Mostrando entradas con la etiqueta Morante. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Morante. Mostrar todas las entradas

martes, 12 de abril de 2016

Sentir el toreo


Me cuentan que en Sevilla andan las nubes que si sí que si no pero ya estoy con el corazón en La Maestranza y el mando del Plus en la mesa. Porque hoy torean Morante y Urdiales en Sevilla y eso es causa de fuerza mayor para abandonar el exilio a Marte, de periodista tiesa y sin tribuna, y volver a escribir en este blog mío berrendo en colorao donde no hay presupuesto pero al menos soy mi jefa sin anunciantes, inquisidores ni ponedores para escribir al dictado.

Regreso por el placer de escribir como regreso esta tarde al Plus y a la Maestranza porque torean Morante y Urdiales, dos de los tres que conforman mi cartel perfecto, redondo. La genialidad, la pureza; el arte; el concepto; la belleza, la hondura.

(Foto Arjona)
Hoy torea Morante, ese del que algunos dicen que no hace nada y entonces pienso que ese tío ha dado hace unos días una media que no está al alcance del resto de los mortales; de ninguno. Y entiendo a quien reclama la pasta de su entrada, al que mide los triunfos en orejas y despojos, pero si el toreo es poesía, el toreo es sentimiento, es latido, es un pellizco en las tripas. Es otra cosa que no se cuantifica ni se mide.

Y a mí me interesa más el verso, el ritmo, la belleza imposible y tan efímera de una media, una sola, que se llama excelencia, que cuarenta pases sin alma técnicamente perfectos. Ese duende, ese gracia que no se aprende, que corre por dentro como la sangre. Supongo que ahí reside la invisible frontera de la genialidad, de la inspiración, de la magia. Y me mueve, y me emociona, y me dispara el pulso. Y entonces siento el toreo como una sacudida eléctrica que a veces hasta duele de bonito.

Hoy torea Urdiales, ese del que algunos dicen que es peor torero si va con la FIT -lo jodido es que hasta se lo creen-; ese del que otros dicen que sí, pero que nunca redondea, que es frío. Y pienso en su valor seco, en su verdad, en su pequeña figura de gigante cuando se crece en la plaza. Pienso en la necesidad de grabar con una cámara todas sus faenas y ponerlas en las escuelas taurinas para enseñarle a los chavales cómo se coloca uno ante un toro, cómo acaricia el aire una verónica; cómo se cita, cómo se vacía uno entero detrás de una muleta, con los pies asentados, dando el pecho y los muslos, manteniendo vigente en el siglo XXI el toreo eterno, con el que se identifican mis padres, en el que se reconocen los abuelos.

Pienso en la arena negra de Bilbao, aquellas lágrimas, aquella tarde perfecta cuando ese tío frío, ese que no redondea, me hizo temblar entera cuando se la jugaba a cara o cruz sabiendo que ahí, tras la espada, se iban su vida, sus sueños, su esfuerzo, tanto, tantísimo trabajo, tantísima lucha. Y siento el toreo como un latigazo que me rompe entera.

Yo ya os espero. Cierro los ojos y empujo las nubes para que no llueva, para que merezca la pena este retorno de Marte -bueno, de Marte y de que soy "muy buena" pero nadie me compra, vaya, que no intereso ni hay parné- que ya ha merecido la pena solo por paladear la emoción de vuestro toreo en mi memoria.

Sevilla os espera. Unos irán a los toros, verán una corrida, sacarán el pañuelo, harán sus estadísticas, agitarán el gintonic y encenderán el puro. Otros, un puñado, sentiremos el toreo, su música y su silencio. Y si así fuese, si ardiésemos por dentro aunque solo sea un instante, tocaremos desde la tierra un pedazo del cielo de Sevilla.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Les envidio


Les envidio. Se sientan a tu lado, compartiendo apreturas, y en seis toros te cuentan su vida. Te invitan a una pinta de vino y al chorizo de la última matanza. Te cuentan que les gusta desde niños, que sus padres los llevaban a los encierros, que echaron los dientes junto a la tapia; que en la fiesta grande no pueden faltar los toros. Que Juli puede con todos. Que Perera anda que se sale. Que vaya huevos le echa el pirata Padilla. Que a Talavante le ha dado por cantarle a los toros y forma el lío. Que a Fandiño los cojones le hacen surcos en la arena. Que Morante doblega a los vientos y es de otro planeta. Que les jode no ver a José Tomás. Que el pequeño de sus chavales quiso ser torero pero no tenían cuartos y se quedó en el campo cosechando.

Y aunque cuando ven que tomas nota piensan que sabes más que ellos, les envidio porque ellos ven los toros de una manera transparente en este tinglado indecente en que los estamos convirtiendo.

No tienen internet, ni Facebook, ni twitter. No conocen los blogs, ni las web, ni compran revistas de toros. No nos leen. Ven el Plus en el bar, el solysombra en la copa, y cuando llega la feria tiran de billete y vienen a la capital a chupar calor al tendido, puro en ristre. Ni toristas, ni toreristas. Les gustan los toros, sin más. Aman la fiesta; no son salvadores de nada.

No conocen las miserias de los despachos, la basura de la trastienda, los vetos, las putadas, los pulsos. Les gusta la grandeza de una tarde de toros, la seda y el oro, el rito, el runrún en el aire, la emoción, el sonido de los clarines, el secreto de la puerta de toriles, la verdad de los que se ponen delante y se pasan los pitones por los muslos y por el vientre.

