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martes, 10 de marzo de 2015

Fandiño dijo: "Sea"


Andaba Madrid como una novia olvidadiza y chaquetera con Iván Fandiño. Como una novia revirada, una novia eternamente insatisfecha que quiere querer y no termina de querer; que como te quiero, te jodes. De esas novias que te da un beso pero no se entrega del todo por si le robas el corazón y rompes su coraza, la fortaleza inexpugnable de cada mayo, el balcón del deseo por el que trepar cada día como si fuera el primer paseíllo.

Una novia de esas que cuanto más le das más te pide, una de cal y dos de arena, queriendo como sin querer, sin terminar de consumar un noviazgo que fue un flechazo con un tío que vino a jugársela a cara de perro sin más credenciales que sus santos cojones, sus ganas de ser torero y su ambición. Un león; León Fandiño, que se la comió a besos sin palabras, con sabor a sangre, ni un paso atrás, apostado en su puerta, alimentando sus sueños.

Andaba Madrid medio enamorisqueada pero Madrid es una novia caprichosa que cuando quiere siempre se guarda algo en la costura de la falda; que con las mismas manos que acaricia, golpea y castiga; que lo mismo te eleva a su cielo azul y rotundo como te desciende a la tierra con el derecho que le otorga la vanidad de su propia hermosura, su belleza descarada, su ombligo redondo en el centro de los mapas del planeta Toro.

Fandiño, aquel tío que se batió en duelo contra el mundo cuando nadie sabía cómo se llamaba y la conquistó con su porte arrogante, con sus ganas de comerse la gloria a bocados, sabía que ese noviazgo le iba a pasar factura como todo lo que se desea y no está al alcance de cualquiera. Dicen que ha espantado el invierno con la liturgia de soledades del campo, con el rosario de triunfos al otro lado de los mares descontando el día del abrazo, el cortejo que se repite una y otra vez cuando uno se asoma a su ventana redonda.

Que Madrid tanto da y tanto quita, deshojando una margarita cada tarde. Que el peso del oro y de la seda no es el mismo cuando estás abajo partiéndote la cara en el barro, jugándote los muslos para escribir un nombre, tu nombre -Iván, León- en la memoria colectiva, que cuando ese nombre ya aprendido, ya deletreado y mascado en el capote y la muleta pesa sobre las hombreras como plomo de siglos y abre la puerta a otros carteles, otras tardes. Madrid olvidadiza de quien nunca volvió la cara para bailar con la más fea, las más duras, antes de perfumar sus pies de albero con las rosas de su carne herida.

Madrid entregada es la misma Madrid desdeñosa, como una novia que se cansa de lo cotidiano y exige la sorpresa para que la pasión continúe, para que el estómago le de vueltas de amor como una centrigufadora, para entregarse entera aunque nunca sabes si al día siguiente se hará la remolona y te tocará dormir contra la mesilla. También esa es su magia, la de una princesa de ladrillo rojo en su trono.

Pero Iván quiso. La quiso desde el primer día porque es imposible no quererla en pie frente a todo y frente a todos. La quiso con el traje hecho jirones, las carnes abiertas y la ambición escapando por los poros, denim y oro sobre la seda, la enfermería o un beso épico de sus labios altivos. Iván quiere. Iván la quiere. Iván dijo "sea".

"Sea".Y será el 29 de marzo cuando Madrid se convierta de nuevo en una novia esperándole con los brazos abiertos, la sonrisa ancha y el pelo mojado de primavera, cuando seis ganaderías de leyenda sean el tributo y la sábana, el precio de recuperar los besos contra el aire, los besos en el precipicio, la emoción y el respeto ganados a pulso a fuerza de rondar contra la muerte por sus balcones.

Sea.


(La maravillosa foto es de la maravillosa Anya Bartels-Suermondt, mangada sin permiso y con alevosía pero desde la admiración profunda que le profeso. Perdóname, rubia. Agua bendita. No he podido resistirme)

miércoles, 22 de mayo de 2013

Un imbécil le gritó a un torero

(Dios te guarde, IVÁN FANDIÑO)



Escribo esto en caliente. Caliente como la sangre de Iván Fandiño, que ahora mismo está en la enfermería de Las Ventas, pagando el tributo de ser, de sentirse, de saberse torero. Caliente como ese tabacazo que le ha pegado un bravo toro de Parladé cuando entraba a matar como se tiran a matar los toreros, sin trampa ni cartón, ofreciendo la propia vida, las carnes, el alma.

Iván Fandiño en torero. Torero. Torerazo. Firme, valiente, con los pies asentados, con el alma en las manos. Calentando los tendidos y las almas en este San Isidro tan frío y tan desalmado. Torero. Torerazo.

Escribo esto en caliente, mientras los cirujanos andan recomponiendo a Iván Fandiño por dentro, después de sostener en su muleta miles de almas, miles de gargantas. Firme, valiente, importante. Azul marino y oro. Torero.

Un imbécil andaba suelto por los tendidos. "Este toro se va sin torear", le gritó el imbécil al torero. Imbécil con 'eme' antes de 'be'. Imbécil de esos de masticar la 'eme' para que sea más rotunda la cosa. Un imbécil de esos imbéciles que se piensan que en el precio de la entrada va incluido el derecho de insultar a un torero.Un imbécil que no supo siquiera respetar esa liturgia, ese silencio, esa emoción, esa tensión que precede el momento en el que el torero se cuadra frente al toro con la espada en la mano y se la juega a cara o cruz. Y después, que sea lo que Dios quiera.

