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martes, 14 de abril de 2015

Me lo cuentas, Néstor


Ahora que ya se han apagado los ecos de la encerrona de Madrid. Ahora que el poso del tiempo ha dejado atrás a los histriónicos del 'batacazo', a los derrotistas de lo 'imposible', a los resabiados del 'previsible', a los expertos analistas de cada tarde a toro pasado, cuando ya no queda en pie ni el apuntador.

Ahora que los ojos y el corazón vuelan a una Sevilla de carteles a medio gas y ausencias imperdonables. Ahora es cuando de repente escribo tu nombre, Néstor, el nombre de un apoderado que para bien o para mal se bate el cobre por su torero, como si fueran una sola cosa. Así, porque sí, porque de cuando en vez regreso del exilioy me da por sentarme y abrir este blog medio muerto que resucito cada no sé cuántos meses.

Porque nada te debo ni me debes. Y si algo bueno tiene el exilio es que escribes cuando te da la gana, sin imposiciones, ni cabeceras, ni titulares, ni público fiel. En la soledad de esta salón de casa donde me da la impresión de escribir para mí misma. Sin necesidad de actualidad, sin las prisas de ser el primero, sin las servidumbres que imponen los que pagan, los que mandan, los que mangonean, tú te quedas tú te vas.

Un día te dije que los mismos que un día te encumbran al día siguiente te saltan a la yugular. En el toreo y en la vida, porque el toro no deja de ser una porción del inmenso ruedo del mundo. A ti, a tu torero, a todo lo que se les ponga a tiro. Leña al mono. Y ahora que se han apagado los ecos de la encerrona de Madrid yo sigo pensando que fue histórico y más que positivo que un torero pusiese a reventar los tendidos de Las Ventas en una tarde de marzo fuera de abono. 

Que la apuesta era dura, muy dura y que si salía cruz iba a ser mucha cruz y os iban a dar hasta en el carné, igual que si saliese cara iba a haber legión de palmeros fandiñistas de toda la vida. Líbreme Dios de los unos y de los otros. Y salió cruz, o al menos Iván pasó una cruz en el ruedo viendo cómo se iba la tarde, y la apuesta, y los sueños, que toro a toro iban pesando como una losa, como una lápida en caída libre sobre tantas ilusiones, tantas noches en vela, tanto amor propio. Quizá no acertó ni vistiéndose ceniza cenizo, plomo plomo.

La apuesta era dura y se llenaron los tendidos. Madrid estaba como una novia asomada a la ventana dispuesta para la serenata. Quizá se llenaron de los que piensan que los que tienen sangre de Domecq son bobas que no cornean, de los que desprecian a los toreros que eligen sus ganaderías y quieren salir del circuito de las duras. Quizá la gesta ni fue gesta. Pero sí fue un gesto. Un gesto inmenso, una apuesta en sí misma por el toro y por el futuro.

Han pasado los días. He roto el exilio y la promesa de no leer, de no escribir, de no querer saber más; porque al final siempre regresas, y lees, y escribes y quieres saber más. He leído los bocados al cuello, las críticas cómodas desde la barrera, cuando sólo te juegas unos euros al mes o la tinta de una pluma, no los muslos, las carnes y el corazón. He leído también el honor y el coraje de un torero asumiendo una tarde negra y mirando al futuro. Mañana será otro día.

Y me he acordado de ti, Néstor, porque también era tu apuesta. Y no saliste perdedor si la apuesta era confiar en el torero. Aunque sobrepasado en la tarde de los Ramos que devino en la tarde de la cruz, yo sigo esperando al León, al torero, y agradezco el gesto histórico de ilusionar a una plaza y poner la tarde reventona aunque las ilusiones se diluyeran en el aire. Pero Madrid respiró un aire nuevo de tiempos pretéritos, cuando no daba vergüenza ser, declararse taurino y abarrotar las plazas.