No saben de la usura de las cifras, tanto pa tí tanto pa mí, como aquellos que se jugaron a los dados la túnica de Jesucristo. No conocen los entresijos envenenados de la fiesta. Esta fiesta que torea de espaldas a ellos. Ni falta que les hace. Se la traen al pairo en un país donde todo dios está en la calle y no llegan a fin de mes; donde cobran una pensión de mierda que les da para un descuento en los abonos. Si supieran más, les parecería obsceno hablar de cifras que ellos no han juntado en toda su vida. Paganinis.

No saben del fango que ensucia esta pasión que les cala hasta los tuétanos; de las vendettas, filias y fobias, conmigo o contra mí. Y leña al mono al que se mueva, al que vaya de por libre. No saben de estómagos agradecidos, ni de cabronadas legales en letra pequeña, ni de pliegos, ni de esas cosas que deberían quedar de puertas adentro y salen catapultadas en una competición frenética de ego, a ver quién dispara primero en público.

Estarán ahora de partida; el solysombra en la copa, el tapete verde, las fotos de mil toreros en las paredes. Mus. Lo mismo andan viendo al Molés, sí hombre, el del bigote. O se han venido a Salamanca en el día del patrón.

Llegarán, se sentarán a tu lado. Lo mismo no saben ni quién torea, si va de caballos o a pie. Pero les gusta, sea el que sea y así honran a los que hicieron eterno el toreo. Lo llevan dentro, desde niños, si se criaron en los teleclubs que consagraban toreros en blanco y negro y baile vermouth después de misa.

Compartirán apreturas; te invitarán a la pinta de vino y el chorizo. Vivirán con emociones encontradas sus toros, comentarán los lances, los quiebros y las banderillas con la sabiduría sin carné que da la intuición y seguirán sustentando la afición a su manera, lejos de esta vorágine que salpica al toro desde dentro y lo mata sin necesidad de antis. Y vivirán más tardes así, con esa chica rubia que les tocó al lado con una libreta o aquel periodista que escribía con el móvil entre toro y toro. Gente que debe saber la hostia de esto. Gente leída.

Ellos nunca lo sabrán. Pero yo les escucho y aprendo y me emociono. Les envidio.

Felices ellos, el último reducto de pureza que nos queda.



(El cuadro es de Jesús Villar. Último artículo de la Feria de la Virgen de la Vega publicado ayer en la revista Lances de La Glorieta, que es un recordatorio de otro escrito bajo este mismo epígrafe inspirado en cualquier día de toros y de fiesta. Esta fiesta que torea de espaldas a ellos...)

lunes, 26 de agosto de 2013

De una en una

(DE TOROS Y TELEVISIÓN)

Fuimos miles, millones de aficionados, los que celebramos el año pasado la vuelta de los toros a TVE como parte de una normalización de la tauromaquia en la sociedad. Como si así se le devolviese a los ciudadanos su derecho a ver, a saber, a elegir y a decidir. Como si se intentase limpiar públicamente la cantidad de mierda que se vierte a diario sobre la tauromaquia a base de desinformación y demagogia.

El ente público (ese que pagamos todos, incluso los taurinos) ha emitido hoy un comunicado confirmando lo que ya era un secreto a voces desde hace varios días: la emisión, el próximo 1 de septiembre, del mano a mano Morante-Talavante (si el genio de la Puebla se recupera) con toros de Zalduendo en Mérida. Que irá, seguramente, acompañado de un reportaje en Informe Semanal que también es un secreto a voces en un mundo donde no existen los secretos.

Y lo hará porque, como ocurriese el año pasado, toreros, ganadero, empresarios y el "coñolabernarda" ceden sus derechos de imagen para abaratar costes de producción. Será que los millones de euros que cuesta retransmitir la Vuelta Ciclista a España dejan temblando los fondos de la cosa pública, esa que pagamos todos. Incluso a los que no nos gusta el ciclismo.

Díganle ustedes, por ejemplo, a dos equipos de fútbol que renuncien a sus derechos de imagen en la transmisión de un partido, que ya lo transmitieron. ¡Buenas tardes!

Si, como anuncia TVE en un comunicado, "tratar con normalidad" los toros en la televisión pública se reduce a la transmisión de un festejo por año, apaga y vámonos. Y no porque uno, sólo uno, no sea bienvenido (sólo falta que los taurinos carguemos contra la tele porque emite un festejo y al final reivindicar mayor presencia se vuelva a la contra), sino porque es insuficiente e incumple la declaración de intenciones anunciada en 2012.

El año pasado los taurinos alcanzamos en una sola tarde una audiencia que para sí quisieran muchos de los programas producidos y financiados por esa santa casa. Entonces todos celebramos la vuelta de los toros a la tele pública en recuerdo de aquellas tardes en blanco y negro y camilla, el tapete de ganchillo, el calor de los abuelos, tantas voces, tantas figuras que dictaban lecciones de tauromaquia frente a las cámaras. Nombres que ahora se nos antojan míticos que sustentan la memoria de nuestros padres y las urdimbres del toreo de siempre, del toreo eterno.

Un año han tenido para hacer verdad las promesas que traía aparejadas la vuelta de los toros a TVE: promoción, difusión, didáctica y transmisión de un puñado de festejos destacados de la temporada. Selección, siempre. Un año en barbecho mientras los aficionados han tenido que recurrir de nuevo a canales de pago -tampoco había lugar para una guerra- para poder acceder a los tendidos de las ferias donde sus bolsillos, jodidos de agujeros, ya no llegan.

