jueves, 29 de diciembre de 2011

Aquel chaval de Guarrate

Lo recuerdo como aquel chaval de pocas palabras que hace veinte años visitaba de cuando en vez la redacción del viejo 'Correo de Zamora', siempre acompañado de su tío Juan que, a falta de cuartos y de padrinos, invirtió en su afán de ser torero la fe a fondo perdido y una sonrisa en los tiempos más duros, cuando vio que aquel sueño se quebraba y decidió cambiar la muleta por un par de rehiletes, pulir en plata un futuro que en oro se antojaba poco menos que imposible.

Aquellos primeros pasos sobre el albero siempre fueron ligados a mis primeros paseíllos sobre las letras, sobre la tinta negra que emborrona el blanco papel de los periódicos. Y ahí, en las hemerotecas, quedó escrito el nombre de aquel chaval de Guarrate que llevaba el toro tatuado en el alma, con la hondura que imprime el poso de esa tierra, La Guareña, que no se entendería sin la piel del bravo extendida sobre su historia.

Podría escribir desde la lealtad de muchos años de amistad, desde el reconocimiento a su eficacia, a su discreción, a su conocimiento de los terrenos, a la prudencia que se convierte en un cheque de vida para los toreros que tienen la suerte de que Javier Gómez Pascual les guarde las espaldas. Pero me quedo con aquel Javier gravemente lesionado que volvió a los ruedos a golpe de tesón y ganas, de una afición desmedida, torero las veinticuatro horas, después de pasar no sé cuántos calvarios en la intimidad, a puerta cerrada, que es donde se lidian las grandes faenas de la vida.

Lo recuerdo como si fuera ahora. Lo que no sabía entonces es que veinte años después admiraría sin reservas a aquel chaval callado que de cuando en cuando asomaba por la puerta del viejo Correo. Un torerazo de plata que ha escrito, por derecho, su nombre en letras de oro en la historia taurina de Zamora.


(Columna publicada en 'El Día de Zamora'. La foto, ese inmenso retrato de plata, viene del ojo mágico de Juan Pelegrín)

sábado, 26 de noviembre de 2011

Oro añejo y plata de ley

Hay una frontera que separa la realidad de la magia. Un burladero donde se parapeta la vida para que siempre triunfe sobre la muerte. Un ruedo que ya sólo existe en el imaginario de los toreros veteranos, en el oro añejo de un maestro, en la plata de ley cosida a la piel.

En el aire flota Madrid rugiendo aquel 22 de agosto de 1999, cuando Carlos Escolar se alzaba por encima de los demás hombres y acariciaba el cielo por la esquina que sólo tocan quienes salen a hombros de Las Ventas, quizá donde le esperaba, fumando un puro, su padre. Esa plaza que siempre le espera, en sus luces y en sus sombras, en sus silencios, en los retazos de un torero caro, de empaque y majestad.

Una plaza que se deja acariciar por un capote de terciopelo y una muleta poderosa en un romance que pudo truncar aquel de Villagodio en la Semana Grande de Bilbao, en 1977. Pero aquí está, impregnando de oro añejo los rincones, como un Cristo al que seguimos un puñado de discípulos cada vez que se viste de luces y deja jirones de alma en su toreo hondo, en la majestad de quien sostiene su trono en la memoria de los aficionados más cabales. Torería, sólo torería. Torero de Madrid. Torero de toreros. Frascuelo.

Y aquí, tan cerca, se tiñe de plata y de azabache la mirada oscura, aquel que lleva por apellido la tierra que le vio nacer, la simiente del toreo de Tierra de Campos. Luis Miguel Villalpando. La cuna del maestro Andrés, las suaves lomas de cereal y los palomares. Tierra de capeas, y de las capeas a los caballos, cabalgando sobre un sueño: ser torero. Y de los caballos a la plata, en una decisión difícil pero sabia, que le ha hecho ganarse el respeto y la admiración del resto de profesionales.

Luis Miguel, plata de ley que atesora un torero de oro, visado de vida para aquellos que tuvieron la suerte de llevarlo en su cuadrilla, guardándole las espaldas, como si en esos ojos se resumiesen todos los tiempos, las distancias, las colocaciones, el orden perfecto de la lidia. Y más allá, una lidia más difícil, a puerta cerrada, en los despachos, donde ha defendido la dignidad de sus toreros hasta morir en el empeño. Primero, Tejela; después, Urdiales.