No hubo malos ni buenos. Una tarde de toros siempre es eso: lo que vendrá, lo que no se puede prever ni adivinar. Esa es también la magia que nos atrapa. No justifico los mordiscos a la yugular en las horas bajas. Un día te dije que los mismos que te encumbran son los que luego te pisan la cabeza sin que les tiemble el pulso y después, en las tardes de triunfo, te salen de palmeros por bulería, que jamás tendrá la profundidad de la soleá. La soleá queda para los amigos, para los que te quieren, para los de la trastienda, que no se ven pero son y están.

La apuesta era dura, quizá previsiblemente dura. Y salió cruz, quizá previsiblemente cruz aunque todos hubiésemos firmado cara. Pero me quedo con la cara impagable, preciosa, de una plaza de Madrid llena e ilusionada. Y si hubo un mentor, Néstor, si tuya fue la apuesta y la confianza en el torero, sólo queda asomarse al futuro y seguir apostando.

El día que salga cara me lo cuentas. No hará falta. Un coro de aduladores y oportunistas escribirá en letras grandes que siempre creyeron en ti, en él, en vosotros. Abrasarán los teléfonos, resonarán como un tablao en noches de farra los abrazos en la espalda. Plas, plas, plas, plas. Cojonudo Fandiño. Siempre lo dije.

No olvides que también eso es la cruz de cuando sale cara. Nos vemos en las plazas.O no nos vemos, si es que ando buceando por el exilio y el silencio. Sin palmas ni palmadas en la espalda.

Simplemente estoy.


(La foto, maravillosa, es de Anya Bartels-Suerdmont, mangada, sin pedir permiso, pero con todas las bendiciones de su generosidad rubia y su mirada mágica).

martes, 10 de marzo de 2015

Fandiño dijo: "Sea"


Andaba Madrid como una novia olvidadiza y chaquetera con Iván Fandiño. Como una novia revirada, una novia eternamente insatisfecha que quiere querer y no termina de querer; que como te quiero, te jodes. De esas novias que te da un beso pero no se entrega del todo por si le robas el corazón y rompes su coraza, la fortaleza inexpugnable de cada mayo, el balcón del deseo por el que trepar cada día como si fuera el primer paseíllo.

Una novia de esas que cuanto más le das más te pide, una de cal y dos de arena, queriendo como sin querer, sin terminar de consumar un noviazgo que fue un flechazo con un tío que vino a jugársela a cara de perro sin más credenciales que sus santos cojones, sus ganas de ser torero y su ambición. Un león; León Fandiño, que se la comió a besos sin palabras, con sabor a sangre, ni un paso atrás, apostado en su puerta, alimentando sus sueños.

Andaba Madrid medio enamorisqueada pero Madrid es una novia caprichosa que cuando quiere siempre se guarda algo en la costura de la falda; que con las mismas manos que acaricia, golpea y castiga; que lo mismo te eleva a su cielo azul y rotundo como te desciende a la tierra con el derecho que le otorga la vanidad de su propia hermosura, su belleza descarada, su ombligo redondo en el centro de los mapas del planeta Toro.

Fandiño, aquel tío que se batió en duelo contra el mundo cuando nadie sabía cómo se llamaba y la conquistó con su porte arrogante, con sus ganas de comerse la gloria a bocados, sabía que ese noviazgo le iba a pasar factura como todo lo que se desea y no está al alcance de cualquiera. Dicen que ha espantado el invierno con la liturgia de soledades del campo, con el rosario de triunfos al otro lado de los mares descontando el día del abrazo, el cortejo que se repite una y otra vez cuando uno se asoma a su ventana redonda.

Que Madrid tanto da y tanto quita, deshojando una margarita cada tarde. Que el peso del oro y de la seda no es el mismo cuando estás abajo partiéndote la cara en el barro, jugándote los muslos para escribir un nombre, tu nombre -Iván, León- en la memoria colectiva, que cuando ese nombre ya aprendido, ya deletreado y mascado en el capote y la muleta pesa sobre las hombreras como plomo de siglos y abre la puerta a otros carteles, otras tardes. Madrid olvidadiza de quien nunca volvió la cara para bailar con la más fea, las más duras, antes de perfumar sus pies de albero con las rosas de su carne herida.