Bien es cierto que creció Tendido Cero y que ocasionalmente se cuela información taurina en los telediarios. Pero no normalizada, sino de forma esporádica y casi siempre con percances de por medio. El morbo de la sangre. El precio de los héroes. ¿Tanto hubiese costado un seguimiento, al menos, de las principales ferias de la temporada?

Sólo en el mes de agosto se celebran más de cien festejos en el país. Si tratar con normalidad los toros es emitir una tarde al año, señores del ente público, me parece muy insuficiente esa generosidad políticamente correcta. Que pagamos todos, incluso los taurinos.

Y no me llamen desagradecida. Bienvenida sea la transmisión de Mérida y los esfuerzos de los profesionales  y compañeros que intentan que los toros tengan mayor espacio en la tele y en la radio pública. Pero si tratar con normalidad los toros es transmitir una corrida al año, no me siento en deuda con quienes dirigen sus destinos.


(La foto, que me encanta, es robada de internet. Disculpas a su autor, que desconozco)



lunes, 12 de agosto de 2013

Duele Morante


Existe un hombre en el mundo capaz de abrochárselo a la cintura, de detener el tiempo bajo su sombra.

Duele Morante. Pero no duele esa carretera de sesenta centímetros abriendo sus carnes como una fruta macerada. Ni siquiera la certeza de que hasta los dioses caen vencidos como si fuesen hombres, sólo hombres.

Duele Morante. Duele. Pero no duele postrado mientras ríos de tinta corren igual que la sangre, calientes, imparables, cantando, contando: tres horas, tres trayectorias. La foto, el vértigo. El tributo siempre al filo de la muerte. La vida latiendo en el muslo, el pitón hundido en miles de gargantas, en miles de corazones.

Duele Morante. Duele. Ahora, siempre. Duele en pie, clavado como una aguja apuntando al cielo. Duelen sus muñecas acariciando el aire; duele tanta belleza incomprensible.

Duele Morante eterno, Morante en el instante, enorme, inabarcable, esculpiendo en el albero una media que nunca termina. Duele Morante con la cintura rota, con el alma quebrada vaciándose en un capote que traza en sus vuelos el eje del mundo.

Duele Morante con el mentón hincado en el pecho y la zapatilla enterrada en la arena. Duele Morante como un árbol que extiende sus ramas desde el centro del ruedo y abraza el mundo, y se lo abrocha a la cintura y se echan a andar de nuevo los relojes como si hubiese sido mentira el milagro, que siempre permanece, intangible como la fe.

Duele Morante horizontal sobre su herida. Duele agosto sin Morante. .

Duele Morante vertical. Como era en un principio. Ahora, siempre.

Duele escribirte. Duele contemplarte, saberte inmenso sobre el resto del mundo.


(Duele tanto que esta vez los dioses, envidiosos, miraron para otro lado. Salud y larga vida, torero)

jueves, 16 de mayo de 2013

Morante y mayo


Madrid viste hoy Morante y mayo. Morante y sueño. Morante y esperanza.

Morante, ese personaje, ese torero, ese hombre que habita cerca de los dioses y se codea con ellos de cuando en cuando y los trata de tú cuando se sientan a su lado. Morante fumándose el tiempo liado en tabaco y oro. Habanos perfumando el toreo caro, el capote en el aire, el último aliento de una media que no se acaba, de una belleza que se resiste a morir en el instante. Morante único. Morante eterno.

Será o no será. La incógnita cosida siempre a la seda, a la voluntad, al músculo y al latido. El sino de los genios.

Y si es, los poetas ahondarán en el verso y los redichos de nuevo cuño aliñarán el misterio con la cursilería de unos cuantos caracteres. Morante inabarcable. Con lo fácil que es cantarte, explicarte, sentirte.

Y si no es, aquí queda la crónica adelantada de quien siempre te espera, de quien no necesita otro tiempo que no guarde ya la memoria. Tu muñeca prodigiosa, el mentón apuntando, disparando al pecho. La fe burriciega y sinsentido, tan hacia adentro, tan loca, tan intensa, de quien ha visto tantas veces el milagro que no necesita decirte, que no necesita nombrarte para seguir apostada a tus puertas. Ahora y siempre. Así en la tierra como donde digas.

Madrid se convierte hoy en un templo de ladrillo colorado, templo de sangre y albero, tendidos de sombra y de gloria, llave de la grandeza o del silencio.

Morante en luz. Morante siempre en genio. Y ahora la espera, la fe, el credo.

Sea o no sea. Amén.



(La foto, como una estampa a la que rezarle, es de Juan Pelegrín. Un grande)

lunes, 15 de abril de 2013

Un acto de fe


Morante es un acto de fe. La tienes o no la tienes. Es como un milagro latente, que no sabes si va a producirse en el sermón de cada tarde, pero sabes que existe como existe el mar, y el cielo, aunque no los abarquemos.

Morante es un acto de fe. Un catecismo sin comas, la hondura a ciegas, la belleza desgarrando el aire, desafiante, incontenible, perfecta.

Volverá hoy al albero maestrante y entonces Sevilla recitará abril con versos de seda, con lengua de oro y azabache. Y rezaremos desde el silencio por si puede ser hoy, aunque siempre sea. Porque el tiempo de la verdad es siempre, si la verdad no tiene tiempo ni lindes. Como la fe, que la llevas encima o te vacías por dentro. Un acto de fe. Morante siempre.

