martes, 14 de abril de 2015
Me lo cuentas, Néstor
Ahora que ya se han apagado los ecos de la encerrona de Madrid. Ahora que el poso del tiempo ha dejado atrás a los histriónicos del 'batacazo', a los derrotistas de lo 'imposible', a los resabiados del 'previsible', a los expertos analistas de cada tarde a toro pasado, cuando ya no queda en pie ni el apuntador.
Ahora que los ojos y el corazón vuelan a una Sevilla de carteles a medio gas y ausencias imperdonables. Ahora es cuando de repente escribo tu nombre, Néstor, el nombre de un apoderado que para bien o para mal se bate el cobre por su torero, como si fueran una sola cosa. Así, porque sí, porque de cuando en vez regreso del exilioy me da por sentarme y abrir este blog medio muerto que resucito cada no sé cuántos meses.
Porque nada te debo ni me debes. Y si algo bueno tiene el exilio es que escribes cuando te da la gana, sin imposiciones, ni cabeceras, ni titulares, ni público fiel. En la soledad de esta salón de casa donde me da la impresión de escribir para mí misma. Sin necesidad de actualidad, sin las prisas de ser el primero, sin las servidumbres que imponen los que pagan, los que mandan, los que mangonean, tú te quedas tú te vas.
Un día te dije que los mismos que un día te encumbran al día siguiente te saltan a la yugular. En el toreo y en la vida, porque el toro no deja de ser una porción del inmenso ruedo del mundo. A ti, a tu torero, a todo lo que se les ponga a tiro. Leña al mono. Y ahora que se han apagado los ecos de la encerrona de Madrid yo sigo pensando que fue histórico y más que positivo que un torero pusiese a reventar los tendidos de Las Ventas en una tarde de marzo fuera de abono.
Que la apuesta era dura, muy dura y que si salía cruz iba a ser mucha cruz y os iban a dar hasta en el carné, igual que si saliese cara iba a haber legión de palmeros fandiñistas de toda la vida. Líbreme Dios de los unos y de los otros. Y salió cruz, o al menos Iván pasó una cruz en el ruedo viendo cómo se iba la tarde, y la apuesta, y los sueños, que toro a toro iban pesando como una losa, como una lápida en caída libre sobre tantas ilusiones, tantas noches en vela, tanto amor propio. Quizá no acertó ni vistiéndose ceniza cenizo, plomo plomo.
La apuesta era dura y se llenaron los tendidos. Madrid estaba como una novia asomada a la ventana dispuesta para la serenata. Quizá se llenaron de los que piensan que los que tienen sangre de Domecq son bobas que no cornean, de los que desprecian a los toreros que eligen sus ganaderías y quieren salir del circuito de las duras. Quizá la gesta ni fue gesta. Pero sí fue un gesto. Un gesto inmenso, una apuesta en sí misma por el toro y por el futuro.
Han pasado los días. He roto el exilio y la promesa de no leer, de no escribir, de no querer saber más; porque al final siempre regresas, y lees, y escribes y quieres saber más. He leído los bocados al cuello, las críticas cómodas desde la barrera, cuando sólo te juegas unos euros al mes o la tinta de una pluma, no los muslos, las carnes y el corazón. He leído también el honor y el coraje de un torero asumiendo una tarde negra y mirando al futuro. Mañana será otro día.
Y me he acordado de ti, Néstor, porque también era tu apuesta. Y no saliste perdedor si la apuesta era confiar en el torero. Aunque sobrepasado en la tarde de los Ramos que devino en la tarde de la cruz, yo sigo esperando al León, al torero, y agradezco el gesto histórico de ilusionar a una plaza y poner la tarde reventona aunque las ilusiones se diluyeran en el aire. Pero Madrid respiró un aire nuevo de tiempos pretéritos, cuando no daba vergüenza ser, declararse taurino y abarrotar las plazas.