Ya está bien de tanto imbécil suelto. Ya está bien de ir a la contra, de tanto catedrático con el culo pegado al cemento. Ahí no cogen los toros. Los toros cogen abajo; los toros le cogen al que se pone delante. 

Ya está bien de faltarle al respeto a los que se están jugando la vida, hayan estado mejor o peor; bien, regular o rematadamente mal. Los imbéciles desconocen que el juego del toro tiene sus reglas, tiene sus tiempos, tiene los momentos en los que protestar, pitar, opinar, llevar al olvido o a la gloria. Por eso es tan grande, tan democrático. Por eso todos opinamos.

Un imbécil andaba suelto por los tendidos. Tan imbécil que su grito de imbécil fue el preámbulo de la cornada, mientras Fandiño se la jugaba muriendo matando, matando muriendo si hacía falta.

Escribo en caliente mientras un torero sigue en la enfermería porque un toro le ha atravesado el muslo. Hoy el blog está para poca poesía. Escribo en caliente mientras a Iván Fandiño le taponan el boquete por donde en cada minuto, en cada instante de su vida, puede escapársele la misma vida.

Salud, Iván. Salud, torero. Que el dios de los toreros te guarde.


(Como en este blog no tienen cabida las fotos de las cornadas, de nuevo recurro a una maravillosa foto de Juan Pelegrín. Iván Fandiño en luz. Como esta tarde. Tan torero.)

domingo, 19 de mayo de 2013

Un torero de espaldas


No he querido leer nada sobre lo escrito en la tarde de ayer. Sólo mi memoria y mis tripas.

La tarde de ayer. La tarde de Talavante y de los Victorinos. La de las Ventas a reventar. La de las decepciones y los silencios. La de las ilusiones rotas. La de la soledad inmensa del que apuesta a cara y sale con la Cruz a cuestas por un víacrucis de albero ante veintitantas mil almas quebradas, jaleando. Crucifícale.

Sólo he entrado de puntillas en el blog de Juan Pelegrín a mangar una foto que resume lo que fue la tarde, con un toro yéndose, medio toro en la foto, y un torero de espaldas, impotente, desbordado.De espaldas, como si nada hubiese venido de cara en la tarde del ventarrón y el frío.

No hubo buenos ni malos. Ni toros. Ni torero. Ni tienen razón esos que parece que se alegran de que la tarde fuese en picado. Ni los que tapan lo que ni el propio torero pudo o supo tapar. Un torero al que respeto hoy igual que ayer.

Hoy, supongo que roto por dentro, como se rompen los que se embarcan en una apuesta tan cara como la misma vida y no pierden la vida pero pierden el todo o nada contra toros que no fueron los toros que se esperaban. Roto como el que pierde la apuesta contra el espejo, que es la apuesta más jodida, a solas con uno mismo.





Tendido de sombra y gintonic en un bar de Ledesma. Tendido abarrotado de gentes del campo, sin esnobismos, con callos en las manos y muchos años a las espaldas. Gente curtida junto a las dehesas, mamando toros, viendo toros, conviviendo con los toros. Gentes que guardaban un silencio reverencial ante la pantalla de plasma como si estuviese el Papa impartiendo la Urbi et Orbi desde el balcón de San Pedro.

Silencio. Respeto. Y de cuando en cuando el murmullo en la mesa de al lado: ese toro no parece de Victorino; este no sabe por dónde meterle mano; si este toro no fuese de Victorino quemaban Madrid; éste no estaba preparado para una encerrona así. Y otra vez el silencio. Y el calor del carajillo.

Silencio. Ese silencio de quienes esperan y se van para casa con las ganas. Y el triunfo claro de quien se embolsa unos tendidos llenos de gente y vaciándose de alma. Glin, glin, glin, haciendo caja. Otra encerrona de poca gloria, poca chicha, poco oficio ante unos cárdenos que tampoco le hicieron los honores a su estirpe. Ni el aire ni puñetas. La tarde también estuvo de espaldas.

Otros hicieron la gesta más curtidos, más toreros, más veteranos. Ruiz Miguel, Andrés Vázquez, Capea...que tantas veces se mancharon la seda de sangre propia. Que tantas veces se hicieron inmensos ante la cara del toro. De cualquier toro. Maestros.

No seré quien haga leña. Nunca ante un tío que se pone frente a un toro. Ni antes ni después. Talavante sigue siendo ese torero que apostó fuerte, que no vio el precipicio que también podía ser esa apuesta a fondo perdido si las cosas no rodaban, que a la postre salvaba un mediocre abono de Madrid.

Talavante sigue siendo ese torero del siglo XXI que sacó el toro de la caspa con un anuncio que obligó a hablar de toros a televisiones y medios que silencian a los toros. Talavante sigue siendo uno de los poquitos que tiene claro que hay que abrir la puerta del toreo a las nuevas generaciones, a los nuevos tiempos.

Talavante sigue siendo ese torero que dibujó naturales eternos en Zaragoza, improvisando como un músico sin partituras, deslumbrando. Ese torero que apostó contra sí mismo y perdió contra el espejo, aunque mañana seguirá toreando y creciendo. Madurando. No me cabe la menor duda.

Desde aquí mi respeto y mi admiración por la gesta, por el gesto, para un torero con el alma rota que hoy andará recomponiendo, a golpes de memoria, qué se hizo mal. Por qué no salió bien.

Hubiese sido maravilloso sacarlo a hombros. Aplaudir a los toros por su bravura. Reventar de emoción Las Ventas, mostrarle al mundo la grandeza del toreo.