Morante vuelve hoy y es como si la primavera se posase de verdad sobre Sevilla y sus torres, sobre el río crecido, sobre los puentes y la historia. Como si reventase el jazmín y el azahar después del inicienso y de los cirios, la pasión tras la Pasión, este otro credo, esta otra fe, esta certeza de que los dioses no siempre nos miran con los ojos cerrados, de que no siempre duermen.

Morante vuelve hoy a Sevilla con los toros de Cuvillo. Esos toros que algunos llaman medios toros pero que cantan a su estirpe si también llevan muerte en las astas y bravura en la sangre. Toros para la fe, así me diga el mundo que me equivoco. Yo creo. Y si surge el milagro, abril será el rugido de nuestro credo, el paraíso de tanta fe sin fisuras. La tienes o no la tienes.

Y si se acaba la fe, siempre queda Morante, que esta tarde es Sevilla, que hoy se llama abril.



(La foto, que también es un acto de fe, es de Juan Pelegrín. Morante en Las Ventas)


viernes, 11 de enero de 2013

Ganas de toros


Que esto no para. Que el tiempo no se detiene, aunque a algunos de cuando en vez se nos pare el reloj por dentro y pensemos que el mundo se apea del mundo. Pero no. Esto no para.

Enero se dispara, los días crecen. El campo despierta, la vida emerge entre el hielo y las nieblas. El runrún de nombres y carteles, las cábalas a media voz, los teléfonos echando humo. Ciudad Rodrigo ahí, a tiro de piedra, vistiendo ya sus calles de talanqueras, ensamblando tablones para erigir la plaza de febrero, la del Carnaval del Toro, que culmina el hambre de los chavalines que quieren ser toreros, que aún sueñan al pie de los cercados y de las encinas.

Tenemos ganas. Hemos matado el mono pisando la tierra húmeda de las dehesas, desafiando los vientos de invierno que cortan como cuchillos, echando la pinta de aguardiente cerca del fuego donde se ponen al rojo los hierros y los guarismos, santo y seña. Hemos esperado a la madrugada pendientes de un enlace pirata para ver a trompicones los toros de la México. Hemos visto la ‘re-re-re-redifusión’ en el Plus de aquella tarde que ya nos sabemos de memoria. Sí, yo he pecado. Yo confieso.

En octubre estábamos hastiados. Esta vez es la última. El año que viene ya no más. Hartos de aficionados que van a la plaza con un ojo tapado para ver el vaso medio lleno o medio vacío, según convenga. Toristas y toreristas, ultras del p’acá y p’allá y venga con la tabarra, como el rayo que no cesa mientras nos sacuden leña a destajo en otros frentes y nosotros nos fracturamos más y más sin atajar la clave del cemento en los tendidos. Pero ya se acabó. Ya no más. El año que viene ya no.

Y aquí estamos. Con ganas de toros, a pesar de este sindios, de esta falta de cordura, de la codicia de los jerifaltes del monopolio y las palmas con las orejas de sus voceros. Aquí estamos a pesar de todos ellos. Sacudiendo el monazo, reservando fechas en la cabeza a partir de marzo, descontando los días. Locos por sentir el frío del tendido en el culo y el cosquilleo en el estómago antes de que se abra la puerta de toriles. Locos perdidos, con la que está cayendo.

Aquí estamos. Rascándonos el bolsillo en un país donde a los pobres nos putean y a los ricos les inyectan pasta, pero hasta eso se nos olvida si Morante pega una media que no se acaba o si un toro se arranca al caballo como quien acude a un despacho a recibir una condecoración. Aquí estamos cargados de buenos propósitos, en el kilómetro cero de la esperanza. Locos para ver, para sentir, para vivir una nueva temporada, a ver si por fin alguien pone un poco de orden en todo esto y sienta las bases de una nueva forma de contar, de explicar el toreo y su mundo, que se cifra en los euros del siglo XXI y se escribe con la grafía del siglo XIX porque siempre se hizo así, y lo que siempre se hace así no tiene discusión para mayor gloria del oligopolio de algunos.

Aún así, aquí estamos. Con ganas de toros. Locos perdidos. Y ahí, en esta locura, en esta esperanza, en esta fe inquebrantable, en todas las incógnitas que iremos despejando peregrinando de plaza en plaza, reside la verdad, la fuerza, ese misterio que hace tan grande el toreo, por mucho que nos sacudan. Porque siempre volvemos a este kilómetro cero, a este enero en que los días crecen y la vida emerge en el campo.


(Este artículo se publicó ayer en Cultoro, donde podéis leerme todos los jueves. La foto, también de Cultoro, es de una trinchera de Morante en Sevilla. ¡Qué ganitas!)

miércoles, 6 de junio de 2012

Si hoy no fuera


No hace falta una conjunción planetaria ni un conjuro a la luna última de la primavera. Ni magia, ni vudús, ni ritos ocultos más allá del misterio de un capote incomprensible, inexplicable como todo lo que brota desde lo más profundo.

Morante vuelve hoy a Las Ventas y junio se viste de incienso, perfumando el verano que se anticipa en las ventanas. Incierto como quien aguarda algo que no llega, firme como aquellos que siguieron a pie a Jesucristo en su revolución del espíritu, hasta la cima del Monte de las Calaveras. Así hoy, en el día sexto del mes sexto, el cielo en calma mansa, este silencio plomizo, estas nubes cárdenas que hacen del tiempo una capilla y de la fe una liturgia. Yo creo.

