jueves, 22 de junio de 2017

Los taurinos de Zamora no somos de Marte


Quienes me conocen saben que, si de algo peco, es de no contar tres antes de hablar en arranques de sinceridad y de mala hostia al cincuenta por ciento. Algo que es malo, porque solo le parten la cara a quien la pone por delante, pero que al menos es una garantía de ir con lo que una cree que es verdad y justo por delante.


Quienes me conocen saben que siempre he defendido el talante abierto y tolerante de Paco Guarido, alcalde de Zamora, único alcalde de IU en una capital de provincia, quien accedió a la Alcaldía tras muchos años de oposición y trabajo casi en solitario y se ganó a los zamoranos a pie de calle, pateando, trabajando, más allá de siglas e ideologías.

Todo esto viene al caso porque, si hablamos de tolerancia, o para el Ayuntamiento de Zamora los aficionados taurinos somos de Marte, y no zamoranos, o con el dinero de todos (y de la propia empresa que organiza la feria, Circuitos Taurinos, que ha insertado publicidad en el folleto) se han editado miles de programas de fiestas en los que se omite de forma deliberada la Feria Taurina de San Pedro, incurriendo en un agravio comparativo inadmisible con el resto de nuestros vecinos.

Las fiestas de San Pedro, de mi ciudad -soy taurina, soy zamorana, no soy de Marte- se basan tradicionalmente en su Feria de la Cerámica, la Feria de Ajo, el Festival Flamenco y su feria taurina, ciclos que siempre aparecen en su programación. Siempre.

Pero los 20.000 zamoranos que el año pasado pasaron por taquilla convirtiendo la feria taurina de Zamora en la actividad con mayor asistencia de cuantas se organizaron en las fiestas de 2016 deben ser de Marte para el alcalde y su equipo cuando no tenemos derecho ni a saber el día ni la hora de los dos festejos programados el 29 de junio y 1 de julio (dos cartelones, por cierto), mientras el resto de eventos (algunos organizados por el Ayuntamiento y otros por empresas y asociaciones privadas, como ocurre con los toros) aparecen religiosamente en sus días y sus horas.

El Ayuntamiento de Zamora discrimina así una vez más a los miles de aficionados taurinos que nada le piden (la feria no recibe subvención de ningún tipo y la propiedad de la plaza es privada, aunque nos toque aguantar la consabida coletilla de "no con mi dinero"), pero que tienen el mismo derecho de los demás a ser informados en la programación que pagamos todos de los festejos que quieren ir a ver y que no tienen por qué depender de los gustos personales del alcalde o concejal de turno.

Respeto que al alcalde y a todo su equipo de Gobierno le guste todo, todo, todo: karaoke, concurso de besos en la calle, zumba, rock duro, zarzuela, deporte y todo tipo de espectáculos entre los que el ciudadanos pueda elegir, pero detesto ese doble rasero con los toros, un espectáculo legal y protegido culturalmente que sigue atrayendo a miles de personas que además tenemos que aguantar manifestaciones autorizadas de cuatro gatos llamándonos de todo menos bonitos cuando accedemos a la plaza. Cuatro gatos que los medios convierten en noticia cuando en la plaza de toros hay una media de ocho mil personas que han pasado por taquilla. 

No sean taurinos, no acudan a la plaza, pero respeten a los miles de zamoranos que sí lo hacemos, que pagamos en Zamora nuestros impuestos y que contribuimos con ellos a editar los miles de programas de las fiestas en los que nos han borrado por el artículo 33. O, lo que viene a ser lo mismo, por los santos cohones de quien lo edita,, que no debe ser de Padilla, de Paquirri, de Ferrera, de Ventura, de Talavante o de Roca Rey. Ferión. 

Que somos de Zamora, que no somos de Marte, y merecemos un respeto y una igualdad de trato por parte de un Ayuntamiento que tantas veces presume de libertad, convivencia y tolerancia, aunque en materia taurina haga aguas por todos los lados.

Así no.

domingo, 18 de junio de 2017

Un león rugiendo en el cielo

(Para Iván y Néstor, mis leones, con tanto amor, con tanto dolor)


Hay un león rugiendo a las puertas del cielo. Ese mismo cielo que paseó el día que salió a hombros por la puerta grande de Madrid.

Hay otro león muriéndose por dentro en la tierra. Esa tierra que han recorrido juntos como si fuesen una sola cosa a la búsqueda del sueño, del pan dulce de la gloria y el amargo vino del fracaso que partían sobre el mismo mantel, que bebían en la misma copa.