Ayer, en el fondo, todos perdimos. Menos los empresarios. Glin, glin, glin.

jueves, 16 de mayo de 2013

Morante y mayo


Madrid viste hoy Morante y mayo. Morante y sueño. Morante y esperanza.

Morante, ese personaje, ese torero, ese hombre que habita cerca de los dioses y se codea con ellos de cuando en cuando y los trata de tú cuando se sientan a su lado. Morante fumándose el tiempo liado en tabaco y oro. Habanos perfumando el toreo caro, el capote en el aire, el último aliento de una media que no se acaba, de una belleza que se resiste a morir en el instante. Morante único. Morante eterno.

Será o no será. La incógnita cosida siempre a la seda, a la voluntad, al músculo y al latido. El sino de los genios.

Y si es, los poetas ahondarán en el verso y los redichos de nuevo cuño aliñarán el misterio con la cursilería de unos cuantos caracteres. Morante inabarcable. Con lo fácil que es cantarte, explicarte, sentirte.

Y si no es, aquí queda la crónica adelantada de quien siempre te espera, de quien no necesita otro tiempo que no guarde ya la memoria. Tu muñeca prodigiosa, el mentón apuntando, disparando al pecho. La fe burriciega y sinsentido, tan hacia adentro, tan loca, tan intensa, de quien ha visto tantas veces el milagro que no necesita decirte, que no necesita nombrarte para seguir apostada a tus puertas. Ahora y siempre. Así en la tierra como donde digas.

Madrid se convierte hoy en un templo de ladrillo colorado, templo de sangre y albero, tendidos de sombra y de gloria, llave de la grandeza o del silencio.

Morante en luz. Morante siempre en genio. Y ahora la espera, la fe, el credo.

Sea o no sea. Amén.



(La foto, como una estampa a la que rezarle, es de Juan Pelegrín. Un grande)

jueves, 9 de mayo de 2013

...Y arriba el cielo, tan sin puertas


Hoy se abren las puertas de la emoción. Las puertas de los sueños. Las puertas de la gloria o del olvido. Esas puertas que te abren el mundo de par en par o te dejan estrellado contra las tablas, vacío, roto, como si más allá de esas puertas no hubiese vida.

Madrid se viste de primavera y de toros, de clavel reventón en la solapa, de tardes de sol y de lluvia, de apreturas en los tendidos, silencios junto al ladrillo y padrenuestros antes de echar el pie y jugársela a cara o cruz. Y arriba el cielo, redondo, implacable, tan limpio, tan de todos. Tan al alcance de la mano cuando te alzan sobre sus hombros los hombres y los dioses te dejan tocar por unos instantes su pequeño paraíso.

Madrid se empapa del veneno que nos une, de esta fiebre que nos da la vida, de esta pasión de la que renegamos cada día igual que Pedro negó al mismo Cristo, para estar de nuevo apostados a las puertas de mayo aguardando la magia, el misterio, el será hoy y decir otra vez la letanía del capote, el verbo de la muleta, creo en Dios Padre como creo en Morante, como creo en todo lo intangible que me rasca por dentro, como creo en ti.

Hoy se abren las puertas de la palabra y de las pasiones. Y también la puerta del silencio, si el silencio es la dignidad de quien no escribe para asegurarse un salario a la sombra de nadie; si el silencio es el precio de la libertad de decir, de escribir, de pensar y no dar ni un paso atrás aunque la calle se quede demasiado ancha en el día a día. Y vivir, y jugársela también cada tarde ante una pantalla en blanco y una cabeza en ebullición ordenando lo que no tiene sentido, contando lo invisible, el milagro que cada día se redacta sobre una biblia de albero. Silencio que no duele si el hombre es dueño de sus silencios, dueño de sus palabras. Si nadie puede ponerle puertas al silencio, mordazas. Tu silencio, Javier. Así está esto. Así nos va.

Hoy se abren las puertas. Sonarán los cerrojos, y el aliento cálido del toro que aguarda en chiqueros, y el sudor frío de quien no mira hacia atrás por si no hay camino de retorno, y el runrún de la primavera y los hielos de los gintónises, y el humo perfumado del puro. El catedrático de turno recitando despropósitos en voz alta, los fotógrafos clickeando la eternidad, el papel de la encerrona por las nubes, los teclados ardiendo, la memoria rebosada, los papelillos volando a merced del viento, los cascos de los caballos, la lágrima, el pellizco en las tripas, el reseco en la garganta; el drama aguardando por las esquinas, el alcohol y el bisturí, las batas blancas, la seda de colores, el oro y la plata. Madrid.

Y arriba siempre el cielo, redondo, tan sin puertas. Tan caro.



(La foto es de Juan Pelegrín, que posa como nadie su mirada sobre el albero venteño)




sábado, 18 de agosto de 2012

Fernando, la Cruz


Ha tenido que sobrevolar la muerte. Ha tenido que ser la sangre, la brecha en el estómago, la que les recuerde a muchos tu nombre. Fernando. Fernando Cruz. La cruz del toreo.


La cruz de tantos días en blanco soñando toros desde la niñez. La cruz de las puertas cerradas, de los despachos desmemoriados y los teléfonos que nunca suenan. La cruz de no haber entrado en el juego de cromos que se traen los empresarios que confeccionan carteles de intercambios a los que difícilmente acceden los toreros modestos que no tienen quien les escriba, quien les mueva los sutiles hilos con que se sujeta el sistema.