No hubo malos ni buenos. Una tarde de toros siempre es eso: lo que vendrá, lo que no se puede prever ni adivinar. Esa es también la magia que nos atrapa. No justifico los mordiscos a la yugular en las horas bajas. Un día te dije que los mismos que te encumbran son los que luego te pisan la cabeza sin que les tiemble el pulso y después, en las tardes de triunfo, te salen de palmeros por bulería, que jamás tendrá la profundidad de la soleá. La soleá queda para los amigos, para los que te quieren, para los de la trastienda, que no se ven pero son y están.
La apuesta era dura, quizá previsiblemente dura. Y salió cruz, quizá previsiblemente cruz aunque todos hubiésemos firmado cara. Pero me quedo con la cara impagable, preciosa, de una plaza de Madrid llena e ilusionada. Y si hubo un mentor, Néstor, si tuya fue la apuesta y la confianza en el torero, sólo queda asomarse al futuro y seguir apostando.
El día que salga cara me lo cuentas. No hará falta. Un coro de aduladores y oportunistas escribirá en letras grandes que siempre creyeron en ti, en él, en vosotros. Abrasarán los teléfonos, resonarán como un tablao en noches de farra los abrazos en la espalda. Plas, plas, plas, plas. Cojonudo Fandiño. Siempre lo dije.
No olvides que también eso es la cruz de cuando sale cara. Nos vemos en las plazas.O no nos vemos, si es que ando buceando por el exilio y el silencio. Sin palmas ni palmadas en la espalda.
Simplemente estoy.
(La foto, maravillosa, es de Anya Bartels-Suerdmont, mangada, sin pedir permiso, pero con todas las bendiciones de su generosidad rubia y su mirada mágica).
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martes, 10 de marzo de 2015
Fandiño dijo: "Sea"
Andaba Madrid como una novia olvidadiza y chaquetera con Iván Fandiño. Como una novia revirada, una novia eternamente insatisfecha que quiere querer y no termina de querer; que como te quiero, te jodes. De esas novias que te da un beso pero no se entrega del todo por si le robas el corazón y rompes su coraza, la fortaleza inexpugnable de cada mayo, el balcón del deseo por el que trepar cada día como si fuera el primer paseíllo.
Una novia de esas que cuanto más le das más te pide, una de cal y dos de arena, queriendo como sin querer, sin terminar de consumar un noviazgo que fue un flechazo con un tío que vino a jugársela a cara de perro sin más credenciales que sus santos cojones, sus ganas de ser torero y su ambición. Un león; León Fandiño, que se la comió a besos sin palabras, con sabor a sangre, ni un paso atrás, apostado en su puerta, alimentando sus sueños.
Andaba Madrid medio enamorisqueada pero Madrid es una novia caprichosa que cuando quiere siempre se guarda algo en la costura de la falda; que con las mismas manos que acaricia, golpea y castiga; que lo mismo te eleva a su cielo azul y rotundo como te desciende a la tierra con el derecho que le otorga la vanidad de su propia hermosura, su belleza descarada, su ombligo redondo en el centro de los mapas del planeta Toro.
Fandiño, aquel tío que se batió en duelo contra el mundo cuando nadie sabía cómo se llamaba y la conquistó con su porte arrogante, con sus ganas de comerse la gloria a bocados, sabía que ese noviazgo le iba a pasar factura como todo lo que se desea y no está al alcance de cualquiera. Dicen que ha espantado el invierno con la liturgia de soledades del campo, con el rosario de triunfos al otro lado de los mares descontando el día del abrazo, el cortejo que se repite una y otra vez cuando uno se asoma a su ventana redonda.
Que Madrid tanto da y tanto quita, deshojando una margarita cada tarde. Que el peso del oro y de la seda no es el mismo cuando estás abajo partiéndote la cara en el barro, jugándote los muslos para escribir un nombre, tu nombre -Iván, León- en la memoria colectiva, que cuando ese nombre ya aprendido, ya deletreado y mascado en el capote y la muleta pesa sobre las hombreras como plomo de siglos y abre la puerta a otros carteles, otras tardes. Madrid olvidadiza de quien nunca volvió la cara para bailar con la más fea, las más duras, antes de perfumar sus pies de albero con las rosas de su carne herida.