Hoy Zamora se viste de fiesta con dos maestros curtidos en los ruedos más difíciles que son una lección de lucha, de afición y de entrega al toro.

Bienvenidos, toreros, a vuestra casa. Y gracias. Gracias por vuestro ejemplo.

Gracias por vuestra, verdad.

Gracias por vuestra vida.

(Introducción al coloquio 'La esencia del toreo', en el homenaje a L.M Villalpando del Foro Taurino de Zamora. Las fotos, soberbias, de Juan Pelegrín)



miércoles, 16 de noviembre de 2011

Nos ponen los cuernos


Vivimos la recta final de unas elecciones en la que los políticos se han empeñado en jugar al escondite sobre la piel del toro, que no sabe, que no entiende, ni de juegos ni de política.

Con cinco millones de parados y un país en el filo permanente de la quiebra, el discurso político ha adquirido unos tintes de surrealismo con respecto a lo taurino difíciles de condensar en esta ventana pequeña por donde a veces se cuelan resquicios de mala hostia por la demagogia barata, por los ataques injustificados y por la complacencia de un sector que se muere desde dentro.

Mala hostia porque la izquierda ha emprendido un camino farragoso, sucio y bajuno, traicionando y decepcionando a alcaldes, concejales, militantes, votantes y simpatizantes que sí amamos y defendemos la fiesta. Una fiesta que nace del pueblo, a pie, cuando los caballeros descieden de su caballo y deja de ser divertimento excusivo de la nobleza. Una fiesta que nunca tuvo colores, sólo el blanco de los pañuelos en el tendido, y que los falsos progres, catetos y cortos de miras, tildan de casposa y fascistoide, quizá porque no conocen no sólo la historia de la tauromaquia, sino la de este país.

Una fiesta vilipendiada, torpedeada desde sus mismas entrañas, que los ciudadanos de a pie intentamos blindar firma a firma con escasas garantías por parte de una cúpula política que no dice 'coño' claro, mientras unos manipulan para no perder un puñado de votos y otros barren para casa para arañarlos en lo que ya es una victoria cantada. Frente a la torpe y contradictoria política prohibicionista esbozada por el PSOE (que hace dos días traspasó los toros a Cultura), el PP ha anuncido su intención de apoyar los toros, dicho con una tibieza que en nada se parece a la contundencia mostrada por el Gobierno francés cuando declaró, sin complejos y de un sólo golpe en la mesa, la fiesta de los toros como Patrimonio Cultural Inmaterial del país.

Pienso en los alcaldes socialistas de esos pequeños pueblos que se parten la cara año tras año para que en los pobres presupuestos de sus fiestas haya un lugar de privilegio para los toros. En los valientes que se han aliado en la Cataluña de la infamia nacionalista para declarar la fiesta patrimonio del pueblo. En aquella bandera republicana que orlaba el cartel de inauguración de la Plaza de las Ventas. En los toreros que pisaron el albero ofreciendo el pecho y con el puño en alto, que nunca se doblegaron al poder. Chenel, que estás en los cielos. En las gentes del campo y de las dehesas, obreros de su pan y su paz.

Pienso en los exiliados que seguían el toreo en blanco y negro, componiendo sobre sus jirones, sin ellos saberlo, los compases de aquellos 'Suspiros de España', al otro lado del Atlántico. En Miguel Hernández escribiendo sobre la sangre del toro sus versos inmortales, más allá de la celda, más allá del llanto de una cebolla desgranado en unas nanas. Y no puedo evitar una tremenda tristeza, un tremendo asco por la prostitución ideológica a la que intentan someter al toro, que no tiene banderas, ni fronteras, ni dogmas.

Mal panorama para el aficionado, que es el que de verdad sustenta la fiesta, paga para mantenerla y dusfrutarla y recoge firmas en la calle, mientras las caras más conocidas del toreo poco o muy poco hacen por la causa.