Mientras escribo esto, Fernando Cruz se recupera en una UCI de Madrid de un tabacazo en el día más taurino, más torero del año. Un tabacazo por donde se le ha podido ir la vida. Y probablemente no le hubiese importado morir en el epicentro de sus sueños, en esa Plaza de las Ventas que ha sido testigo de su toreo de verdad, de sus impecables maneras de andar, hacer y mandar en la cara del toro. Pero nació Cruz, con la cruz de los independientes a cuestas. Con la cruz de los parias sin padrino. Con la cruz de que no basta ser un torero de pies a cabeza para acceder al circuito de las ferias sin dejarse jirones de dignidad por el camino, rebajas en los salarios, tragaderas más anchas.

La cruz de saberse y sentirse torero y no poder pisar el albero por políticas de quita y pon, de intercambios rastreros que garantizan inmerecidas tardes a quien no las pelea y sacude de un plumazo a los que se ganan cada comparecencia a cara de perro, hasta vaciarse enteros, como aquella tarde de agosto con dos de Victorino en San Sebastián, cuando Illumbe tembló desde los cimientos conmovidos ante la belleza de su capote, ante los lances puros, la verdad y la hondura de su muleta domeñando a la bestia.

Fernando nació con la cruz, el veneno del toreo. Con voluntad de hierro y corazón limpio. Soñaba, sueña el toreo. Desde niño, cuando apenas sabía escribir y ya lo escribía en cartas a su padre, como quien escribe una declaración de intenciones, un compromiso para toda la vida. Y lo atesora en sus muñecas, por los poros. Se nace o no se nace, igual que uno se muere de verdad cuando un toro le mete más de una cuarta de pitón por el vientre. Sobrevivir es el milagro. Dentro y fuera de los ruedos.

Espero, torero, que ese #FuerzaFernandoCruz que te manda el universo taurino como grito unánime, como oración por tu vida, se transforme mañana en un #JusticiaparaFernandoCruz. Justicia para los toreros que merecen ser reconocidos por sus tardes de gloria, por las lecciones de valor, honradez y oficio que rubrican en la arena; no por la foto mil veces repetida del de Gavira abriendo un precipicio por donde despeñar vida a raudales. Esa foto que no quiero ver, esa cruz en forma de asta donde inmolar a un torero después de cargar con la otra cruz, la más pesada, la del silencio del día a día.

Espero, Fernando, que dejes de ser la cruz del toreo. Que las cosas te vengan de cara, que muestres en plenitud el toreo caro con el que te bendijeron los dioses. Que la vida te muestre una cara más amable después de sobrevivirla.

Dios te guarde.



(Artículo publicado en CULTORO. La foto, con un tío de Cebada, está tomada del Facebook de este torerazo. Mucha fuerza!!)

lunes, 24 de octubre de 2011

Chenel, para siempre

Dice mi padre, que entonces era un joven pintor de veintipocos años, que aquella tarde de mayo hacía calor en Zamora. Y que al llegar a su estudio un vecino, con la ventana abierta y el televisor encendido, le dijo: "¡¡Artista!! menuda faena acaba de hacer Antoñete!!.

Y ahora, casi cincuenta años después, se le hace un nudo en el estómago viendo aquellas imágenes en blanco y negro del toro blanco y negro, del torero blanco y negro, el mechón tan blanco, los huesos tan sin calcio, el capote hambriento de la posguerra, la muleta planchada, tan roja entre tanto gris, el toreo chelí, la distancia perfecta, el natural infinito, Las Ventas patas arriba. Aquel día de mayo, las ventanas abiertas, el televisor encendido, el prodigio en blanco y negro.

Antoñete se despide hoy de la afición, chaquetilla verde botella, la Virgen de la Paloma a sus pies, Madrid lloviendo, lluvia lila y oro, rosa y oro, lluvia de otro tiempo. Torero de cuerpo presente, todo el tabaco en el pecho, toda la vida a las espaldas. El traje lila y oro en la silla, preparado para torear por celestiales y detener el tiempo donde dicen que no existe el tiempo.

Y porque hoy el corazón del toreo late en Madrid, convertid la plaza de ladrillo rojo en una fiesta. En la celebración de setenta y nueve años de vida. Que Las Ventas sea el alma, la voz ronca, el llanto y también la primavera, otra vez mayo, siempre mayo. Como si el cielo fuera rabiosamente azul detrás de la lluvia, detrás de este gris tan gris, detrás de la pena, que siempre escampa.

Que el último paseíllo sea una acción de gracias por tanta belleza como nos deja, por aquella izquierda que llevaba al paraíso; mi corazón lila y oro honrando al hombre que desciende a la tierra; al torero que ya está más allá de la vida, que ya es eternidad. Y memoria, que nunca muere.

Yo te doy las gracias, Chenel. Con el pecho partido y la sonrisa en los labios. Gracias por tu vida, Antonio Chenel Albadalejo. Y esta ovación te dedico, viéndote traspasar a hombros la puerta grande de la leyenda.

Gracias, maestro. Hasta siempre. Para siempre.


(Las fotos son de Juan Pelegrín y Javier Arroyo, dos grandes)

sábado, 22 de octubre de 2011

Chenel, por la puerta de la gloria

Hay nombres que antes de escribirlos dan ganas de persignarse, como si necesitásemos agua bendita en los labios para no mancharlos, para que sean siempre viento. Nombres que dan ganas de limpiar el teclado antes de engarzar sus sílabas. Nombres que no sabes si pronunciarlos o rezar un Credo, porque son más verdad que todas las Biblias, más eternos que todos los dioses.