Hay un león rugiendo a las puertas del cielo. Un cielo al que se ha ido demasiado deprisa. Una mala pisada, un tropiezo, el destino, la mala suerte saliendo de la suerte... qué más da. Quizá sea verdad aquello de que todos venimos al mundo con un día y una hora y tenía que ser hoy y ahí, en ese albero donde los toreros se ofrecen enteros sin guardarse nada, ni siquiera la vida, el ser.

Hay un león rugiendo a las puertas del cielo. Un león que bauticé león en esta ventana mía si el león era su escudo de armas aunque en la pila del bautismo sobre el agua bendita le escribiesen otro nombre, unos apellidos, eterno Iván Fandiño.

Un león solitario que se quedaba siempre un pasito por detrás, a solas consigo mismo, apartado en su rinconcito antes del paseíllo, con el gesto grave de quien sabe que sale a jugarse la vida y está dispuesto a darla en peaje por su sueño. Un león solitario que se alojaba en los hoteles que no eran hoteles de toreros al uso, preservando su independencia hasta para pillar ducha y cama, cenar con la cuadrilla y después, ya relajado, regalarte tiempo y sonrisa sin darse importancia. Alguno de esos me guardo para mí.


Hay un león rugiendo a las puertas del cielo después de rugir alto y claro aquí abajo, de ganarse a zarpazos los contratos, de pelear sobre el albero cada tarde a dentelladas dejándole los despachos, esa selva feroz, a su otro yo, su otra mitad, ese otro león a quien tanto quiero, Néstor, a quien hoy le han arrancado de cuajo también la vida. Cuántos kilómetros hemos quemado juntos, tú en carretera, yo ante el teclado, analizando, comentando, arreglando a nuestra forma los vicios y mentiras de este mundo mágico de la tauromaquia tan lleno de palmeros, oportunistas y chaqueteros pero también de valores, grandeza y verdad desnuda.

Y hoy, después de haber escrito miles y miles de palabras sobre mi león, sobre mis leones, la crudeza del toreo me obliga a escribir las que jamás hubiese querido sacar del cajón de las palabras no escritas. Qué duro, qué auténtico, qué verdad es esto del toreo en un mundo lleno de mentiras, sin corazón y sin sangre. Qué grande es morir haciendo lo que uno quiere, elegir cómo quiere uno irse.


Me gustaría ser políticamente incorrecta, sincera, transparente y directa como ellos, que son uno, que eran uno; acordarme de esa Madrid caprichosa que tan pronto adopta como echa de casa; de los que cada día han estado cerca y nunca dejaron de escuchar y esperar su rugido; de los que solo aparecen cuando las cosas van bien, de quienes le negaron la justicia de sus triunfos, los que compartieron cartel con él y también los que lo vetaron. De los que le han seguido de plaza en plaza, los que se subían al carro en los días de gloria y también de quienes le pitaron en su última corrida en Madrid, con un mostrenco que no veía, mostrando que de toros sabían muy poquito. A todos hoy nos ha dado su última lección de entrega sin límite, de valor como pocos y de amor absoluto dando la vida por su sueño con un tabacazo de uno de Ibán por pasaporte. Qué dolor.

Hay un león rugiendo a las puertas del cielo en esta noche tan larga, tan triste; un león que ha entrado en el cielo por la puerta grande de los toreros eternos, de los que escriben con su sangre la historia del toreo, la leyenda que nunca se muere, la eternidad. Honor y gloria siempre para ellos.

Hay otro león muriéndose por dentro aquí en la tierra porque un toro se ha llevado a su mitad y su motor, el engranaje perfecto de dos personas que hablan el mismo idioma, la confianza absoluta, el hermano que no le dio la sangre pero sí la vida.A miles de kilómetros yo le estoy abrazando.


Iván y Néstor, mis dos leones. Para vosotros, en esta noche tan larga, todo mi amor.

#GRACIASporTuVida #EternoIvánFandiño

(La foto es de la gran Anya Bartels-Suermondt, a quien también abrazo)

miércoles, 19 de octubre de 2016

ANTIHUMANOS. INHUMANOS


Contemplo, entre el estupor y el horror, la depravación a la que son capaces de llegar aquellos que dicen amar a los animales (humanos y no humanos, como especifican en un perfil de Facebook) hasta el punto de convertirse en animales inhumanos.