Madrid entregada es la misma Madrid desdeñosa, como una novia que se cansa de lo cotidiano y exige la sorpresa para que la pasión continúe, para que el estómago le de vueltas de amor como una centrigufadora, para entregarse entera aunque nunca sabes si al día siguiente se hará la remolona y te tocará dormir contra la mesilla. También esa es su magia, la de una princesa de ladrillo rojo en su trono.

Pero Iván quiso. La quiso desde el primer día porque es imposible no quererla en pie frente a todo y frente a todos. La quiso con el traje hecho jirones, las carnes abiertas y la ambición escapando por los poros, denim y oro sobre la seda, la enfermería o un beso épico de sus labios altivos. Iván quiere. Iván la quiere. Iván dijo "sea".

"Sea".Y será el 29 de marzo cuando Madrid se convierta de nuevo en una novia esperándole con los brazos abiertos, la sonrisa ancha y el pelo mojado de primavera, cuando seis ganaderías de leyenda sean el tributo y la sábana, el precio de recuperar los besos contra el aire, los besos en el precipicio, la emoción y el respeto ganados a pulso a fuerza de rondar contra la muerte por sus balcones.

Sea.


(La maravillosa foto es de la maravillosa Anya Bartels-Suermondt, mangada sin permiso y con alevosía pero desde la admiración profunda que le profeso. Perdóname, rubia. Agua bendita. No he podido resistirme)

domingo, 22 de septiembre de 2013

Les envidio


Les envidio. Se sientan a tu lado, compartiendo apreturas, y en seis toros te cuentan su vida. Te invitan a una pinta de vino y al chorizo de la última matanza. Te cuentan que les gusta desde niños, que sus padres los llevaban a los encierros, que echaron los dientes junto a la tapia; que en la fiesta grande no pueden faltar los toros. Que Juli puede con todos. Que Perera anda que se sale. Que vaya huevos le echa el pirata Padilla. Que a Talavante le ha dado por cantarle a los toros y forma el lío. Que a Fandiño los cojones le hacen surcos en la arena. Que Morante doblega a los vientos y es de otro planeta. Que les jode no ver a José Tomás. Que el pequeño de sus chavales quiso ser torero pero no tenían cuartos y se quedó en el campo cosechando.

Y aunque cuando ven que tomas nota piensan que sabes más que ellos, les envidio porque ellos ven los toros de una manera transparente en este tinglado indecente en que los estamos convirtiendo.

No tienen internet, ni Facebook, ni twitter. No conocen los blogs, ni las web, ni compran revistas de toros. No nos leen. Ven el Plus en el bar, el solysombra en la copa, y cuando llega la feria tiran de billete y vienen a la capital a chupar calor al tendido, puro en ristre. Ni toristas, ni toreristas. Les gustan los toros, sin más. Aman la fiesta; no son salvadores de nada.

No conocen las miserias de los despachos, la basura de la trastienda, los vetos, las putadas, los pulsos. Les gusta la grandeza de una tarde de toros, la seda y el oro, el rito, el runrún en el aire, la emoción, el sonido de los clarines, el secreto de la puerta de toriles, la verdad de los que se ponen delante y se pasan los pitones por los muslos y por el vientre.

No saben de la usura de las cifras, tanto pa tí tanto pa mí, como aquellos que se jugaron a los dados la túnica de Jesucristo. No conocen los entresijos envenenados de la fiesta. Esta fiesta que torea de espaldas a ellos. Ni falta que les hace. Se la traen al pairo en un país donde todo dios está en la calle y no llegan a fin de mes; donde cobran una pensión de mierda que les da para un descuento en los abonos. Si supieran más, les parecería obsceno hablar de cifras que ellos no han juntado en toda su vida. Paganinis.

No saben del fango que ensucia esta pasión que les cala hasta los tuétanos; de las vendettas, filias y fobias, conmigo o contra mí. Y leña al mono al que se mueva, al que vaya de por libre. No saben de estómagos agradecidos, ni de cabronadas legales en letra pequeña, ni de pliegos, ni de esas cosas que deberían quedar de puertas adentro y salen catapultadas en una competición frenética de ego, a ver quién dispara primero en público.