Hay nombres tan grandes que piensas que no caben en la pantalla del ordenador, sólo en el infinito, el pecho por delante en el viaje bravo de un toro blanco de Osborne, en un manifiesto del temple redactado con la mano izquierda; la más noble, porque no se ayuda con la espada. Nombres con un mechón blanco sobre la frente como una bandera proclamando soberanía sobre lo creado. Nombres que susurran a los bravos, los huesos como el cristal. Nombres de seda, muñecas de seda, lila y oro, que encierran todos los nombres, toda la historia del toreo . Y cuando los pronuncias es como si el mismo aire te acariciase, como si invocases algo más allá de la vida, más allá de la razón, más allá del pulso y de los latidos.

El maestro Antonio Chenel, Antoñete, ha muerto hace unas horas en una clínica de Madrid. De un tacabazo, en sentido estricto. Un tabacazo que no tenía apariencia de cornada, ni carnes abiertas, ni el precipicio de la vida en el instante, ni sangre a borbotones sobre la sábana. Es lo que tiene haberse fumado el mundo; liarse la vida en papel de fumar, apurarla y devolverla al viento. Vivir.

Antoñete sólo se podía morir de un tacabazo, en torero. Tan torero. Tan para siempre. Nada de cánceres, ni de enfisemas ni otros vocablos que se localizan en la geografía del pulmón, el corazón tan cerca. Mi corazón tan roto, Madrid tan huérfana, reconstruyendo un templo en ladrillo rojo, memoria y despedida. El penúltimo paseíllo, apuntando a lo alto. Su plaza, su casa. La primera escuela de un niño que se asomaba al toro, que soñaba el toro. Un templo para un adiós de mano baja, sin letanías ni incienso, sobre la arena, de pie, en vertical, como se van los toreros eternos, la garganta rota, el capote anudado a la espalda, la inmensa generosidad con el toro. Tan torero. Tanto.

Antonio Chenel ha desandado hoy todos sus años en la tierra, tan leve.

Dios guarde al maestro Antoñete, que abre hoy la puerta de la gloria.

(Te abrazo, Rosa)

viernes, 14 de octubre de 2011

Un minuto de silencio

(A la memoria de Manuel Martínez Molinero)

El silencio tomó la plaza de Zamora después del paseíllo. Un minuto de silencio en homenaje a una vida por y para el toro.Y después, la vida: el rito, la liturgia, la promesa de la tierra: Alberto Durán en el ruedo. Y usted más allá, Martínez Molinero que estás en los cielos.

Callábamos en señal de respeto. En silencio, como se hacen las cosas de verdad. Como se hacen las cosas de ley. Como se hacen las cosas del corazón, que no se anuncian. En silencio. Con un silencio que no daba miedo. Silencio sin penitencia, que no es el que jura la ciudad antes de que su Cristo, el de Olivares, abra sus brazos como la cruz de la espada, con muleta de paño pardo, capote de cardos y matracas por clarines, en la noche del santo Miércoles. De esta vida a la otra vida, del Duero a la piedra.

Guardamos silencio en esta tierra de silencios a la que regresaba hace unos meses, cuando disfrutamos de su cátedra, de sus directrices de aficionado exigente, de maestro sin hora de jubilación. Le recuerdo en pie, el café en los manteles, recitando el toreo con voz solemne, los pies clavados en la tierra, dibujando lances imposibles, echándose el mundo a la espalda, como una media belmontina de Andrés Vázquez, mientras la mirada azul de Pascual Mezquita no ocultaba la admiración y el orgullo del discípulo agradecido, del torero y el hombre que se viste por los pies.

Yo pensaba entonces: “¡qué suerte tienen los chavales de Madrid!”. Esos chavales imberbes que dan un paso al frente y acuden a la Escuela Taurina, cuyo germen comenzó en esta Zamora, su tierra y la mía, cuando un puñado de adolescentes pusieron en sus manos sus sueños de torero. Y toreros siguen, al volante de un coche oficial, o ante los fogones de una cocina, si también entre los pucheros torea garboso el Señor.

Gracias, don Manuel, por el inmenso trabajo en la trastienda de la tauromaquia, por las innumerables páginas rubricadas en la arena por sus alumnos. Descanse en paz, y no vea el desaguisado que se cuece en las cocinas de la fiesta. No deje que le partan el alma.

Descanse y siga abriendo los brazos a quienes digan: “quiero ser torero”. O no descanse y monte una Escuela de Tauromaquia allá arriba, para las almas cabales, para los toreros de lo eterno. Muéstreles los lances por celestiales. Enséñeles a apretarse los machos, que nosotros se lo agradeceremos aquí abajo, en este albero de surcos y palomares que le vio nacer, celebrando la vida en cada paseíllo.

Celebrando su vida. Va por usted, don Manuel Martínez Molinero.

viernes, 15 de octubre de 2010

Frascuelo, cicatriz y pellizco


Duele la luz rota del otoño, silencio y octubre en Parla, Madrid más allá, abriéndole los brazos a lo cotidiano, cerrando los ojos, ajena, desposeída, sin saberse. Duele la belleza del instante, el 'click' de la cámara de Alfredo quebrando el secreto, desvelando lo que muere sin anunciarse, el arte efímero de una tarde, lleno de nadie en los tendidos.

En la arena sin sangre la circunferencia es un teorema de lo perfecto. Vacío de no hay billetes, paseíllo en la nada, santo patrón del olvido, liturgia de quien vive en torero, de quien rezuma torería en cada milímetro de la piel. Un hombre recuenta otoños en los dedos, el mentón hundido, la verdad al peso; torero vistiendo al aire de torero, perfil torero, silencio torero, el gesto, la gravedad, los ojos cosidos a las astas sin hondura, las palabras apretadas contra los dientes. Torero.