Madrid entregada es la misma Madrid desdeñosa, como una novia que se cansa de lo cotidiano y exige la sorpresa para que la pasión continúe, para que el estómago le de vueltas de amor como una centrigufadora, para entregarse entera aunque nunca sabes si al día siguiente se hará la remolona y te tocará dormir contra la mesilla. También esa es su magia, la de una princesa de ladrillo rojo en su trono.
Pero Iván quiso. La quiso desde el primer día porque es imposible no quererla en pie frente a todo y frente a todos. La quiso con el traje hecho jirones, las carnes abiertas y la ambición escapando por los poros, denim y oro sobre la seda, la enfermería o un beso épico de sus labios altivos. Iván quiere. Iván la quiere. Iván dijo "sea".
"Sea".Y será el 29 de marzo cuando Madrid se convierta de nuevo en una novia esperándole con los brazos abiertos, la sonrisa ancha y el pelo mojado de primavera, cuando seis ganaderías de leyenda sean el tributo y la sábana, el precio de recuperar los besos contra el aire, los besos en el precipicio, la emoción y el respeto ganados a pulso a fuerza de rondar contra la muerte por sus balcones.
Sea.
(La maravillosa foto es de la maravillosa Anya Bartels-Suermondt, mangada sin permiso y con alevosía pero desde la admiración profunda que le profeso. Perdóname, rubia. Agua bendita. No he podido resistirme)
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domingo, 24 de agosto de 2014
Hoy torea Diego Urdiales
Me gusta tanto escribir de toros que por eso apenas escribo y vivo en este exilio permanente que me hace volver de cuando en vez a rescatar emociones que parecen dormidas y de pronto resucitan y te obligan a hilvanar letras y sentimientos.
Escribo ahora como con hambre de escribir mientras Diego Urdiales reposa en el silencio de su habitación macerando su toreo puro y hondo y el traje de torero le espera en la silla para ajustarse a las carnes, el corazón prieto, la seda. Cierro los ojos e imagino la caricia húmeda y gris de Bilbao al otro lado de la ventana, el albero oscuro esperando a quien tantas lecciones de tauromaquia ha dictado en esa arena, el latido bravo de los de Victorino que aguardan en chiqueros la gloria de la muerte.
Me gusta tanto escribir de toros que apenas escribo y vivo en este exilio que rompo de cuando en vez por si asomándome tomo impulso y rompo este hastío, esta pereza, este más de lo mismo, esta vagancia, esta sensación de que quienes vemos y vivimos los toros como yo nunca tendremos sitio ni falta que nos hace, porque me gusta tanto escribir de toros que apenas escribo.
Pero hoy torea Diego Urdiales en Bilbao y me siento frente al ordenador, desordeno las miles de palabras que me gustaría escribir, mato esta espera impaciente como quien aguarda que pase algo excepcional, un milagro que le devuelva la vida, el pulso, un terremoto en el estómago, las ganas de escribir, de abrir la ventana y mirar con los ojos ávidos de quien contempla las cosas por primera vez.
Hoy torea Diego Urdiales, ese torero pequeñajo tan grande, tan inabarcable, tan de verdad. Ese torero que crece hasta lo infinito cuando se pone frente a un toro, sin trampas, sin barroquismos, y hace un alarde de cabeza y corazón, de técnica y gusto, de pureza y emoción a raudales. El mismo que no tiene sitio en ferias porque no tiene tragaderas, porque se reivindica dentro y fuera del ruedo con vergüenza torera en la plaza y dignidad en la vida y en los despachos.
Diego Urdiales, ese chico de Arnedo que tiene un concepto, una pureza y una hondura al alcalce de un puñado de privilegiados. Ese chico de Arnedo que deberían estudiar casi como una biblia los que de verdad quieran ser algo en esto, los que de verdad quieran desentrañar los secretos, los misterios del toreo. Ese chico que no mendiga contratos ni sirve de cromo a los que mandan en esto.
