los más fuertes, con toreros que tienen madera de torero, madera fuerte de roble que no se astilla entre las astas de los más fieros. Y si se astilla, se recompone. Y sigue creciendo, sin sombra y sin sequía, de poder a poder, con los pies clavados en la tierra, que es donde hunden las zapatillas los hombres cabales, los que de cuando en cuando rozan lo alto y saben de su valor porque también han apretado los puños llenos de arena. Como un roble de raíces profundas que roza con sus hojas altivas la frágil línea donde comienza el cielo.


(Artículo publicado hoy en la revista Lances, que se entrega en La Glorieta. La foto es de la mirada mágica de Juan Pelegrín)

lunes, 6 de agosto de 2012

Bienvenida, pequeña Sabela


Esta madrugada, mientras Salamanca dormía, llegaba al mundo Sabela predicando la vida, rompiendo con su primer aliento la gravidez de la luna de agosto, la calma silente del Tormes frente a la ciudad dorada; llamando con sus minúsculos nudillos a la puerta de la alegría en casa de Javier y de Chus.

La esperábamos con el corazón abierto, la cuna en los brazos. La esperábamos como un pequeño milagro, como una sonrisa de Dios sobre todas las cosas. La esperábamos como una promesa desde lo hondo de la tierra, desde el vientre de su madre. Bendito sea el fruto.

Está cumplido. Sabela ya está entre nosotros, carne y ternura, presencia, caricia.

Nosotros algún día te contaremos quién es tu padre, ese torero que hoy viste orgullo y oro, amor y oro siempre, para que sigas la huella, la dignidad de sus pasos en el albero de la vida -el más difícil- bajo la sombra protectora de Chus, tu madre, que siempre está ahí aunque nunca se muestre, con la ciencia de quien sabe esperar; con la confianza que da la fe sin quebranto en el otro; con la magia de quien cura con los ojos y consuela desde el silencio, tan cerca, siempre al lado. Qué suerte tienes, Sabela, de nacer bajo la urdimbre de su sábana, sangre de su sangre, don de la vida, novia para siempre del verano.

Bienvenida al mundo, pequeña Sabela. Alegría, esperanza nuestra; pequeña ventana con vistas al futuro, milagro del amor en este agosto que ya canta tu nombre.

Bienvenida.



jueves, 31 de mayo de 2012

Guardiana de los días y de las noches

(Para Chus, que sostiene los sueños de Javier Castaño)

Vive con un héroe. Un héroe que conoció en los inicios las mieles del éxito y descendió por los peldaños del olvido aunque continuó con la rutina del día a día, entrenando, preparándose como una figura que sale de firmar noventa contratos para la temporada. Conoce sus trazados como la misma palma de su mano, la geografía de las cicatrices y esas otras heridas que no se ven pero se curan con las tiritas de su mirada, con la ternura del beso.

Conoce la trastienda del toreo, el sudor, esa llamada que nunca llegaba, esas tardes soñadas que al final quedaban en el imaginario, esa impotencia de querer estar y no poder. Ese maldito silencio de los despachos. Y el silencio de la casa mientras Javier devoraba kilómetros, aquí y allá, para tentar en el campo, para no perder la forma ni la musculatura como si mañana mismo fuera a medirse con la fiera. Para no perder la esperanza.

Conoce esa otra soledad, la del hombre. La del torero en sus cuatro paredes, sólo piel, sólo hueso, sólo corazón, sin seda ni oro que lo ampare. Tanto esfuerzo. Tanto. Y las noches en blanco, y los nervios contenidos antes de cada compromiso; el peso de la responsabilidad, y la impotencia de las temporadas a cuentagotas sabiendo que ahí hay torero para rato.

Hoy todo el mundo habla de la gesta de Javier Castaño. De su vergüenza torera. De sus cojones, de sus ganas intactas, de las ilusiones renovadas, de su resurrección milagrosa del mundo de los olvidos. De su trono francés por la Puerta de los Cónsules. De su inmensa generosidad luciendo a los toros en el tercio de varas. De su valor seco, de su madurez, de su serenidad. De esa cuadrilla que es también el reflejo de lo bien hecho, de la sabiduría que se cuece despacio, a fuego lento, en la trastienda del toreo.

Pero nadie habla de ellas. De tantas anónimas sin focos ni papel couché. De ellas, que también sostienen el mundo por sus cimientos. Que siempre están, que siempre esperan. Que siempre abren los brazos.

Ella conoce sus luces y sus sombras, le acompaña sin quebrarse en el viaje de la vida y se acaricia el vientre donde mañana germinará otra vida que conocerá el momento más dulce de su padre, el reconocimiento a tanto trabajo, a tanto empeño, a tantas ganas de ser, a tanta fe en si mismo cuando casi todos los demás eran descreídos de su nombre. Y entonces ella era amor, amor solamente. Y generosidad para entender el camino del héroe, y respetarlo, y apoyarlo, y envolverle el alma en la cápsula de su aliento.