Un toro sin médula, vacío como el vientre sin útero, como la espiga sin grano, como el amor sin heridas, como el dolor sin lágrimas. Un toro sin vísceras, ni corazón, ni tripas que quemar en el fuego de la seda, en la hoguera del percal, la inmortalidad que sólo otorga la espada, el acero de la vida. Toro que humilla tras el eje de una rueda que hace girar la tierra, ahí mismo, en Parla, bajo esta luz rota que duele, en esta tarde anticipada de noviembre y crisantemos, la lluvia recién prensada, soledad de reventa. Un toro gimiendo bravura sin veneno, entregado, embebido en el capote de los diarios, soñando la divisa de la guerra, el aliento en los muslos, el vértigo en los tobillos.

Un hombre meciendo la nada, cicatriz y pellizco, verónicas en blanco y negro, como una estampa conjugada en pretérito, un 'click' en medio del silencio, un lance, un beso, no más. Frascuelo en Frascuelo, chándal y oro, torero desde el cabello hasta la punta del pie, el nombre antiguo, pureza y esencia, los dedos sosteniendo el milagro sin darse importancia, desdoblando verdades a puerta cerrada, en carne viva.

El mundo en la arena, silencio a reventar en el tendido, el 'click' de la cámara, Frascuelo, torero siempre.

Afuera, el otoño, tan leve.


(La fotografía, tan maravillosa, tan mágica, es de Alfredo Arévalo. Mil gracias, amigo)

viernes, 4 de junio de 2010

Sonríe junio en tu capote



Sonríe junio, desperezándose en el capote mágico de Morante como quien despierta del sueño de la muerte, del tedio de las tardes sin alma, de los toros sin casta, de los toreros sin sombra.

Sonríe junio en la liturgia más pura, la verónica bendecida en el aire que detuvo el tiempo a su capricho, Madrid enloqueciendo, recitando con voz ronca, asintiendo al imposible que se hizo posible esculpido en el albero.

Morante sobrevolando los sueños, adivinando las palabras y el verso antes de ser dichos, consolando el maltrecho orgullo de una plaza con la emoción mermada en tantas tardes de silencio, en tantas muletas sin memoria, en tanta promesa sin flor.

Sonríe junio y casi no se lo cree, si Morante vive siempre al filo del milagro, si es el tributo de los dioses descendido a la arena, carne inmortal de la gloria cuando se posa sobre el instante. Unos segundos apenas, la eternidad cosida a los vuelos, pañuelo de seda envolviendo veintipico mil almas sin arrugarse, la chicuelina abrazando al mundo,el mentón escarbando el pecho, buscando el latido, sosteniendo la boca impenetrable, labios que citan como besos, locura, precipicio de silencios y sabiduría.

Sonríe junio desatando por su mano la maravilla de lo no creado, inspiración que no duele pero abrasa de pura belleza. Sonríe junio en las manos rotas, en las gargantas tronando, en la pleitesía de una princesa a quien no se sabe, no se dice, rey ungido en el óleo de la media a la espalda, belmontina.

Sonríe junio en las tres sílabras de tu nombre, Morante, tres poemas, tres agujas, tres caricias, tres vidas después de la vida para saberte, para creerte, para recitarte en voz baja como quien reza a escondidas.

Sonríe junio en tu capote eterno, Morante. Sonríe junio tras tus pasos, encendiendo en oro y verano al mismo sol.

(Para mi amigo José Luis, desde la emoción compartida. La foto, eterna, es de Juan Pelegrín)

viernes, 28 de mayo de 2010

Recitaré en tu nombre


Recitaré en tu nombre, Julio Aparicio, hasta que tu lengua pueda pronunciar la vida, hasta que tu garganta recobre las palabras y la voz que escapó por el boquete del instante un viernes por la tarde, Madrid ardiendo en los tendidos.

Recitaré en tu nombre, Julio Aparicio, las mil letanías al dios que protege a los toreros, a la esperanza prendida en el paladar como un plato que saborear muchos años, envuelta en seda y oro, en el toreo caro de los que sueñan sobre la arena mientras los demás danzamos en derredor de sus genialidades.

Recitaré en tu nombre oraciones por la noche, cuando los hospitales duermen y las sirenas se callan, cuando todas las lenguas se detienen y no pronuncian más nombre que las sombras, la claridad en ciernes de un nuevo día.

Recitaré en tu nombre la blancura de las sábanas, poemas de dolor en ausencia de muerte, la herida lenta engendrando nuevos versos en tu capote, nuevos tiempos conjugados en muñecas de terciopelo, en la danza sin tiempo del percal provocando, encendiendo en bravura las astas.

Recitaré en tu nombre, Julio Aparicio, caricias sobre el albero, seda satinada en fucsia lamiendo la arena como un beso sin lujuria, como una confesión sin guardarse nada, como un precipicio de silencios que llenar en tus manos cadenciosas, más allá de las palabras, más allá de mi cántico, de tu nombre y de todos los nombres.

Recitaremos juntos la alegría, conjugaremos la vida un viernes futuro, Madrid ardiendo. Recitaremos en tu nombre, Julio Aparicio, depositando en tus labios los nombres, el aire, calma, alivio y tiempo.