Creo con la fe irracional de quien necesita un punto donde agarrarse para que no se mueva el mundo. Y tú ahí, Morante, en el ombligo de la arena, inventando el agua para la sed, la lluvia entre tanta sequía. Y esta espera por si es hoy la hora para mostrarle a los demás la grandeza inconcebible, el trazo perfecto, sin cánones, de tu muñeca dibujando prodigios mientras pasa Venus por el sol y se enciende de claridad el ruedo, el latido, Madrid rugiendo con la voz verdadera del toreo verdadero.

Yo te espero un día más sin prisas. Con la fe inquebrantable de quien ya sabe, de quien ya ha visto, de quien no necesita una llaga donde empapar el dedo en sangre para calibrar la herida en el costado. Me basta la fragilidad de la seda, la cintura rota, el mentón hincado en el pecho, la suavidad de un lance donde quepa la historia de la Tauromaquia hecha instante, esculpida en una peana de albero. Una media eterna de tres sílabas. Tu nombre.

Y si hoy no fuera, te sigo esperando. Y rezo tu credo desandando los minutos hasta el cerrojo de las siete.

Si hoy no fuera.



(La foto es de Juan Pelegrín, que es parte de este blog sin pedir permiso. Gracias por tanto)

miércoles, 23 de mayo de 2012

Creo en tí

Dicen que esta mañana las banderas de Madrid no se mueven; que el aire ya se ha detenido esperándote, como si contuviese la respiración igual que se contiene en el paseíllo, cuando dibujas con el pie una cruz en la arena y echas el paso al frente envuelto en seda y grandeza.

Hoy torea Morante. Y sólo con verte anunciado me dan ganas de hacer una profesión de fe, de persignarme como quien accede a un santuario y profesar mi credo, ese que compartimos miles de apóstoles que hemos visto, que sabemos del milagro. Hoy te esperamos a ciegas, sin pedir nada. Con la misma alegría de aquella niña que recibió el sacramento vestida de blanco hace hoy treinta y seis años. Con la misma fe que tienen quienes van en fila a comulgar y ni siquiera cuestionan que la Hostia pueda ser el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, la misma carne; como el vino es la sangre consagrada que un día tiñó el madero y nos hizo libres. Con la misma levedad con que fumas el tiempo, humo manso que huye de tus labios de torero, que no necesitan decir nada, que siempre besan.

Quizá sea hoy. Puede ser hoy, cuando una verónica resuma todas las verónicas de la historia, o una media envuelva al mundo en la caricia de tu signo. Quizá sea hoy cuando resuelvas en el instante el misterio, el enigma de siglos del toreo. Ahí la llave.

Tiene que ser hoy. Yo te espero. Yo creo en tí. Y si así no fuera, mañana repetiría estas letras, este credo, allá donde traces la cruz con el pie mientras el aire detiene su paso y te espera, seda y grandeza. Porque el mismo aire, que te conoce, también cree, también sabe, también te canta.

Venga a la tierra tu reino.


(La foto es de Juan Pelegrín, que captó a Morante fumándose el tiemplo)

miércoles, 24 de agosto de 2011

Rezándote, verde y oro


Pasa un minuto de las tres y estoy aquí, rezándote ante un espacio en blanco donde musitar tu nombre en voz baja como quien aprende su primera plegaria frente a un teclado.

Rezándote contra la madrugada en esta capilla sin puertas, a cielo raso, sin bóvedas ni cigüeñas; rezando tu cabello sin incienso, tu carne sin ungir, el mentón reposado sobre el firmamento, el compás de tus latidos meciendo todos los sueños.

Rezando la seda verde de tus secretos, ofreciendo mi silencio desde la hondura, desde la belleza que duele si la redacto en esta soledad, tan para mí, silencio y madrugada, mientras los demás cantan el último prodigio a voz en grito, o abjuran de tu credo en esta hoguera de vanidades, en este circo de los sinsentidos, pensando que quien más sabe es quien más duro pega. De palabra, de obra, sin omisión.

Es la premisa del castigo, de los teóricos que nada tienen que ver con esto; ni con lo tuyo ni con lo mío. Nada que ver con mi cántico, el salmo de tu cintura, el rosario encadenado de misterios discurriendo por tu mano diestra, el tiempo danzando en tus muñecas, tan leve; la letanía final atronando en la muleta, dos naturales inmensos donde se venció el mundo por el costado izquierdo en los pitones acaramelados, en el pelo colorao donde leo tus versículos. Dos pañuelos, dos palomas. Gratia plena. Y te canto, y te rezo.

Yo estoy aquí, en este templo sin tribuna ni parroquianos, sin siquiera una firma; sin lenguas de fuego ni látigos, sin importarme si sé o no sé, sin ganas de justificarme en esta noche que quiero sólo para mi, para rezarte cerrando los ojos como se reza a los dioses, como se evoca lo que más se ama, lo que presentimos allá arriba, por encima de las estrellas y de noches así, bochorno y nubes, presagio de tormentas, verano casi vencido, exprimido de plaza en plaza.

No te conocía y te vi bajo la lluvia, agua que no cesa, agua bendita; tu primer toro. Y creí entonces como creo ahora, tantos años, tantos siglos después, sin necesidad de explicarme, sin necesidad de entenderte, como no puede entenderse lo que sale de las tripas, de los poros, la genialidad que no se aprende, el lance irrepetible, el trazo de lo que siempre perdura esculpido en lo efímero, en el aire, no más. La gracia, el don, la inspiración, la magia.

En silencio, rezando, besando sin besos la mano, el índice en alto que apunta a los cielos, dibujando sin saberlo aquella mano de Ordóñez que un día acarició a toda la historia del toreo. Bendiciendo, consolando acaso tantas tardes sin lágrimas, tantas tardes sin latidos.

