lunes, 14 de agosto de 2017

Yo te espero siempre, Morante


Morante anunciaba ayer su retiro indefinido de los ruedos y me levanto huérfana de mil cosas que son las que me atan a esta pasión, a este blog abandonado que un día fue templo morantista casi antes de que se acuñase el morantismo, desde un lluvioso día de junio de 1997 en Burgos. Yo estaba allí, en barrera, empapada en aquel aguacero, agua bendita, bautismo.

Mentiría si dijese que fui por él. En aquellos tiempos yo seguía el capote mágico de Cepeda y allí, bajo aquella lluvia torrencial, oficiaban Cepeda y Rincón por testigo y padrino de un chaval de la Puebla del Río, tan blanco y oro, sin melena y sin la coleta natural que después ha sido santo y seña de un torero genial, único, irrepetible, inabarcable, inalcanzable, hondo, puro, prodigioso, deslumbrante. Morante, tres sílabas. Morante. Morante.

No sabía yo que aquel chaval convertiría las plazas de toros en templos donde rezar a cielo raso; que me robaría las palabras  rugiendo su nombre en el tendido, acordándome de la madre que lo parió de pura emoción, de pura locura. De puta locura. Esa locura que solo provocan los genios de verdad, los elegidos desde la cuna, los que te pellizcan las tripas y te acarician el alma con dedos invisibles y hacen que te queme todo por dentro y te mueven y te castigan y te dan la paz. Morante.

Morante, que tanto nos ha dicho aunque ahora algunos hagan como si nunca hubiesen escuchado su música exquisita, como si el mundo no se moviese al compás perfecto de su capote y se abrochase en su cintura, como si no sostuviese la tierra en sus muñecas, en su mentón eternamente encajado sobre el pecho. Aunque hayan corrido ríos de tinta en mi teclado, aunque hayamos coincidido mil veces, nunca hubo entre nosotros una sola palabra. Nunca quise estar cerca, ni saludar ni ser saludada, ni ser palmera en el éxito ni juez en las sombras. Solo esperar, solo mantener viva una fe intacta que me guardo esperando a que pase el tiempo y Morante se reencuentre con Morante.

Nunca quise conocer sus secretos ni sus debilidades, ni siquiera rozarle con la mano, pura admiración. Tan íntimo, tan mío, tan sagrado, que he preferido mantenerlo siempre en el limbo de lo inalcanzable, sin afectos, sin abrazos, a salvo de mí misma cuando me he sentido impotente viéndolo impotente, engañada viéndolo perdido, perdida suponiéndolo engañado. A salvo de todo menos de sí mismo.

Hace tiempo él hablaba ya sin palabras de su pérdida de ilusión, del tedio, de ese torear-por-torear, ese torear-por-sumar obsceno, de esa isla solitaria en un inacabable océano, del inmenso dolor de las almas sensibles que solo las almas sensibles entendemos. Yo te descifraba de lejos. Lo ví sonreir sin ganas en Arévalo paseando sus penúltimas orejas, porque quiero pensar que son eso, las penúltimas. Que vendrán nuevas tardes, nuevas sonrisas, nuevos lances que los demás no podrán soñar en toda su vida.

Lo intuía perdido entre maniobras orquestales en los despachos y contratos que querían hacer del genio un toreo vulgar y regular, algo que nunca será, porque eso es querer meter el mar en un cubo de plástico, porque con los genios nunca dos y dos son cuatro. Lo intuía perdido, muy perdido, con una hoja de ruta mal trazada. Muy mal trazada, incluso contra su forma de torear y concebir el toreo.

Ni toros ni veterinarios ni empresarios ni presidentes. Ni mano a mano ni rabieta. Morante lo manda todo al carajo porque no encuentra a Morante, al Morante que pone en pie a miles de almas cuando se abre de capote, cuando deja danzar libres sus dioses y sus demonios. Libres. Porque necesita recuperar al chaval blanco y oro con el peso del toreo sobre los hombros, ese #MoranteDios en el que creo, al que sigo esperando cada tarde, incluso ahora que dice que se va. Ese Morante que hoy es carne de cañón para quienes demuestran cada día saber menos de esto y no son conscientes de la trascendencia de que Morante, el último genio, el último prodigio, diga que se va en un momento como el que vivimos. Primer aviso.

No, claro que no se acaba el toreo. El toreo continúa porque lo honran cada día quienes se visten de oro y plata; porque lo honran los niños que se apuntan a las escuelas, los hombres y mujeres que asistimos a las plazas inocentes de la mierda que revuelven en los despachos esos que nunca se van. Esos. Porque aún está caliente la sangre de Iván, mi león eterno, la leyenda de todos aquellos que lo han dado todo, la vida, por un sueño, por ser toreros.

No se acaba el toreo, pero yo hoy me levantado huérfana de mil cosas como si me faltase hasta el aire. Triste porque el enemigo está dentro, porque me parece mentira la despedida que quienes se llaman aficionados tributan a un Morante fracturado en dos que necesita recoserse en el silencio, lejos de las plazas. Si se va Morante se marcha el último genio, el más grande. Digan lo que digan ya es historia, leyenda viva del toreo. No lo duden. Nadie antes. Nadie después.

Pliega tu capote, cierra la puerta, descansa, busca.Yo te esperaré siempre con los ojos cerrados y mi corazón de par en par.

(La foto es de Paula Zorita, que también se ha levantado huérfana de mil cosas)

3 comentarios:

Gloria Mateo Grima dijo...

¡Magnífico!

A COMPÁS dijo...

Me llega tu blog a través de mi amiga Ana Alonso. Solo decirte que suscribo todo de principio a fin. Porque nadie es imprescindible, pero unos pocos, muy poquitos, son irreemplazables.

Te dejo un enlace a una entrada de mi blog qu escribí ya hace unos años. Gracias por tu artículo. Rafa

http://libanarsuncai.blogspot.com.es/2009/05/la-medalla-hace-unas-semanas-la.html?m=0

Aarón Segura dijo...

A mí aún me duele, pero le seguiré esperando aunque sea en la eternidad, cuando Morante se abre de capa es como esas aves de alas rojas que se hechan al vuelo, como un suspiro de enamorado, como estar esperando en el vestíbulo del infierno, Morante.