Estarán ahora de partida; el solysombra en la copa, el tapete verde, las fotos de mil toreros en las paredes. Mus. Lo mismo andan viendo al Molés, sí hombre, el del bigote. O se han venido a Salamanca en el día del patrón.

Llegarán, se sentarán a tu lado. Lo mismo no saben ni quién torea, si va de caballos o a pie. Pero les gusta, sea el que sea y así honran a los que hicieron eterno el toreo. Lo llevan dentro, desde niños, si se criaron en los teleclubs que consagraban toreros en blanco y negro y baile vermouth después de misa.

Compartirán apreturas; te invitarán a la pinta de vino y el chorizo. Vivirán con emociones encontradas sus toros, comentarán los lances, los quiebros y las banderillas con la sabiduría sin carné que da la intuición y seguirán sustentando la afición a su manera, lejos de esta vorágine que salpica al toro desde dentro y lo mata sin necesidad de antis. Y vivirán más tardes así, con esa chica rubia que les tocó al lado con una libreta o aquel periodista que escribía con el móvil entre toro y toro. Gente que debe saber la hostia de esto. Gente leída.

Ellos nunca lo sabrán. Pero yo les escucho y aprendo y me emociono. Les envidio.

Felices ellos, el último reducto de pureza que nos queda.



(El cuadro es de Jesús Villar. Último artículo de la Feria de la Virgen de la Vega publicado ayer en la revista Lances de La Glorieta, que es un recordatorio de otro escrito bajo este mismo epígrafe inspirado en cualquier día de toros y de fiesta. Esta fiesta que torea de espaldas a ellos...)

viernes, 13 de septiembre de 2013

A su bola



A su albedrío. Me encantan las plantas y los árboles que crecen a su bola, que echan raíces donde quieren, sin pedir permiso, sin nadie que los riegue, ni los domestique ni los doblegue, porque cuando despuntan en flor o dan fruto desafían con su vida a la misma vida, se imponen sobre lo que no prospera en terreno hostil, sobreviven en territorio comanche.

A su bola. Como todo lo que se salva de la criba de los jardineros sin alma que programan la primavera y el verano y el otoño a su antojo; que podan de un tijeretazo el futuro y las oportunidades sin que les tiemble el pulso; que deciden hasta dónde puede alcanzar altura la naturaleza, ponerle cotas a lo que no tiene techo, echarle el cerrojo al aire, que nunca se sabe dónde termina.

Iván Fandiño se hizo torero porque nació torero. Es torero como una planta sin dueño y sin tierra; como un árbol que crece a su bola, al margen de padrinos y trapicheos entre despachos, intercambios de cromos, trueques y contrabando de nombres. Capitán de sí mismo, como esas plantas tercas que cuando despuntan en flor o dan fruto desafían con su vida a la misma vida. Y crecen. Y se imponen. Se impone cada tarde como un árbol altivo, un árbol con madera de figura, sembrando de triunfos la tierra yerma de la incertidumbre, el camino de espinas que dista entre el anonimato y un pedazo de gloria arrancado a mordiscos, ofreciéndose en la arena como una hostia consagrada, sin reservarse un centímetro cuadrado de piel, una pizca de alma. A su albedrío. Todo o nada. Sí o sí.

Insolente frente a la herida, pactando a cara o cruz esos terrenos donde siempre se mancha la seda, donde es casi imposible salir ileso del navajazo que no por presentido no se hace cierto sobre las carnes y las rasga como papel de fumar. A su albedrío, dueño de su hambre y de sus dolores. Dueño de su ambición y de sus sueños.

Me encantan los que sobreviven a golpes de intuición y de ganas, de corazón y de dignidad, ni contigo ni contra ti. Sin más sombra que le cobije que las verdades recitadas al oído de quienes se hicieron fuertes con ellos, siempre solos pero siempre cerca, palpando la tierra, masticando la amargura antes de rozar el cielo en las tardes en que la gloria se puso de su parte. Hombres que no se anuncian pero siempre están. Néstor. A su bola. Hombres que también apostaron por ese pedazo de tierra sin dueño donde crecer sin cortapisas, agua para la sed, abono del alma en tardes de miedo y de soledades.