Animales inhumanos capaces de poner a un bebé en una fuente de un horno junto a un cochinillo (otro bebé con el que no hay diferencias, según postulan) hasta el punto de que me pregunto si el Defensor del Menor, las asociaciones Pro Vida o la aplicación de los simples derechos humanos no tienen nada que decir al respecto de quienes ofrecen a un cachorro humano en una fuente de comida.

Animales inhumanos, depravados, que en su "defensa" de los "animales no humanos" llegan a festejar la muerte de un torero en el ruedo, a desear la muerte de un niño enfermo, a amenazar en las redes a sus familias y a equiparar a un cochinillo con lo más tierno que hay en el mundo, un bebé, un niño, un cachorrito humano.

El partido PACMA -que ha manipulado hasta ahora las redes y los medios de comunicación como le ha venido en gana sin que nadie desmontase sus argumentos- y las organizaciones de protección de los animales (cuya labor es encomiable, dicho sea de paso) deberían explicar de una vez que su filosofía se refiere exclusivamente a la defensa de los animales y desvincularse claramente de estos animales inhumanos. Repudiar, aislar y denunciar a estos "inanimales", porque con estos sujetos son los propios animales los que marcan las diferencias. Porque los animales a sus cachorros los protegen con uñas y dientes de todo mal; porque los animales cuidan a los de su especie y luchan por su supervivencia. Porque los animales llevan desde el principio de los tiempos garantizando el equilibrio natural. Porque los animales no son capaces de urdir tales aberraciones.

Si los "defensores de los animales" no repudian a estos depravados continuarán dando alas a estas teorías del esperpento que algunos creen a pies juntillas y protagonismo a auténticos majaderos. Y me consta que no todos están en el mismo saco, que son muchos los antitaurinos que no comparten esa hoja de ruta y sin saberlo les están dando cancha.

Animales inhumanos que tratan de "esclavos" a los cerdos, de explotadores a los ganaderos, de víctimas a los peces, de ladrones a quienes le "robamos" la leche a los terneros o que consideran que un banquete con carne es un "funeral animal". Majaderos que se erigen en gurús del reino animal y vienen dando lecciones de moral desde una visión tan pervertida de lo humano que dan pavor.

Estos depravados son los que campan por las redes. No son antitaurinos, son antihumanos, inhumanos. Estos depravados, subvencionados desde países como Suiza, Holanda o Estados Unidos, son los que han roto la convivencia y el respeto, la tolerancia, la razón y el equilibrio de una sociedad que hasta ahora ha transigido por omisión con sus barbaridades y se ha hecho eco de sus mentiras y manipulaciones, primero con lo taurino, después con la caza, también con la pesca; después con el consumo de leche y de carne, con el desarrollo del mundo rural, en definitiva, y sobre todo con la dignidad humana. Alguien los bautizó con el "Reich Animalista".

La ley no puede seguir haciendo oídos sordos a estos dislates, a estas teorías de lo absurdo, a esta inversión y perversión de los valores morales y sociales.

Porque sí: sí hay diferencia entre un bebé y un cochinillo, entre un ser humano y un lechón. Los propios animales, que matan por sus crías, que defienden a su especie, marcan esa diferencia a mucha distancia de ellos, que las imaginan en un horno, que les desean la muerte.

Antihumanos. Inhumanos.

martes, 11 de octubre de 2016

ADRIÁN, EL PEQUEÑO GRAN MILAGRO DE LA VIDA



Se llama Adrián y tiene ocho años. Es el pequeño milagro de la vida, del toreo. Un niño de ocho años que lucha contra el cáncer, que quiere vivir como los demás niños. Ser un niño sin quimio ni hospitales, sin operaciones ni sondas ni cicatrices ni las mil putadas que incluye un tratamiento para ganar este cara a cara, para lidiar este toro tan negro, tan doloroso, tan imprevisible.

Quienes no han tenido de cerca la puta enfermedad o quienes no la han vivido en sus carnes no saben de lo que hablo, no conocen la trastienda del dolor y de la impotencia ni la fuerza de la fe y de la esperanza. Tampoco hace falta saberlo para desearle a un niño de ocho años que viva; que viva rabiosamente, que venza, y que el día de mañana se vista de futbolista o de torero. Simplemente eso: que viva, que sonría, que se cure.