Rezándote verde y oro, como a las Vírgenes bajo palio que cantan su pureza; que cantan la esperanza del mundo, un paso por delante del dolor, quemando la cera del destino bajo los pies, rozando la gloria a hombros de un puñao de hombres, el vientre del círculo abriéndose gozoso, descerrojando la puerta grande de lo insondable. Rezándote sobre el albero plomizo de las entrañas de la tierra, en la boca de riego de lo que nunca puede olvidarse, lloviendo el viento.

Yo te canto contra la madrugada, Morante; al límite, en el abismo por el que se precipita mi alma cuando alza el vuelo tu capote y clavas la zapatilla. Y me sigue doliendo la bendita locura que desparramas, la torería arrogante, tu presencia sobre la arena. Y te escribo sin versos, enterrando las palabras lejos del mar porque no quiero encontrarlas.

Yo te rezo contra el alba, ahora que los demás duermen y se posa sobre la tierra el milagro mecido, el teorema imposible de tu toreo.

Así pasen los siglos, Morante, verde y oro. Amén.

(Las fotos, de Arjona, son de Aplausos)

martes, 10 de agosto de 2010

Inmensidad siempre


La pana como el surco sobre su piel, como la tierra entera ofreciéndose sin guardarse nada, madurando la promesa de nuevas cosechas, vino macerado en seda.

La mirada apuntando a lo alto, acaso sin saberlo, fundida en el sueño de los ojos abiertos, en el milagro rasgado desde la humedad de las tripas a la claridad, que todo lo limpia.

La puntilla blanca chorreando en luz, entreabierta al milagro, como si del pecho necesitase escapar el aire, humo de tabaco que asciende a lo perfecto desde lo perfecto, labios sin besos besando al mundo liado en un capote tabaco y tabaco. Garganta sin agua erguida como un tronco milenario, nuez prohibida, intocable, conjugada en masculino, aliviando toda la sed.

Morante en blanco y negro. Morante placer y silencio, abotonando la vida al milagro, perfecto en lo casual de la pose, pana y oro invisible en el ruedo de las sombras, majestad coronada por el fieltro, inmensidad siempre.



(La foto, que todo lo dice, que todo lo provoca, es de Carlos Núñez, compañero y amigo)

viernes, 4 de junio de 2010

Sonríe junio en tu capote



Sonríe junio, desperezándose en el capote mágico de Morante como quien despierta del sueño de la muerte, del tedio de las tardes sin alma, de los toros sin casta, de los toreros sin sombra.

Sonríe junio en la liturgia más pura, la verónica bendecida en el aire que detuvo el tiempo a su capricho, Madrid enloqueciendo, recitando con voz ronca, asintiendo al imposible que se hizo posible esculpido en el albero.

Morante sobrevolando los sueños, adivinando las palabras y el verso antes de ser dichos, consolando el maltrecho orgullo de una plaza con la emoción mermada en tantas tardes de silencio, en tantas muletas sin memoria, en tanta promesa sin flor.

Sonríe junio y casi no se lo cree, si Morante vive siempre al filo del milagro, si es el tributo de los dioses descendido a la arena, carne inmortal de la gloria cuando se posa sobre el instante. Unos segundos apenas, la eternidad cosida a los vuelos, pañuelo de seda envolviendo veintipico mil almas sin arrugarse, la chicuelina abrazando al mundo,el mentón escarbando el pecho, buscando el latido, sosteniendo la boca impenetrable, labios que citan como besos, locura, precipicio de silencios y sabiduría.

Sonríe junio desatando por su mano la maravilla de lo no creado, inspiración que no duele pero abrasa de pura belleza. Sonríe junio en las manos rotas, en las gargantas tronando, en la pleitesía de una princesa a quien no se sabe, no se dice, rey ungido en el óleo de la media a la espalda, belmontina.

Sonríe junio en las tres sílabras de tu nombre, Morante, tres poemas, tres agujas, tres caricias, tres vidas después de la vida para saberte, para creerte, para recitarte en voz baja como quien reza a escondidas.

Sonríe junio en tu capote eterno, Morante. Sonríe junio tras tus pasos, encendiendo en oro y verano al mismo sol.

(Para mi amigo José Luis, desde la emoción compartida. La foto, eterna, es de Juan Pelegrín)

sábado, 23 de mayo de 2009

De Morante, al cielo


Llovía. Diluviaba en Burgos aquel 29 de junio de 1997, fiesta de San Pedro por más señas, las compuertas del cielo abiertas, las llaves derrotadas de tanta clausura.

Llovía agua bendita de bautizo, faldones de seda prieta, blanco y oro, para Morante de la Puebla. Recuerdo el agua bajando por los tendidos como una tormenta de verano, buscando su salida natural al callejón por los aliviaderos de barrera, el bolso casi flotando en el suelo como un barco sin velas, la ropa como un trapo, el pelo empapado, la piel empapada, Rincón cediendo los trastos, Cepeda ­el mentón también hincado­ asintiendo; su capote acariciando, aguas del Guadalquivir en el ruedo.

Como un milagro surgido del agua, llovían promesas y sueños. Morante oficiando la primera liturgia, apuntando las direcciones de los dioses en su agenda de bolsillo para llamarlos de tú a tú. Y así los convoca, madurado en sombras y dolores, tan resplandeciente, tan claro, tan inmenso desde su capote a la boca de riego, allá donde dos medias son eternas después de las eternas verónicas; allá donde brota el agua que no desciende del cielo, que asciende de la tierra para volver a ser tierra mojada, derroche y bendiciones, chicuelinas ceñidas al cuerpo como una hembra colmada después de haber amado.