Esas son sus credenciales, el peaje de quien va de por libre y se hace grande. Bienvenido sea aquel capaz de crecer a su bola, sembrando respeto sin doblegar la espalda.ç


(Artículo publicado hoy en la revista Lances de La Glorieta. Desconozco de quién es la foto, maravillosa. Si alguien lo sabe que lo indique, para firmarla con el nombre de su autor, un artista tras la cámara)

viernes, 30 de agosto de 2013

León Fandiño


Lo bautizaron Iván, pero podía haber sido León si ya corría por sus venas el instinto felino de quien sobrevive en los medios más adversos, en los más duros. Corazón de león, ambición de león, majestad de león en la jungla del toreo, esa donde los bocados erosionan el alma y las ganas de tantos como se quedan en el camino.Tan difícil, tan hijoputa, con tanta hiena por las esquinas.

León Fandiño aprendió a sobrevivir en la jungla de las plazas modestas y los despachos podridos, en las tardes de toros mastodónticos y gloria escasa, en la soledad de las habitaciones antes de que el éxito las llene de palmeros y lameculos. En su cabeza, el sueño. Ser torero. Ser torero de los de arriba. Ser Iván Fandiño. El de Orduña.

Ser león en los carteles, en la jungla de cientos de nombres que aspiran a un hueco con letra grande, a un bocado del pastel de la gloria. Y al oído la voz amiga de Néstor, esa voz sin más dueño que su amo, ese brazo donde apoyarse en el descanso del guerrero, en el silencio de las noches sin luna, de las puertas cerradas, de los dientes apretados, la rabia, la impotencia.

Sobrevivió y se hizo león al márgen de los intercambios de cromos y de los padrinos de la cosa nostra sin volver la cara ante los hierros más duros, esos que otros no quieren ni pronunciar. Un triunfo, un pasito. Y otro. Y otro. Y otra tarde. Y otra, y otra más. Y sangre, y fuego y sudor. Y la sábana horizontal de los hospitales, y la chaquetilla de seda esperando en la silla, el teléfono siempre abierto y el corazón desbocado por volver a la pelea. Por ser león en el planeta de los toros.

Nació león aunque lo bautizaron Iván. Un león capaz de encajarse entre los pitones de los bravos como quien sabe que ahí, en ese espacio de apenas unos centímetros de anchura, conviven la vida y la muerte, la luz y la sombra, el éxito y el fracaso. Ser león o no ser nada. Un león de poder a poder con el rey de la dehesa, ése que de un pitonazo te pasaporta al hule o a la gloria. El peaje que pagan los héroes.

Me emociona por eso cada triunfo de Fandiño, cada zarpazo sobre las mesas de los despachos, cada tarde ganada a mordiscos con poderío, ganas, valor, ambición y corazón. Lejos del sistema, más allá de la jungla que devora sin piedad a los que no nacieron leones en la selva, que sólo perdona a los más fuertes.

Gracias, León Fandiño, por tu honestidad. Gracias por ser, por sentirte, por saberte torero. Gracias por honrar cada tarde la seda que te acaricia la piel.

Gracias por no olvidar en cada paseíllo el silencio de las noches sin luna, las puertas cerradas, los dientes apretados, la rabia, la impotencia, ahora que tienes la llave de la vida en tus manos.


(La foto es de Juan Pelegrín, que me explica que el original está invertido)

miércoles, 22 de mayo de 2013

Un imbécil le gritó a un torero

(Dios te guarde, IVÁN FANDIÑO)



Escribo esto en caliente. Caliente como la sangre de Iván Fandiño, que ahora mismo está en la enfermería de Las Ventas, pagando el tributo de ser, de sentirse, de saberse torero. Caliente como ese tabacazo que le ha pegado un bravo toro de Parladé cuando entraba a matar como se tiran a matar los toreros, sin trampa ni cartón, ofreciendo la propia vida, las carnes, el alma.