Porque por la derecha se templan los muletazos y por la izquierda cogen vuelo los naturales. Porque lleva muerte y gloria en los dos pitones, sin importarle en qué hemisferio se mueven los intereses del mundo. Y ahora, a cuatro días de pasar por las urnas, después de asistir atónita al circo político que montan sobre los lomos del bravo, me queda la inmensa duda de qué rédito político se saca de distorsionar la realidad maravillosa del toro, de escupir sobre la memoria de los hombres y mujeres progresistas y liberales que desde siempre acudieron a una plaza de toros, o de privarnos de la libertad para decidir por nosotros mismos.

Una vez más, los políticos nos ponen los cuernos en un mundo donde la única verdad que conozco es la del hombre, a palo seco, frente al toro, el último reducto de la nobleza.

Si de verdad quieren hacer algo por el toro, déjenlo, por favor, en paz.


(Ilustro este post con un toro de Picasso, el más universal de nuestros artistas. A la sombra de ese maravilloso toro, todo lo demás sobra).

martes, 8 de noviembre de 2011

Tinta y oro


Así. Como en la foto que le hizo Javier. Con su chaleco grana y oro y su camisa de puntilla. Blanca, almidonada. Periodista de raza.Ciclotímica de vez en cuando.Tan torera. Como en la foto. Con su flequillo dorado sobre los ojos y el bolígrafo por el medio del estaquillador, lidiando palabras sobre el papel blanco. Dejando fluir la tinta que corre por sus venas. Tinta y oro. Noelia Jiménez.

Tituló a su primera criatura 'Tinta y oro', aunque debiera ser 'Óleo y oro'. O 'Temple y oro', que le hubiese venido como anillo al dedo. Porque su prosa nace de los óleos y de la pintura al temple, de la mirada maestra que se posa sobre los siglos y que nos contempla en el silencio de las paredes del Museo del Prado. De maestros a maestros. De artistas a artistas. De pintores a toreros, con Noelia Jiménez, tan torera, grana y oro, urdiendo una alianza que los encadene más allá de los tiempos.

Toreros que pintan sobre la arena tardes de gloria, lances eternos. Toreros que esculpen sobre una peana de albero el instante. Toreros, artistas, que hilvanan sus nombres al de los grandes maestros del color, de las luces y las sombras, cosidos por las letras de Noelia, que se leen en prosa pero suenan a verso, a la métrica silente que esconde el toreo, que es poesía pura. Porque sin verso, sin compás y sin cadencia, el toreo no existiría. Como no existirían los latidos, ni la música, ni la vida.

Yo se la debía. No porque sea mi amiga, que lo es. Y de ley, sin prostituir la palabra ni su significado. Amiga. Le debía esta entrada en el pequeño blog berrendo porque guardo en casa desde hace casi un año su libro, que es una pequeña joya, a la espera de que me dedique palabras de tinta y oro sobre esa primera página en blanco.

Se lo debía porque ahora, en estos meses de reclusión a causa de una convalecencia, he vuelto, de su mano, a pasear por el Prado.

Y he vuelto a poner en verso las grandes faenas de esos toreros que compartimos, que nos atan a la tierra dorada y nos permiten de cuando en cuando rozar el cielo: Morante convocando a las golondrinas; Frascuelo con su torería añeja sobre los hombros; el maestro Esplá rozando el cielo por la puerta de Las Ventas; el poderoso Juli, aquel niño sabio; la mano zurda y mágica de El Cid, el valor seco de El Fundi con los hierros más duros; Abellán blanco y plata; Talavante meciendo el aire en un natural infinito; la elegancia torera de Curro Vázquez; Juan Mora vestido de Otoño, resucitando en Madrid; aquel prodigio del toreo de figura menuda y dulce acento colombiano, César Rincón; el capote de vueltas nazarenas que encendió mi alma aquel dos de mayo, Joselito, tan profundo como un océano que no conoce donde crecen las algas; la figura impecable de Ponce en el trono del toreo; la verdad descarnada, la poesía en vertical de José Tomás, más allá de los secretos más antiguos y de la propia vida, o aquella rubia coleta, Cristina Sánchez, que vistió los ruedos de hembra y seda en nombre de todas las mujeres, toreras y no toreras, que día tras día nos atamos los machos.

Yo te la debía, Noelia. Y por vergüenza, incluso por vergüenza torera, no podía esperar a que tu almohada nos desvelase los nombres de los hombres que la habitan, esa segunda criatura que ya te quema en los dedos. Aunque sé, sabemos, que el nombre de tu almohada, tu único nombre, se escribe en blanco y azabache, en tinta y luz.