Me gusta tanto escribir de toros que por eso apenas escribo. Pero hoy torea Diego Urdiales y necesitaba recordármelo mientras corre el tiempo y dejo todo lo que soy, lo que espero, cosido a la arena de Bilbao, que hoy barrunta toreo de cante hondo en la voz desgarradora y hermosa de este torero pequeño tan increíblemente grande.
Bilbao espera ya cárdeno y azul en la tarde última. En la silla, el traje de torero levita sobre el tiempo, ajusta las carnes, el corazón prieto.
Diego Urdiales, torero, se viste de torero.
(La foto, de Justo Rodríguez, está tomada de la página web del torero)
.
Escribo ahora como con hambre de escribir mientras Diego Urdiales reposa en el silencio de su habitación macerando su toreo puro y hondo y el traje de torero le espera en la silla para ajustarse a las carnes, el corazón prieto, la seda. Cierro los ojos e imagino la caricia húmeda y gris de Bilbao al otro lado de la ventana, el albero oscuro esperando a quien tantas lecciones de tauromaquia ha dictado en esa arena, el latido bravo de los de Victorino que aguardan en chiqueros la gloria de la muerte.
Me gusta tanto escribir de toros que apenas escribo y vivo en este exilio que rompo de cuando en vez por si asomándome tomo impulso y rompo este hastío, esta pereza, este más de lo mismo, esta vagancia, esta sensación de que quienes vemos y vivimos los toros como yo nunca tendremos sitio ni falta que nos hace, porque me gusta tanto escribir de toros que apenas escribo.
Pero hoy torea Diego Urdiales en Bilbao y me siento frente al ordenador, desordeno las miles de palabras que me gustaría escribir, mato esta espera impaciente como quien aguarda que pase algo excepcional, un milagro que le devuelva la vida, el pulso, un terremoto en el estómago, las ganas de escribir, de abrir la ventana y mirar con los ojos ávidos de quien contempla las cosas por primera vez.
Hoy torea Diego Urdiales, ese torero pequeñajo tan grande, tan inabarcable, tan de verdad. Ese torero que crece hasta lo infinito cuando se pone frente a un toro, sin trampas, sin barroquismos, y hace un alarde de cabeza y corazón, de técnica y gusto, de pureza y emoción a raudales. El mismo que no tiene sitio en ferias porque no tiene tragaderas, porque se reivindica dentro y fuera del ruedo con vergüenza torera en la plaza y dignidad en la vida y en los despachos.
Diego Urdiales, ese chico de Arnedo que tiene un concepto, una pureza y una hondura al alcalce de un puñado de privilegiados. Ese chico de Arnedo que deberían estudiar casi como una biblia los que de verdad quieran ser algo en esto, los que de verdad quieran desentrañar los secretos, los misterios del toreo. Ese chico que no mendiga contratos ni sirve de cromo a los que mandan en esto.
Me gusta tanto escribir de toros que por eso apenas escribo. Pero hoy torea Diego Urdiales y necesitaba recordármelo mientras corre el tiempo y dejo todo lo que soy, lo que espero, cosido a la arena de Bilbao, que hoy barrunta toreo de cante hondo en la voz desgarradora y hermosa de este torero pequeño tan increíblemente grande.
Bilbao espera ya cárdeno y azul en la tarde última. En la silla, el traje de torero levita sobre el tiempo, ajusta las carnes, el corazón prieto.
Diego Urdiales, torero, se viste de torero.
(La foto, de Justo Rodríguez, está tomada de la página web del torero)
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sábado, 31 de mayo de 2014
Abellán, sangre y plata
De blanco y plata. Impoluto. Blanco y plata como tantas tardes blancas y plata. Así, blanco y plata, y después una tromba de fiereza sin concierto, el airón a la contra, el pitón buscando la carne, el pisotón en un riñón ya herido sin memoria de quirófano, el catéter silenciado, blanco y plata y nada más. Torero.
Sangre y plata en el pecho y el corbatín, y la cintura y los muslos. Sangre en la axila, puntazo; dolor, paliza, la conmoción, el silencio en los tendidos, ese silencio de respeto y acojone cuando un tío se la juega tan de verdad. Y el torero de nuevo en pie regresando a la guerra como quien vuelve al frente donde sólo cabe uno.