Ella es también una heroína, aunque no lo sepa. Porque nunca ha faltado la sonrisa, porque siempre rezó el mismo credo. Se llama Chus. Así, tan cortito. Un mundo de cuatro letras. Tan digna, tan en la sombra. Tan entera siempre. Y su nombre merece estar escrito aquí, al lado de Javier, porque ella también es parte de todo esto. Porque es su corazón el que recibe a las fieras cuando salen por chiqueros; porque es su alegría la que eleva al torero por encima de los hombros de los de a pie. Yo lo veo en la arena y pienso en ella; en su lealtad, en su orgullo intacto, siempre al lado. Porque ella es la guardiana de los días y de las noches. Porque es la encina invencible, la sombra que siempre alivia el descanso del héroe, la almohada limpia donde reposan todos sus sueños.

Gracias, Chus, por tu presencia cada día, cada tarde. Siempre. Antes y ahora. Porque tú eres todas las mujeres que lavan con sus ojos la trastienda del toreo. Porque tú eres todas las que sostienen la fragilidad del hombre cuando se cierran las puertas y cuelgan las ropas de héroe en el armario de lo cotidiano.

Heroínas. Toreras. Mujeres. Invisibles. Grandes.


(La foto, que lo dice todo, que no necesita palabras, está robada del Facebook de Chus)

jueves, 2 de febrero de 2012

Brindaré por tí, Javier Castaño

A Javier Castaño no lo conocen las chonis que tragan al por mayor la casquería del corazón. Ni las que reconocen a Cayetano porque viste de Armani. Ni las que se ponen el waterproof en la pestaña y gastan retina para calibrar la seda que aprieta el culo de los toreros y los persiguen de hotel en hotel por si al día siguiente se lo llevan caliente en las tertulias de porteras, con la lengua larga y la falda corta.

A Javier Castaño no lo conocen los del puro en ristre y el traje de domingo en los días grandes de la feria, comprando al peso barreras de sombra, tanto tienes, tanto vales. Ni los del taurineo de la gomina y las fantasmadas, ni los que tiran de Mercedes antes de pegarle un pase como Dios manda a un toro.

A Javier Castaño lo conocen los aficionados cabales; aquellos que recuerdan aquel chaval que atravesó la puerta grande de Madrid de novillero. Los que sabemos que después de acariciar la misma gloria vino el percance y después el silencio. Y entonces tiró del impagable regalo de su afición, de sus ganas de ser alguien en el mundo del toro y volver a tocar ese pedazo de cielo que le corresponde a quienes salen a hombros hacia la calle de Alcalá; tiró de su tremenda fortaleza para crecerse en la sombra y volver a ascender los peldaños que conducen al sitio de honor en el toreo.

Todo esto lo ha hecho Javier en silencio, como se hacen las cosas que uno lleva tan dentro que decirlas en voz alta casi duele. Javier se ha reivindicado en la arena, sin volver la cara, tragando con toros duros y con el más duro trago, el más amargo: el de verse relegado en los despachos para conseguir contratos a dentelladas. Sabiéndose tan torero. Sin desfallecer, sin dejar esa rutina diaria que es casi como un mantra para los toreros que no son gedié, ni negocian derechos de imagen, ni son carne del marujeo patrio, ni figurines de Armani. Reinventándose un día y otro día, desgastando suela, sudando chándals, ejercitándose en el tesón, la voluntad, la fe en uno mismo cuando los demás adoran a otros dioses y dejan de quemar incienso a tus pies.

Probablemente él no se acuerda del día que nos presentaron, pero yo lo estoy viendo como si fuese aquel mismo día. Un día de esos en que el invierno se ceba al pie de las encinas; hacía un frío castigador en el campo charro y llegaba aterido, casi encogido, a que le volviesen todos los huesos del cuerpo a su sitio después de tentar. Era un novillero aún nuevo, pero nunca se me olvidó su nombre, el que no conocen los esnob, ni los aficionados de pacotilla, ni las marías del periodismo rosa. Nunca se me olvidó su nombre, Javier Castaño. Ni aquella mirada tan honda, tan seria. Ni aquellos labios sin mentiras, sin palabras de más, con silencios que dicen más que todas las enciclopedias del mundo juntas.

Ahora Javier Castaño acaba de anunciarse ante seis Miuras en Nimes. Como un tío que se viste por los pies. Con dos cojones, dicho en cristiano. A las chonis y los fantasmones, después de esta gesta, quizá siga sin interesarles quién es ese torero, ese hombre que este año rubricará desde el vientre de Chus la mejor faena de su vida. Pero a los demás, empresarios y aficionados, habrá que pedirles cuentas si no le dan, por fin, el lugar de privilegio que se ha ganado peleando como un león por sus sueños. Toreando.

Apura, Javier, la copa de la alegría. Y bébete a sorbos, despacito, el jugo de tantos sudores, de tanta amargura que ahora se vuelve dulce contra tu lengua. Porque yo sí; porque nosotros sí te reconocemos, porque sabemos desde hace mucho tu nombre y esperamos contigo ese día de mayo, ese Pentecostés sin fuego, y todos los días de celebración que tengan que venir.

Entonces yo, sin vaso de plata, con la copa del respeto a rebosar, brindaré contigo.

(La foto, preciosa, es del gran Juan Pelegrín, a quien quiero y admiro)