(La fotografía es de Javier Arroyo, que retrata el alma de Noelia cada día)

lunes, 31 de octubre de 2011

El luto de un torero

(Para Alcalareño)

El luto cabe en un brazalete. La noche, lo oscuro, el desgarro, la nada hilvanada sobre la seda, un signo apenas circundando el músculo.

El luto es un crespón negro, azabache sobre azabache, una mancha sombría en el pecho, el corazón en un puño y el alma partida en dos. Dos palos, tu dolor por mi dolor, hermano; tu sangre por mi sangre malherida; tu latido por mi latido renegado; el aguijonazo en los lomos, dos arpones verticales ondeando en la grupa de un animal bravo que morirá sin domar, como no se doman las tormentas, ni los huracanes, ni el mar cárdeno que no entiende, que no sabe dónde se acaba el agua.

La ovación de abril en las palmas, los ojos clavados en lo azul, allá arriba, por encima de todo lo conocido, en un cielo intangible pero más cierto que la fe de los hombres, que lo que nos sobrevive. Y abajo, aquí, la tierra enfriándose, enamorada, tibia, si polvo somos que al polvo tornamos.

El luto cabe en una cinta estrecha abrazando la plata, oxidando las tripas y las venas y las arterias, sin heridas visibles ni costurones en la piel, sin sangre, sin cicatrices en el espejo, sin un capote de brega para aliviar los apretones del alma. El luto cabe en el silencio de un hombre que se juega la vida sin engaño, sin quite en el precipicio de la muerte ajena, tan sin fondo; sin taparse, cuerpo a cuerpo, el instante: o tú o yo. Un segundo apenas frente a las astas, carne contra carne, castigo.

Ahí el mundo, acordonado en lo oscuro, apretado en la seda, midiendo. Ahí lo indescifrable del dolor, la soledad del que llega a una casa sin hembra, el beso que quedó prendido en los labios del aire, banderillas de castigo contra la madrugada sin sábana; banderillas negras contra la madrugada más negra.

El luto de un torero se escribe con la ortografía de lo discreto, una cinta acaso, amordazando tanta muerte, tanta rabia, tantas lunas sin sentido, aquel día que no tuvo más días. Y ahí, allá arriba, en un cielo intangible, consolando, la sonrisa eterna de una mujer, por encima del amor, vida que no se olvida de la vida.


(Artículo publicado en Cuadernos de Tauromaquia, mi otra casa, en la edición de mayo. La fotografía es de ABC de Sevilla)

miércoles, 26 de octubre de 2011

El corazón partío


El toro te puede partir la cara en la plaza. Como se la partió a Juan José Padilla hace unos días en Zaragoza. Pero el toro también te rompe el corazón. De una cornada seca, sin astas, el dolor sin sangre en puntas. Así, de un tajazo en la moral, en los deseos, en la constancia. De pura impotencia.

Hay un torero con el corazón partío. Sin música de Alejandro Sanz. Con el corazón partío de tanto querer y no poder. Con los nudillos partíos de llamar a tantas puertas. Con la caricia del capote volando esfuerzos, con el trazo maduro de una muleta, tan mandona, tan templada, tan pura y tan clásica en su concepto. Un torerazo, qué digo.

Hay un torero con el corazón partío. Con el corazón partío de la confianza ciega que no da para más, que no es pieza importante en el engranaje de los contratos, tan sin alma. Tanto tienes, tanto vales. O tragas o te engullo. Aquí no existen los antisistema. Aquí no sobreviven los independientes. Cuando yo diga. Como yo diga. Con quien yo diga.

Hay un hombre de oro desolado al prescindir del amigo, seda y plata. Del abrazo de plata, del consuelo de plata, del consejo de plata entrebarreras, la voz de plata, el susurro en el callejón. El silencio compartido, de la soledad mascada a medias; el sudor en el campo y el aliento espeso en las madrugadas del invierno. Más allá, mucho más allá de un apoderado a sueldo plegado a las imposiciones de los poderosos, a la prostitución del euro. Un hombro para el desconsuelo, un santuario para la fe en uno mismo. Plata repujada en mil ruedos, con los mejores. Plata añeja de mi tierra zamorana, tan sabia.