Miguel Abellán ahí, manchado de sangre, empapado del orgullo de quien quiere desandar los pasos hasta volver a rozar el cielo de Madrid, recuperar el chasquido de la gloria entre los dientes. Manchado de sangre pero impecable, creciendo, sosteniendo en su blanco y plata, sangre y plata, veinte mil almas que se pusieron en pie; tapando veinte mil bocas sin más danza que esa angustia que te mordisquea el estómago cuando el torero herido se levanta como un héroe de la mitología antigua, más allá de la razón, más allá de la naturaleza, más cerca de los dioses que de la carne y la tierra. Blanco y plata, y sangre y ofrenda.
Sangre y plata en el pecho, a pecho descubierto. La cara ensangrentada, la mirada perdida, la voluntad en el hoyuelo del mentón. La espalda tan blanca, blanca y plata, porque los toreros se echan la vida a la espalda cuando salen a la plaza y ahí, en la espalda, es tan liviana que no pesa y la pueden perder en el instante, olvidarla entre las astas de un toro, dejarla escapar por un boquete sin pedir permiso.
Así, blanco y plata, sangre y plata, del albero a la enfermería y de la enfermería al albero, contra todo pronóstico, torero mayúsculo, macho, crecido, haciendo verdad el prodigio del toreo cuando sale de las tripas. Oreja heróica y después el abandono de un cuerpo sin aliento, un hombre roto vestido de torero épico.
Blanco y plata, Miguel Abellán. Con el torso ensangrentado y la vida a las espaldas en la tarde en que Madrid se hizo bienaventuranza de toreros que se reivindican sin escatimar un centímetro de cuerpo frente a los pitones de las bestias. Tres tíos con dos cojones, dicho en cristiano.
Abellán, blanco y plata, salía empapado en sangre, dolorido. El tributo del héroe. Yo lo ví más blanco y plata que nunca, impecable, pañuelo con el que limpiar tanta mentira, tanta trampa.
Blanco y plata como el libro sin escribir de quien recupera su pasado y conjuga el futuro en todos sus tiempos, sangre y triunfo, el toreo sin tiempo.
(Contra la madrugada, a las 3.37 horas, mientras esto escribo, Miguel Abellán se encuentra en una UCI tras su paso épico por Las Ventas. La foto sangre y plata es de Álvaro Marcos, un descubrimiento; la imagen de la vida a las espaldas es del impagable Juan Pelegrín)
jueves, 22 de mayo de 2014
Hoy torea Morante
Me había prometido no escribir nada en San Isidro, seguir en el exilio del toro, la pantalla de plasma y el silencio. Pero hoy torea Morante. Y aunque hubiese incumplido la promesa y hubiese escrito antes -la muerte obliga, la sangre obliga, la dignidad obliga, el corazón manda- hoy hubiese vuelto como quien regresa al lugar donde ha sido feliz para cerrar los ojos y tocar el cielo. Sólo eso. Todo eso: tocar el cielo.
Hoy torea Morante. Y el Fino. Y el Tala. Cartel de reventón para los toros de Montalvo, los de Juan Ignacio, que en la pasada feria de Salamanca derrocharon bravura y clase hasta la emoción, esa que te penetra en los tuétanos y duele, y te corta la respiración y te empapa los ojos aunque no quieras. Esa emoción que se siente cuando un toro galopa, galopa y no se acaba, y no se acaba y repite, y se crece y hace surcos con los hocicos en la arena, tan noble, tan grande, tan bravo, tan dios entre todos los animales de la creación.
Esa emoción que aún siento cuando cierro los ojos, como los cierro ahora y recuerdo aquella tarde de septiembre en esa plaza con nombre de gloria, La Glorieta, mi admirado Javier al lado, vivir y torear, y el gintonic siempre, que no falte, dichoso gintonic, qué culpa tendrá el gintonic de tanto pinturero posturitas y repeinado, si a mí lo que me gusta es que el hielo me rasque la garganta, y primero me arda y luego la alivie mientras me pellizcan el alma desde la arena y se me rompe la voz en oles hacia adentro.