Se llama Adrián y tiene ocho años. Aunque su cuerpecito aguantó el martes una sesión de quimio, tuvo fuerzas para sonreir y dar ocho vueltas al ruedo el sábado en Valencia. Para salir a hombros de un grupo de toreros que se hacían pequeñitos con el ejemplo del pequeño gran Adrián, ese luchador rubiajo al que hemos visto con su cabecita pelada pegar pases en la habitación de un hospital. Ese pequeño luchador que solo sueña, como los niños de ocho años. Que solo juega, como los niños de ocho años, unos con el balón, otros con un volante, otros con una muleta, otros con la consola.

Se llama Adrián y es el pequeño milagro del toreo y de la vida. Es un milagro que se pone en pie cada día y que olvida en cada sonrisa los vómitos, las lágrimas, el miedo, lo caro que cuesta levantarse y abrir los ojos.

Es un milagro que une y fortalece al mundo del toro, capaz de mover con esa sonrisa miles de corazones, miles de deseos, y crear un torrente protector, amoroso, porque nada hay más bonito, más limpio que la sonrisa de un niño. Porque cada piedra de sinrazón y de bilis que arrojan contra un niño, contra la dignidad humana, fortalece nuestras paredes y reafirma nuestros cimientos.

Se llama Adrián y vive y sobrevive ajeno a un mundo que se ha vuelto loco, que tiene sus más elementales valores patas arriba, que alimenta un odio enfermizo que da pavor. En su mundo de ocho años solo caben la esperanza y los sueños, los juegos, los deberes, el recreo; no debería haber siquiera lugar para los hospitales, los pasillos, las esperas, los pinchazos, las analíticas, las bajadas de defensas, los quirófanos, el dolor, el miedo. Y aunque él conoce bien todo esto sonríe y mira de frente a la vida. A veces la muerte es más humana que los hombres y se retira cuando se siente vencida. Y ese deseo es el que incendia las redes con las llamas de miles, de millones de corazones. Te vas a curar, Adrián. Te vas a curar.

Ese es el gran potencial del mundo del toro que aún tenemos que creernos, que aún tenemos que poner a funcionar para que se respete la dignidad, el derecho a ser y a elegir de cada persona.

Se llama Adrián. Juega, sueña, quiere ser torero. Quiere ser. Es el pequeño gran milagro de la vida.

jueves, 29 de septiembre de 2016

CASAS, EL GRAN DIRECTOR DEL TOREO


Simón Casas cierra los ojos en la penumbra como un director de orquesta en el foso de un teatro antes de iniciar un concierto, mientra los músicos afinan sobre el "la" del concertino y se hace el silencio en el patio de butacas. Miles de ojos clavados en su nuca, el peso de los siglos en las muñecas, en el gesto de las manos, los latidos, las emociones en los matices. El silencio.

La cámara de mi amigo Álvaro Marcos lo atrapó así: como un director concentrado sobre la partitura a punto de tomar la batuta, los ojos cerrados, la respiración contenida antes de marcar los tiempos y alzar la mano para sostener la magia. En la penumbra, con el rostro iluminado por la luz tenue del atril, en el silencio interior que precede a cada batalla, a cada concierto, a cada tarde de toros.

Tal vez Simón Casas se sienta ahora así, como ese director en el foso del teatro antes de dirigir la sinfonía de toro y torero en el teatro más importante del mundo, en el escenario redondo de Las Ventas, con el peso de la primera plaza del mundo sobre las manos, con millones de ojos clavados en su nuca y en sus gestos, pendientes de los matices, de la afinación, de la lectura que haga sobre la eterna partitura del toreo.

Como Solti interiorizando a Mozart y su requiem misteriso, como Harnoncourt masticando a Monteverdi, como Karajan antes de Beethoven. Simón Casas cierra los ojos en la penumbra y respira, toma aire, siente, sabe la música en sus carnes. Ahora hay que echarla al mundo.

Vendrá después el silencio sobre los tendidos de Las Ventas y el invierno trasladará al otro lado del Atlántico la música de cada domingo, el eco de las ferias, el runrún de los aficionados, el coro de oles y broncas que aguarda una nueva temporada, la partitura coral de miles, millones de aficionados. Y esperaremos la luz de la primavera, los días más largos, el tiempo de la Pascua para que alce la mano y comience a sonar esta música antigua que trae ecos nuevos, nuevos deseos y una afinación distinta, que suena a esperanza, a compromiso.