(Gracias, Juan Pelegrín, por la inmensa foto, la inmensa ventana de los ojos azules)

viernes, 7 de mayo de 2010

Un día en Las Ventas


Así, ‘Un día en Las Ventas’, se titula el libro del fotógrafo Juan Pelegrín, con textos del maestro Esplá, donde recogen, en imágenes y sentimientos, el ambiente del epicentro del mundo taurino, Las Ventas del Espíritu Santo.

Tres jotas, tres, tiene la fotografía taurina para desmonterarse sin reservas: Juan Pelegrín, José Ramón Lozano y Javier Arroyo. Tres ‘jotas’, tres, que, como esos tres jueves-jota, relumbran más que el sol. Porque es un privilegio, contemplar a través de sus ojos, llegar donde nuestra mirada no alcanza y hacer nuestras sus emociones.

Juan, que de cuando en cuando bebe atardeceres al pie de la muralla, que de cuando en cuando refresca su alma en el Duero, nos lleva de la mano a la garganta reseca de los toreros antes del paseíllo, a los miedos junto a la pared de ladrillo visto; al viaje de vértigo por las astas de los toros; a las imágenes de devoción que eligen por templo el revés de una montera; a los dedos que trazan la cruz sobre las carnes; al dibujo que surca el tiempo en el aire cuando Morante se lo fuma liado en hojas de habanos.

Juan nos lleva de la mano a la textura rugosa del albero bajo las zapatillas, al aliento del toro antes de la primera embestida, al olor de la madera reseca de la puerta de toriles, a la oscuridad que despunta en luz clamorosa cuando Madrid festeja a su santo Isidro.

Juan nos lleva de la mano a las puertas del cielo, que vierten a la calle Alcalá. A la caricia metálica de los clarines, al rumor de tragedia y gloria, seda y sangre. Al milagro que vivimos cuando Madrid nos convoca a nuevas tardes en Las Ventas, como si fuesen el único, el primer día.

sábado, 6 de junio de 2009

A golpe de viento y herida


Escribo mientras la emoción embarga a los tendidos madrileños en la despedida al maestro Esplá, que sujeta en sus muñecas a veinticuatro mil almas en pie. Mientras el viento se agita como si fuese un pañuelo blanco para homenajear y para despedir, para abrir con sus dedos invisibles la última puerta grande del genial alicantino en una plaza que siempre le quiso.

Escribo ahora que Madrid ha abroncado a Morante, el torero por el que me parto la camisa, aunque no sea políticamente correcto. Ese Morante con capote de seda y prodigio que hace apenas unos días enamoraba a Las Ventas con sus lances de caricia y milagro. Ahí reside la genialidad de los toreros de arte: en la frontera de la maravilla y el petardo, entre la bronca y el suspiro, entre el suelo y el cielo, entre el plomo y la brisa, al alcance de tan poquitos.


Escribo a golpe de sábana y paciencia, prendida en la herida de Israel Lancho, que ya quiere ponerse en pie sobre la arena, vertical sobre sus casi dos metros de estatura,
y cerrar el cornalón cosiendo faenas, depurando sueños, esperando el momento de citar de frente a un toro bravo ante el que se inmolaría sin perder la sonrisa. Que cuenta en la soledad de la clínica las horas para volver al albero y ofrecer de nuevo el pecho a los cuchillos de un toro y romperse con él por dentro, sin fisuras en las carnes, sin que nadie lo sepa, sin que nadie lo sane.

Escribo con la emoción de la herida y de la gloria, la cara y la cruz, el misterio que hace grande todo lo que envuelve la fiesta. Aunque suene a tópico, estos hombres que visten oro y plata están hechos de otra pasta, de otra madera, de otra materia a la que el resto no tenemos acceso. Viven en una tierra sin miedo y sin dolor, donde la arena es como un altar donde ofrecerse, donde compartirse, donde no guardarse nada.
Quizá porque conviven con la muerte le hablan de tú a tú y la miran a los ojos, en corto, sin recelo, como quien saca una cajetilla de tabaco en una máquina de bar.

Escribo desde una noche que apunta a lluvia como si fuesen las lágrimas que Madrid ha derramado hoy, que limpian las tardes de tedio, porque cuando la grandeza del toreo empapa los tendidos, todo queda atrás, como si nunca hubiese sucedido.

Y escribo intentando curar con palabras. Buscando despedidas, palabras de viento y herida.

(La foto es de Efe)

sábado, 30 de mayo de 2009

Ángeles y demonios


No es el título de un best seller de consumo ni de la última película sobre conspiraciones vaticanas más allá del bien y del mal.

A veces los ángeles, apostados en el burladero de los sevicios médicos, contrarrestan los desaguisados de los demonios de los despachos, donde los modestos apenas hacen ruido, sin exigencias de caché y ganado pasado por el aserradero.

Ocurría el miércoles, pero aún tengo en la retina, incrustado en la memoria y en el estómago, el cornalón sufrido por Israel Lancho, oscilando entre el cielo y el suelo, entre la vida y la muerte, prendido del asta de un Palha al que se enfrentó supliendo con valor su falta de oficio y de rodaje.

Lancho apostó todo o nada en la estocada al sexto; matando, casi muriendo, con el hambre de los que llegan a Madrid con la hoja de servicios inmaculada. Lancho se enfrentó con la muerte a cara de perro en su primera comparecencia de la temporada. Los demonios de los despachos lo llevaron a anunciarse en un cartel para el que no está preparado, con toros-toros que las figuras –que por valor y por oficio deberían lidiar estos hierros–, no quieren ver ni en pintura.