Me había prometido no escribir. Pero hoy torea Morante. Así, de espaldas, con el Fino, tan toreros, hombro con hombro, oro, plata, aire, esencia, como los pilló el ojo mágico de Juan Pelegrín, que tuvo que reventársele la cámara de tanto arte al lado, tanto genio, tanta poesía en las muñecas, en el trazo mágico de los capotes.
Hoy torea Morante. Y aquí estoy otra vez, esperando el milagro, rezando, cerrando los ojos, hilvanando mis latidos en un puro para que se lo fume esta tarde entre toro y toro, reposado, más allá de la tierra y del tiempo.
Hoy torea Morante y el corazón me golpea esperando las siete como una novia espera la hora del casamiento. Hoy torea Morante. Y aquí estoy, esperando como un niño la noche de Reyes, como un cofrade la madrugada del Viernes, como los discípulos la lluvia de fuego, la resurrección de la carne, lo eterno. Creo.
Hoy torea Morante, cosiendo en cada lance miles de corazones, abrazando la tierra, sembrando sueños en la arena, abrochándose el tiempo en la cintura, el mentón hincado, la incógnita, el compás, el verso.
Y aquí estoy, escribiendo, desandando la promesa, rezando sin biblia, esperando, pintando el cielo con los ojos cerrados, tocando el cielo de Madrid con los dedos. Soñando.
Tocando el cielo. Sólo eso. Todo eso. Aquí, esperando.
Hoy torea Morante.
miércoles, 21 de mayo de 2014
¿Quién nos defiende?
Lo ocurrido ayer en Las Ventas y el fenómeno generado en las redes sociales debe marcar un antes y un después en la actitud y permisividad que hasta ahora hemos tenido los taurinos con determinados jumentos -el título de personas les viene grande- que para defender la vida del animal nos desean la muerte a los profesionales del toreo y a los aficionados.
Ocurría ayer mientras tres hombres, tres toreros, pasaban a la enfermería. Ayer, mientras David Mora estaba atado a la tierra por el invisible hilo que nos cose a la vida, las redes se incendiaron de mensajes de apoyo y admiración. Pero también a la vez, redes sociales y foros se saturaron de mensajes que constituyen un hecho delictivo en toda regla y que atentan contra la libertad, la dignidad y el derecho a la vida.
De todo lo vivido y leído ayer, me quedo con la voz alta, firme y clara de los taurinos, que cuando nos unimos podemos mover el mundo aunque por desgracia siempre andemos a la greña. También me quedo con los no taurinos que no compartiendo nuestra pasión mostraron sus respetos por los toreros que en esos momentos ponían sus vidas en manos de los médicos, ángeles de bata verde que se parapetan tras los burladeros y obran en milagro en los quirófanos.
Soy taurina. La libertad del país en el que vivimos y la ley me amparan para serlo. Soy taurina y no tengo que aguantar que nadie me llame asesina ni hija de puta; como la madre de un torero no tiene que aguantar que deseen la muerte a su hijo los que claman por la vida del toro. Veganos, animalistas y pseudoprogres de postureo a los que habría que meterles mano de alguna forma legal al menos para que cuando vomiten su veneno se lo piensen dos veces. Si se van a investigar las injurias contra la clá política, háganlo también con las que se vierten contra toreros y aficionados, personas de a pie, de forma impune por la red.
De su catadura moral no vamos a hablar, porque quien le desea la muerte a otro ser humano se retrata a sí mismo. Pero es hora de articular algún mecanismo de protección y respeto, de unirnos y exigir a la voz de ya que esto pare con los mecanismos legales que estén a nuestro alcance. Que den un paso al frente los expertos en la materia, que muchos habrá entre los millones de aficionados que somos. Basta ya de escupir mierda, basta ya de que la amenaza quede impune. No podemos consentir más insultos, más injurias, más salvajadas y menos cuando los sentimientos están a flor de piel y la vida de un hombre está en el precipicio.