Morante de agua y sal, Morante fumándose el tiempo como si el tiempo mismo anduviese liado en un habano prendido a sus labios, tabaco de quemar aliñado con sus silencios. Morante llorando hacia adentro la verdad de sus carnes, confesando pecados y gloria a los dobladillos de la camisa, vaciándose en la tarde en que Madrid quedó rota por bulerías de tierra adentro.

Madrid entregada como una hembra en celo, Madrid en pie resonando jaleos, resucitando la magia, de Madrid a la nada, de Madrid al cielo. De Morante al cielo, 21 de mayo, el sol en lo alto, las lágrimas, el agua y la sal, veintitresmil almas danzando el asombro, sostenidas en sus muñecas sin apenas peso, tan leves, despojadas del plomo de sus veredictos.

Llovía. Diluviaba agua bendita aquel 29 de junio en Burgos, faldón de seda prieto, blanco y oro, la promesa, primera página bisoña de la grandeza de un torero, el azahar prendido a los muslos, la herida que no cesa rompiendo el viento. De Madrid al cielo, Morante. De Morante al cielo.

(La foto, una vez más, es de la magistral cámara de Juan Pelegrín)

viernes, 22 de mayo de 2009

Morante se fuma el tiempo


Morante se fuma el tiempo en su puro de entre toro y toro, musitando secretos en cada bocanada como quien desgrana las cuentas de un rosario y lanza sus misterios gozosos al viento.

Morante aspira las palabras que se perdieron en la arena, devolviendo al aire el círculo caprichoso que traza su aliento, la alquimia del humo al beso; del beso al capote; del capote a las tripas, doliendo de puro bonito, tan adentro.

Morante se fuma a los dioses en el callejón, meciendo en sus manos el bramido seco de un templo circular en pie, de Madrid al cielo. El rito, el purgatorio; el incienso del toreo consumiéndose para siempre en su boca, perfumando, bendiciendo.

Morante se fuma las plegarias y escupe versos, los párpados caídos, puyazo que no hiere en el pecho, la carretera de la sangre en la palma, la izquierda que acaricia y castiga como un amante en celo, el corazón galopando. La locura. El silencio.

Morante se fuma el tiempo y lo lía como tabaco de aroma en las puertas del deseo, quemando seda sobre el estómago, dictando verónicas como lenguas recitando el toreo antiguo; la verdad, el gozo y el duelo.

Porque perdí mis palabras en el albero de abril, no quise recuperarlas en este isidro venteño; necesitaría inventar palabras nuevas para perderlas en la estela de la liturgia bendita de su toreo. Soñadlo como si no hubiese ocurrido para volver a soñarlo más allá de este mayo que ya es humo de pureza y cante jondo entre sus dedos, palmas por bulería lejos del mar, 21 de mayo y de gloria, gargantas abiertas, palomas, pañuelos.

Y callad, que parece que reza. Pero no reza: Morante, tabaco y oro, sólo se fuma el tiempo.

(p.d. Morante fumando el tiempo, según lo soñó en su cámara Juan Pelegrín)

sábado, 2 de mayo de 2009

Morante se hizo verbo


Perdí las palabras en abril y sigo sin encontrarlas. Las dejé sembrando versos junto al albero de la Maestranza, cosidas al verde y azabache del traje de un torero más allá de los toreros.

Perdí las palabras en abril y sigo sin encontrarlas. Ahora que todo son palabras. Ahora que el toreo se ha hecho verdad en la fragua de lo imposible. Ahora que la belleza acampa sobre el valor sin desdeñarlo. Ahora que Morante, que así se llama, ha acariciado el maltrecho orgullo de una plaza vestida de lunares y reses renegadas de su bravura. Ahora que Morante se ha inventado a un toro en la simiente poderosa de su muleta y lo ha hecho crecer a la sombra de su cintura, ofreciéndose entero, sin guardarse nada. Vaciando. Vaciándose.

Perdí las palabras por no contestar a los que dicen que a Morante le faltan piernas. Como si el arte necesitase piernas. Como si la poesía necesitase piernas. Como si el valor necesitase piernas. Como si la verdad necesitase piernas.

Perdí las palabras y sigo sin encontrarlas, por más que regrese a abril. Por más que regrese a la tarde y a la arena, a la seda y al silencio, al mentón hiriendo el pecho buscando su sitio, a la puerta cerrada por los aceros y abierta para siempre en el alma, aunque hubo resurrección después de la espada, justo allá donde perdí mis palabras.

Perdí las palabras en la palabra, cuando Morante se hizo verbo y conjugó la historia del toreo en nueve minutos y pico que son una eternidad. Cuando Morante habló desde sus silencios con las zapatillas clavadas, con los muslos y los riñones inventando el dibujo de cada pase, el viaje de un toro que nunca quiso ser compañero y sucumbió al compás de seda y acero de sus muñecas. Y la sabiduría que no se aprende. El don. El verbo.

Perdí las palabras y sigo sin encontrarlas, o quizá las tenga escondidas y no me atrevo a pronunciarlas cuando etiquetar es una osadía. Porque hay tardes que pertenecen al misterio y al milagro; tardes que necesitamos como un acto de fe porque es la raíz, la droga y la esencia de todas las demás tardes.