Nunca antes nadie había clavado tan bien a Simón Casas en una foto. Nunca antes lo había visto, percibido así, como ahora lo percibo en esta foto. Como un director de orquesta ensimismado, con los ojos cerrados, casi rezando, respirando, tomando impulso. Como un soñador a punto de subir al primer escenario del mundo.

Bienvenido.


(La foto, increíble, mágica, es de Álvaro Marcos)

sábado, 17 de septiembre de 2016

LAS MANOS DE PACO UREÑA



Paco Ureña toreó con la zurda en Madrid unos naturales que aún no se han acabado, el alma desgarrada, el cuerpo quebrado, abandonado, rendido.

Cierro los ojos y lo veo así, roto, abandonado, con los pies descalzos clavados en el suelo y las lágrimas, la emoción de quien sabe que está firmando una de las faenas que le acompañarán toda su vida después de soñarla en noches en blanco, la libreta en blanco, el teléfono sin sonar.

Cierro los ojos y vuelvo  vibrar como aquella tarde en que el mundo del toro descubrió el prodigioso toreo que atesora el chaval de Lorca, el mismo que con sus manos ha cavado la huerta familiar cuando apenas podía imaginar que el sueño del toreo eterno se cumpliría por esas mismas manos. Dicen que era muy bueno con las sandías.

Las manos de los toreros son como un mapamundi de cinco continentes, cinco dedos, y el cielo en las yemas, donde a veces baila el mundo. Manos que someten y acarician, manos que sostienes miles de almas, emociones y silencios, manos que sujetan los miedos y desbordan las pasiones cuando dibujan con trazo misterioso la senda del muletazo perfecto.

Manos que matando dan vida, manos que cuando se lavan con agua no se desentienden como Pilatos sentenciando desde el silencio, sino que se preparan para la ofrenda, para ir con las manos limpias al encuentro de la muerte o de la gloria.

Las manos de Paco Ureña recibían hace diez años los trastos de las manos de su padrino y el mundo ganaba un torero que roto en su cintura, la muleta lamiendo la arena, nos ha ganado por las manos.

Las manos de Paco Ureña tienen raspones en los nudillos de tocar el suelo y conocen el tacto del cielo cuando lo acarician sobre los hombros de los mortales.

Las manos de Paco Ureña aprietan fuerte en el saludo, acarician en el abrazo, están siempre abiertas y limpias como un corazón abierto y limpio en sus diez dedos, en sus diez mandamientos del amor.

En tus manos de torero, Paco Ureña, en tus manos llenas de verdad entrego mi espíritu.

Felicidades.


(A Paco Ureña en su décimo aniversario como matador de toros. La foto, tan preciosa, es del gran Álvaro Marcos)

lunes, 29 de agosto de 2016

Lupe, mi amor


A Lupe, su amor, no la dejaron entrar en la habitación donde él se moría. Eran las 5.05 de la madrugada y ella, al otro lado de la pared, no pudo darle el último beso, ni cerrarle los ojos, ni acariciarle la frente y desearle buen viaje al oído.

Manolete moría para el mundo y entraba en la leyenda del toreo. De eso, de aquella madrugada que hizo historia en el toreo, hace 69 años. Y pienso en aquella mujer con las carnes abiertas, con el alma rota y el corazón a caballo entre la realidad y el sueño, galopando en el pecho sin compasión, sin detenerse a las 5.05 horas de la madrugada.

Pienso en la joven de la sonrisa despreocupada, en la prometedora actriz que renunció a su carrera y vivió libre al margen del nacionalcatolicismo más rancio y abrió las puertas de su casa y de su vida a su hombre. Valiente Lupe, Lupe torera, Lupe sin anillo, estigmatizada por la España de los lutos y las mantillas, por la avaricia de unos cuantos y el mangoneo que perdura como una losa en voz baja.

A Lupe, su amor, no la dejaron entrar en su habitación y besarle, y cerrarle los ojos, y acariciarle, y susurrarle un "te quiero" al oído. No conozco en el mundo mayor condena.

Unos salieron del hospital con un cortijo nuevo en el bolsillo. Lupe salía sola, con un tabacazo en el corazón de esos que no se cierran nunca, de esos que no se ven pero te supuran toda la vida, unas veces en lágrimas y otras en silencios.

Manolete, el torero entraba en la gloria esa madrugada. Manuel, el hombre, solo se murió el día que ella cerró los ojos y dejó de pronunciar su nombre.



(Y escribo esto desde el móvil mientras mi tía Lita despide a mi tío Alfonso, que acaba de cerrar los ojos tras más de 50 años de amor)