Desde el respeto a la libertad de manifestación y de pensamiento, no podemos consentir más concentraciones junto a las puertas de las plazas mientras las fuerzas del orden se los rascan a cuatro manos con la desprotección que ello supone para quienes vamos a ellas. No podemos consentir tanto anónimo que atenta contra nuestro derecho a decidir y a ser taurinos.
Somos taurinos, ciudadanos de primera que pagamos nuestros impuestos como los demás, que pagamos por ir a las plazas, que no robamos ni engañamos a la ciudadanía y que además engordamos las arcas del Estado con la segunda actividad económica más importante de España, que para nosotros es mucho más que una cuestión de cifras porque nos corre por las venas y nos hace galopar el corazón.
Somos personas, hombres y mujeres, profesionales del toreo y aficionados. Hombres, personas, con derecho a la vida, muy por encima de los derechos de cualquier animal, y lo dice quien daría su propia vida por cualquiera de los bichitos que conviven en mi casa sin los que mi día a día no sería ni parecido.
Respeto para todos y libertad. Esas son las normas que nos rigen y aquí o jugamos todos o se rompe la baraja. Y si no, que sea el propio Estado, el propio sistema el que disponga de abogados de oficio contra delitos de este tipo, al igual que se ha hecho con la clase política o con las recientes consignas antisemitas. Yo firmo, díganme dónde.
Aquí cabemos todos. Taurinos y no taurinos. Ese es el precio de la libertad y la pluralidad, de la democracia.
Y al que no le guste, que se apee y deje de amenazar, despreciar la vida ajena y dar por culo a los demás.
(Y por testigo pongo este cielo de Madrid sobre Las Ventas captado por la cámara mágica de Juan Pelegrín, donde hoy a las seis los aficionados se concentran por la dignidad y el derecho a ser taurinos. Que nada, nunca, nos haga callar.)
martes, 20 de mayo de 2014
Lágrimas
(Para David Mora, Antonio Nazaré y Saúl Jiménez Fortes, tres héroes del siglo XXI)
Sé que el toreo también es esto: tres toreros en la enfermería cuando sólo han salido por chiqueros dos toros. David Mora, Antonio Nazaré y Saúl Jiménez Fortes están en estos momentos en manos del equipo médico de Madrid. Tres toreros heridos. Tres héroes.
Sé que el toreo es esto, pero ellos a veces lo hacen tan fácil que se nos olvida que son hombres, carne y hueso, tejidos, aunque así, heridos, cobran su auténtica dimensión de héroes. Esa dimensión que con tanta facilidad olvidan los que van de sobrados en el tendido, como un hijo de su madre que le acaba de comentar a una amiga, con el culo pegado al cemento, tan desahogado él, que el segundo, de Los Chospes, se va sin torear. Con tres tíos en la enfermería. Váyase usted a mamarla, mire, así sin contemplaciones.
Sé que el toreo también es esto y también en esto reside su grandeza, cuando la adrenalina se dispara hasta tal punto que duele, que te exprime el corazón como si te lo estuviesen apretando con puño de acero, que te corta la respiración como un hacha, sin compasión.
Sé que el toreo es esto pero no puedo dejar de llorar de emoción, angustia, miedo, admiración, respeto. No puedo dejar de llorar ante esta grandeza de ofrecerse entero, de ofrecerse en canal sin guardarse nada, ni siquiera la vida. Tres toreros, tres, están ahora en la enfermería. Heridos, pero más cerca de los dioses que de los hombres.
Sé que el toreo es esto pero hoy, por no tener, no tengo siquiera palabras. Sólo lágrimas que empapan el teclado, que se me caen sin querer o queriendo a raudales. Sé que el toreo es esto, pero escribo con los dedos flotando sobre el teclado, con la garganta pegada, con las tripas cosidas porque mi mente aún no asimila tanta verdad, tanta crudeza, esta certeza de que la vida y la muerte residen en el filo del instante, ahí al lado.