Se lo llevaron a la enfermería como a un Cristo recién descendido de la Cruz. Con astillas incrustadas en las carnes. Con lentejuelas incrustadas en las carnes, sangre y oro, el precio de la gloria. Con las carnes abiertas por un puñal que abrió una brecha por donde pudo escaparle el alma, mientras a los demás se nos reventaban también las carnes de puro dolor, como si descubriésemos por vez primera la tragedia de la fiesta.

Ángeles sobrevolaban la plaza y lo descendieron a las manos de García Padrós y su equipo, mientras los demonios de la vanidad y la insensibilidad tomaban a partes iguales una plaza que pierde a pasos agigantados su esencia y su criterio. ¿Quién, en esos momentos, pudo aplaudir a un toro? ¿Quién, en esos momentos, fue capaz de ovacionar a un mayoral que salió a saludar, animado por el ganadero, cuando la vida de Lancho era incertidumbre sobre el hule?

Ángeles y demonios se dieron cita en Madrid. Y las manos de Dios dejaron su huella en los bordes del precipio, suturando con esperanza la herida.

(La foto, una vez más, es de Juan Pelegrín. La columna aparece hoy en el suplemento La Glorieta de Tribuna de Salamanca, que llega a su número mil. Con mi querido Alfonso siempre en el recuerdo y en el corazón - gracias, maestro, por tu pluma de hiel y terciopelo-, felicidades, Paco)

viernes, 22 de mayo de 2009

Morante se fuma el tiempo


Morante se fuma el tiempo en su puro de entre toro y toro, musitando secretos en cada bocanada como quien desgrana las cuentas de un rosario y lanza sus misterios gozosos al viento.

Morante aspira las palabras que se perdieron en la arena, devolviendo al aire el círculo caprichoso que traza su aliento, la alquimia del humo al beso; del beso al capote; del capote a las tripas, doliendo de puro bonito, tan adentro.

Morante se fuma a los dioses en el callejón, meciendo en sus manos el bramido seco de un templo circular en pie, de Madrid al cielo. El rito, el purgatorio; el incienso del toreo consumiéndose para siempre en su boca, perfumando, bendiciendo.

Morante se fuma las plegarias y escupe versos, los párpados caídos, puyazo que no hiere en el pecho, la carretera de la sangre en la palma, la izquierda que acaricia y castiga como un amante en celo, el corazón galopando. La locura. El silencio.

Morante se fuma el tiempo y lo lía como tabaco de aroma en las puertas del deseo, quemando seda sobre el estómago, dictando verónicas como lenguas recitando el toreo antiguo; la verdad, el gozo y el duelo.

Porque perdí mis palabras en el albero de abril, no quise recuperarlas en este isidro venteño; necesitaría inventar palabras nuevas para perderlas en la estela de la liturgia bendita de su toreo. Soñadlo como si no hubiese ocurrido para volver a soñarlo más allá de este mayo que ya es humo de pureza y cante jondo entre sus dedos, palmas por bulería lejos del mar, 21 de mayo y de gloria, gargantas abiertas, palomas, pañuelos.

Y callad, que parece que reza. Pero no reza: Morante, tabaco y oro, sólo se fuma el tiempo.

(p.d. Morante fumando el tiempo, según lo soñó en su cámara Juan Pelegrín)

sábado, 9 de mayo de 2009

Madrid, santo y seña


Madrid ha abierto sus puertas como una promesa de mayo. Sobre el papel se refleja uno de los ciclos isidriles más flojos y menos atractivos de los últimos años, pero la magia del toreo reside en la incógnita.

Así quiero pensarlo con los tendidos vestidos de estreno, con un abono sin consumir que dicta la primavera según San Isidro. Por delante quedan muchas tardes, muchos nombres, muchos hierros que desgranar, disfrutar y sufrir, con la ilusión depositada en el toque de clarines y timbales, cuando las puertas se descerrajan y comienza el paseíllo.

Madrid abre sus puertas como una promesa con ausencias que la afición no perdona, pero también con nombres que pueden resucitar las esperanzas. Es también la hora de los modestos, de aquellos que para llegar hasta los ladrillos colorados de Las Ventas del Espíritu Santo superan una carrera de obstáculos que se les olvida cuando ven la estructura neomudéjar que se alza ajena al paso del tiempo, al bullicio de cada tarde, a los tendidos de cemento y ‘japos’ de los domingos de julio y agosto.
Es el corazón del mundo taurino, el epicentro de la fiesta, la llave y la clave de quienes quieren ser algo en esto. El sueño, la meta y también el fin. Es el pulso, la vara de medir, la arena sobre la que se escribe el futuro de los que llegan a jugársela a cara de perro.


Es San Isidro, con claveles en los tendidos, los rigores del 7, los pijos de sombra, los puros de barrera, los cabales y los menos cabales, los apasionados y los descreídos. Porque allí cabemos todos. Porque allí siempre planea el milagro.
Es el Madrid castizo de los callos banderilleando en el paladar y los encuentros berrendos en café y copas en los bares de los alrededores. El Madrid que viste de gloria a un torero cuando lo saca en volandas por esa puerta donde, dicen, el cielo se ve más cerca, donde el cielo se acerca para que quienes salen a hombros lo puedan rozar con los dedos y llevárselo prendido en el oro y la seda.


Es el Madrid de chulos y goyescas, de gatos, colchoneros y merengues, de tomistas y morantistas, de creo en Dios Padre según el toro. Madrid de puertas abiertas al mundo, Madrid de mayo, santo y seña, santo Isidro.

(La fotografía es de sports.espn.go.com)