Iván Fandiño en torero. Torero. Torerazo. Firme, valiente, con los pies asentados, con el alma en las manos. Calentando los tendidos y las almas en este San Isidro tan frío y tan desalmado. Torero. Torerazo.

Escribo esto en caliente, mientras los cirujanos andan recomponiendo a Iván Fandiño por dentro, después de sostener en su muleta miles de almas, miles de gargantas. Firme, valiente, importante. Azul marino y oro. Torero.

Un imbécil andaba suelto por los tendidos. "Este toro se va sin torear", le gritó el imbécil al torero. Imbécil con 'eme' antes de 'be'. Imbécil de esos de masticar la 'eme' para que sea más rotunda la cosa. Un imbécil de esos imbéciles que se piensan que en el precio de la entrada va incluido el derecho de insultar a un torero.Un imbécil que no supo siquiera respetar esa liturgia, ese silencio, esa emoción, esa tensión que precede el momento en el que el torero se cuadra frente al toro con la espada en la mano y se la juega a cara o cruz. Y después, que sea lo que Dios quiera.

Ya está bien de tanto imbécil suelto. Ya está bien de ir a la contra, de tanto catedrático con el culo pegado al cemento. Ahí no cogen los toros. Los toros cogen abajo; los toros le cogen al que se pone delante. 

Ya está bien de faltarle al respeto a los que se están jugando la vida, hayan estado mejor o peor; bien, regular o rematadamente mal. Los imbéciles desconocen que el juego del toro tiene sus reglas, tiene sus tiempos, tiene los momentos en los que protestar, pitar, opinar, llevar al olvido o a la gloria. Por eso es tan grande, tan democrático. Por eso todos opinamos.

Un imbécil andaba suelto por los tendidos. Tan imbécil que su grito de imbécil fue el preámbulo de la cornada, mientras Fandiño se la jugaba muriendo matando, matando muriendo si hacía falta.

Escribo en caliente mientras un torero sigue en la enfermería porque un toro le ha atravesado el muslo. Hoy el blog está para poca poesía. Escribo en caliente mientras a Iván Fandiño le taponan el boquete por donde en cada minuto, en cada instante de su vida, puede escapársele la misma vida.

Salud, Iván. Salud, torero. Que el dios de los toreros te guarde.


(Como en este blog no tienen cabida las fotos de las cornadas, de nuevo recurro a una maravillosa foto de Juan Pelegrín. Iván Fandiño en luz. Como esta tarde. Tan torero.)

lunes, 3 de octubre de 2011

Iván Fandiño, denim y oro


Hé aquí un torero. Matando, casi muriendo. Desangrándose sin herida. Esperanza y oro. Azul índigo y oro, azul denim.

Iván Fandiño. Así, tan torero, a merced del pitón que apunta al bolsillo del vaquero. Ese bolsillo donde los demás guardamos las llaves para volver a casa o la calderilla de comprar el pan. Ese bolsillo donde este hombre, esperanza y oro, guardaba la vida y los sueños, la cara y la cruz de una moneda ya lanzada en el aire. Y salió cara. Y salió vida. Y triunfó la vida.

Me fascinaba la seda verde de Iván Fandiño. Verde y oro, como el manto de terciopelo y estrellas que cubre toda la Esperanza del mundo cuando aquí, en la tierra mía, la sacamos en los días de Pasión, venciendo, consolando el luto. Verde y oro, nada y oro en el capricho de las puntas, en la aguja sin miramientos del pitón.

Verde y oro, sangre y oro, en el filo de las astas, a una milésima parte del mundo, punteando la carne, buscando, rasgando, hiriendo. Así la muerte que llevaba el de Gavira, tan en puntas, tan afilada, tan certera.Tan con el peligro en la testuz, en el último aliento, en el último mugido, como las siete palabras de un Cristo cinqueño, la cruz en el albero, el primer cielo de octubre rasgándose la camisa. Hembra, ahí tienes a tu hijo. Hé aquí un torero.