Diego Urdiales y Luis Miguel Villalpando son un corazón partío, porque la apisonadora de los despachos, el juego de cromos, la ley descarnada del más fuerte, le han hecho jirones esos sueños que les mantendrán unidos de por vida. Sin poesía, sólo versos de pie quebrado; de alma quebrada. Con toda la verdad, con toda la miseria de este mundo, que es más cruel sobre el asfalto, a puerta cerrada, que sobre el albero.

Hay un torero con el corazón partío. Y no llora, porque tiene que mirar hacia el futuro. O llora hacia dentro y se come las lágrimas, porque es agradecido con la vida, que le puso cerca tan buen maestro y tiene que ascender un peldaño más en pos de ese sueño compartido que acaricia tantas tardes para compartirlo, generoso, con nosotros. Porque tiene que traspasar esa puerta que se le niega en los contratos y es ya un clamor entre los aficionados que saben de qué va esto.

Hay un torero con el corazón partío que no olvida su pasado, el pacto suscrito a fondo perdido con uno de los más cabales que ha dado la plata. Yo lo resumo en este abrazo que me toca la fibra, porque son dos grandes, cada uno en lo suyo. Porque es un abrazo donde no cabe la mentira, ni el oportunismo, ni otro interés que no sea la humanidad que rezuman dos tíos que saben lo que es pasarse la muerte por los muslos cada tarde. Porque este abrazo, el de la foto, no necesita un manual para explicarse, ni se enseña en las escuelas, ni tiene moneda que lo ponga en venta, ni infierno que lo quebrante.

Diego Urdiales, con el corazón partío, si es verdad que existe la justicia, que el Dios de los toreros te de toda la suerte que mereces.


(La foto es de www.diegourdiales.com)

lunes, 24 de octubre de 2011

Chenel, para siempre

Dice mi padre, que entonces era un joven pintor de veintipocos años, que aquella tarde de mayo hacía calor en Zamora. Y que al llegar a su estudio un vecino, con la ventana abierta y el televisor encendido, le dijo: "¡¡Artista!! menuda faena acaba de hacer Antoñete!!.

Y ahora, casi cincuenta años después, se le hace un nudo en el estómago viendo aquellas imágenes en blanco y negro del toro blanco y negro, del torero blanco y negro, el mechón tan blanco, los huesos tan sin calcio, el capote hambriento de la posguerra, la muleta planchada, tan roja entre tanto gris, el toreo chelí, la distancia perfecta, el natural infinito, Las Ventas patas arriba. Aquel día de mayo, las ventanas abiertas, el televisor encendido, el prodigio en blanco y negro.

Antoñete se despide hoy de la afición, chaquetilla verde botella, la Virgen de la Paloma a sus pies, Madrid lloviendo, lluvia lila y oro, rosa y oro, lluvia de otro tiempo. Torero de cuerpo presente, todo el tabaco en el pecho, toda la vida a las espaldas. El traje lila y oro en la silla, preparado para torear por celestiales y detener el tiempo donde dicen que no existe el tiempo.

Y porque hoy el corazón del toreo late en Madrid, convertid la plaza de ladrillo rojo en una fiesta. En la celebración de setenta y nueve años de vida. Que Las Ventas sea el alma, la voz ronca, el llanto y también la primavera, otra vez mayo, siempre mayo. Como si el cielo fuera rabiosamente azul detrás de la lluvia, detrás de este gris tan gris, detrás de la pena, que siempre escampa.

Que el último paseíllo sea una acción de gracias por tanta belleza como nos deja, por aquella izquierda que llevaba al paraíso; mi corazón lila y oro honrando al hombre que desciende a la tierra; al torero que ya está más allá de la vida, que ya es eternidad. Y memoria, que nunca muere.

Yo te doy las gracias, Chenel. Con el pecho partido y la sonrisa en los labios. Gracias por tu vida, Antonio Chenel Albadalejo. Y esta ovación te dedico, viéndote traspasar a hombros la puerta grande de la leyenda.

Gracias, maestro. Hasta siempre. Para siempre.


(Las fotos son de Juan Pelegrín y Javier Arroyo, dos grandes)