Sé que el toreo es esto. Con el corazón en un puño, con los ojos bañados, en caliente, con el corazón galopando aún, sé que el toreo también es esto. Por eso es tan grande y tan incomprensible.
Tres toreros, tres, están ahora mismo en la enfermería. Tres héroes del siglo XXI que me empujan a seguir creyendo en la verdad descarnada de cada tarde, en el milagro, en esta emoción inexplicable, inabarcable que me aprisiona en lágrimas sin orden ni concierto.
Sóis héroes, tan inalcanzables. Y ante vuestra sangre sólo puedo ofreceros mis lágrimas.
Lágrimas que duelen, que no curan, que no borrarán nunca el recuerdo de esta tarde.
Sólo lágrimas.
(pd: Por política del blog y por respeto me niego a subir ninguna foto de un torero herido. Aquí no hay sitio para el morbo, el dolor y la memoria ya los llevamos dentro. Hoy los toros serán noticia.)
.
(La foto es de Juan Pelegrín. Las cuadrillas abandonan Las Ventas con los tres matadores en la enfermería. Sin palabras)
Sé que el toreo también es esto: tres toreros en la enfermería cuando sólo han salido por chiqueros dos toros. David Mora, Antonio Nazaré y Saúl Jiménez Fortes están en estos momentos en manos del equipo médico de Madrid. Tres toreros heridos. Tres héroes.
Sé que el toreo es esto, pero ellos a veces lo hacen tan fácil que se nos olvida que son hombres, carne y hueso, tejidos, aunque así, heridos, cobran su auténtica dimensión de héroes. Esa dimensión que con tanta facilidad olvidan los que van de sobrados en el tendido, como un hijo de su madre que le acaba de comentar a una amiga, con el culo pegado al cemento, tan desahogado él, que el segundo, de Los Chospes, se va sin torear. Con tres tíos en la enfermería. Váyase usted a mamarla, mire, así sin contemplaciones.
Sé que el toreo también es esto y también en esto reside su grandeza, cuando la adrenalina se dispara hasta tal punto que duele, que te exprime el corazón como si te lo estuviesen apretando con puño de acero, que te corta la respiración como un hacha, sin compasión.
Sé que el toreo es esto pero no puedo dejar de llorar de emoción, angustia, miedo, admiración, respeto. No puedo dejar de llorar ante esta grandeza de ofrecerse entero, de ofrecerse en canal sin guardarse nada, ni siquiera la vida. Tres toreros, tres, están ahora en la enfermería. Heridos, pero más cerca de los dioses que de los hombres.
Sé que el toreo es esto pero hoy, por no tener, no tengo siquiera palabras. Sólo lágrimas que empapan el teclado, que se me caen sin querer o queriendo a raudales. Sé que el toreo es esto, pero escribo con los dedos flotando sobre el teclado, con la garganta pegada, con las tripas cosidas porque mi mente aún no asimila tanta verdad, tanta crudeza, esta certeza de que la vida y la muerte residen en el filo del instante, ahí al lado.
Sé que el toreo es esto. Con el corazón en un puño, con los ojos bañados, en caliente, con el corazón galopando aún, sé que el toreo también es esto. Por eso es tan grande y tan incomprensible.
Tres toreros, tres, están ahora mismo en la enfermería. Tres héroes del siglo XXI que me empujan a seguir creyendo en la verdad descarnada de cada tarde, en el milagro, en esta emoción inexplicable, inabarcable que me aprisiona en lágrimas sin orden ni concierto.
Sóis héroes, tan inalcanzables. Y ante vuestra sangre sólo puedo ofreceros mis lágrimas.
Lágrimas que duelen, que no curan, que no borrarán nunca el recuerdo de esta tarde.
Sólo lágrimas.
(pd: Por política del blog y por respeto me niego a subir ninguna foto de un torero herido. Aquí no hay sitio para el morbo, el dolor y la memoria ya los llevamos dentro. Hoy los toros serán noticia.)
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(La foto es de Juan Pelegrín. Las cuadrillas abandonan Las Ventas con los tres matadores en la enfermería. Sin palabras)
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