Puristas habrá que digan que esto no es el traje de un torero. Que así no sale un torero después de guardarse la vida. Que de siempre existieron los remiendos en el callejón, puntadas y tafetanes, cosidos apresurados, oro reconstruyéndose sobre el oro, carne que cierra la carne. Que no es ortodoxo, que no es católico, que no es profano, que no es. Que no.

Pero yo he visto a un torero haciendo a su medida el hábito, transformando el índigo en esperanza, el denim en oro que no pesa. Sin concesiones a la estética por su ética. Bordando filigranas invisibles sobre el instante, en el centímetro redentor. Veo a un torero, esperanza y oro, índigo y oro. Veo a un torero, sobrevolando la muerte, creciendo en el aire, echando raíces sobre la espada, este vértigo de ser o dejar de ser. Sorteando sin tierra el navajazo directo al bolsillo donde guarda la vida, la llave de todo su tiempo. Torero en la seda, torero denim y oro, denim y milagro. Torero desde las entrañas, torero de pies a cabeza.

Y el que le eche cojones, que diga que Iván Fandiño no salió vestido de torero a la arena de Las Ventas.


(La imagen es de burladero.com)

domingo, 2 de octubre de 2011

Dos de dos, el milagro


Por ir a la contra, contra lo que estaba cantando, contra lo que estaba escrito, quise tener fe en los de Gavira. Porque el día que murió Antonio Gavira escuché llorar al campo gaditano, lo juro. A lo peor entonces se murió uno de los últimos soñadores del toro y se murió también la casta en sus cercados.

No estaba en la plaza, pero a mi manera hice un acto de fe, como quien reza mil padrenuestros juntos cada vez que se abría la puerta de chiqueros. Dános hoy el pan, quítanos esta sed. Y aunque la fe mueve montañas, no fue capaz de mover toros de cinco años y quinientos y pico kilos. Armazones sin alma. Orientados. La fe, que mueve montañas, no cambió el signo de la tarde, tan predestinada.

Pero sí hubo milagro con la fe a contracorriente. Ayer creí más que nunca en el dogma del toreo, o me matas o te mato, o me llevas por delante o te someto. Vergüenza torera, orgullo y poso. Ahora y siempre.

Dos toreros vestidos de verde; como una primavera en octubre, como los mantos de las Vírgenes que apuntan a la esperanza. Ayer creí en la emoción, en la verdad descarnada de los que no llevan la G mayúscula por delante pero son toreros en mayúscula y dignifican y hacen grande el toreo. Ayer los ví crecer sobre sí mismos, sobre la tragedia, sobre el sacrificio de la vida propia. Dos de dos, el milagro. Toreros que se ofrecieron desnudos, sin guardarse nada, a una plaza que fue enamorándose, como el amor en los tiempos del cólera, como la libertad sin ira.

A tantos pitones, aquí mi carne. Aquí el pecho, y los riñones, y el vientre y la nuca. Aquí la seda, a dentelladas. Aquí mi sangre. Aquí la boca, mascando orgullo, mascando arena, mascando los nombres. Aquí los pies, clavados, como los de Cristo en la Cruz antes de subir a la gloria. Aquí mi gravidez, por los aires, tan sin peso, tan leve. La moneda en el aire, la pata p'alante; aquí mis muslos. Aquí mis huesos, tan en la incertidumbre, tan al filo. Aquí mi muñeca, mi capote, mi muleta, mi vida. Aquí la espada, ojo por ojo, o tú o yo. Aquí la verdad. Aquí la fe perdida. Aquí uno, dos toreros. Dos milagros.

No estaba en la plaza. Pero de haber estado, habría ofrecido gustosa mi hombro para sacarlos en volandas del templo redondo. Quizá lo soñé, pero yo los vi cruzando la puerta grande, abierta por su mano. Aunque saliesen a pie. Dos toreros. Fandiño y Mora, milagros en la tarde de la fe a contracorriente.

(La foto es de Muriel Feiner, de burladero.com)