Y Morante, que se hizo verbo, sigue hablando entre mis palabras perdidas.

lunes, 27 de abril de 2009

...Que sabe a Morante


Yo he visto pasar más lento el tiempo. He visto enmudecer al silencio. He conocido un sol envidioso de las filigranas de su vestido. Una luna roneando en azabache la blancura de la seda, el músculo, la carne. He escuchado la música, el cante grande que emana de sus latidos. La imperceptible caricia de sus vuelos sobre las soledades a cielo descubierto. El pulso, la cadencia suave de sus muñecas meciendo a la misma brisa como si fuese una nana muy antigua.

He visto encenderse la arena como una hembra en celo allá donde clava sus zapatillas. Y encelarse también el aire con los misterios de su boca, el mentón hincado sobre el pecho, la sal, los besos, la lengua reseca, el chasquido del miedo enfundado en bordados imposibles, el secreto insondable de sus labios apretados.

He escuchado el quejío de la cintura rompiéndose, cimbreándose como los campos de cereal con el compás bravío que dictan los cuatreños. Las astas blancas pregonando heridas como navajas preñadas de sangre. La melodía que llama a la muerte y danza hasta quebrarla en la seda, hasta consumirla en la franela mientras se vacían los dos, hombre y animal, hasta la extenuación, hasta el último suspiro frente por frente. Ojo por ojo. La espada o la vida. La gloria o la nada.

Es cuando lo decimos casi como un rezo. Morante. Y lo masticamos, lo paladeamos despacito. Mo-ran-te. Pausado, como si no existiese un reloj oprimiendo el paladar, como una saeta en el balcón de abril. MO-RAN-TE. Y resuena su música en los dientes, en las sienes, en la lengua, en las tres sílabas rotundas que conforman ese nombre que es apellido.

Su pueblo, La Puebla. La infancia soñando toros, fraguando, cuajando los primeros lances, los últimos, el principio y el fin, la cuna, la tierra, la sábana. La elegancia gitana y oscura de Rafaé gitano y oscuro en derroche de luz. El perfume de los secretos. La claridad, el gesto indescifrable, el gozo de escribirlo en el papel inédito de mis tripas, desde la tripas. La pureza. La intuición, el soplo al oído de quienes fueron maestros del arte, que no se aprende, que no se dicta, que no se compra, que no se mide en los parámetros de lo conocido. Morante. Lo decimos en voz baja. Y sabe a Morante.

Piensas entonces que ya todo está escrito. Que la improvisación le persigue por las habitaciones cansinas donde esperan sus trajes, sus luces, sus sombras, la soledad, el rezo, el miedo de dentro a fuera cosido al estómago, a los muslos, al pecho. Y quieres escapar, huir del tópico y los lugares comunes para no vulgarizar con la palabra el don, la magia, la emoción, la hondura, la belleza. Y todo sabe a Morante. Despacito. Como un rezo. Como un santuario profano de tasca y veneno, la madrugada a las espaldas, amaneciendo.

Yo he visto pasar más lento el tiempo. He visto enmudecer el silencio y encenderse la arena allá donde pone el pie. He visto torear a Morante. Y cierro los ojos, lo amaso, lo digo, lo mastico, lo paladeo. Casi como un sueño. Morante, que sabe a Morante.

(p.d. La foto, soberbia, es de Ignacio Gil, de ABC (gracias Manon por el apunte). Sabe, también, a Morante)

lunes, 20 de abril de 2009

Sevilla se viste de feria

Sevilla se viste de feria. Feria de abril, rebujitos y farolillos con escasa presencia charra y con los ojos puestos en Javier Valverde, que un año más pisará el albero de La Maestranza precedido de la rúbrica de su toreo forjado al pie de las encinas.

El mundo del toro vive aún la resaca de la Resurrección, los doce centímetros rasgados en las carnes del gran Perera, la respuesta de Tomás en la plaza de Málaga a quienes le excluyen de los carteles y le regatean en los contratos.

Desde esta Salamanca empapada en aguaceros, puedo oler, puedo sentir el cielo abrileño que abraza al Guadalquivir. Las noches de yerbabuena y mantoncillos encendidas en millones de bombillas. El gentío que se agolpa en las puertas de La Maestranza, las tardes de toros y silencios, las flores en el pelo, el albero de la feria pegado a los zapatos, el azahar perfumando las calles –que no, que no es un tópico, ni una leyenda; que Sevilla huele en verdad a azahar en sus noches de primavera– y las expectativas puestas en una feria que es el primer indicador de lo que será la temporada, tras el pistoletazo de Fallas.

Una temporada que, a priori, aparece empañada por las ausencias de los grandes en las grandes ferias, por las luchas intestinas que se fraguan en los despachos, por los tiras y aflojas, euro arriba euro abajo, que siempre repercuten en la sufrida afición, que ni dice ni mú.

Sevilla se viste de feria, clavel en la solapa, puro de consumir lento y comida de postín en las ventas; el rastro del fino pellizcando la lengua, las espuelas del sol picando en lo alto. Santa Justa se convertirá en la antesala taurina con las idas y venidas de los AVE repletos de aficionados que no quieren perderse su tarde de gloria en La Maestranza, su foto en los tendidos que enmarcan el ruedo elíptico y mágico.

Y la cita. El mano a mano, Morante y el Cid, el corazón y la cabeza. La inspiración y el mando, la genialidad y el temple. El runrún, los unos y los otros; los de Manuel Jesús y los de José Antonio; la zurda y la diestra, el sueño y el suelo. El toreo, en definitiva, mirándose de frente desde las dos orillas del mismo agua.