domingo, 25 de septiembre de 2011

Hoy somos dioses

Clack. Ya está. Un pinchazo en la espalda, un puyacito de ná. Es la anestesia, la 'raqui' que llaman. Y a partir de ahí, dejo de sentir la cintura y las piernas son una sensación de levedad, como si nunca hubieran estado. Los cirujanos asoman de cuando en cuando sus gorros entre el amasijo de sábanas verdes. Miro el reloj. Las cinco en punto. Taurina hasta para eso. La corná es más fea de lo que pensaban, pero ya es tiempo pasado. Tranquila, todo va bien.

Después, un frío intenso. El frío del quirófano, que te deja el cuerpo desmadejado. La soledad de la sala de reanimación, a oscuras. La familia esperando afuera. El suero goteando silente, como si no tuviera prisa; el cosquilleo de las piernas que vuelven a ser piernas, que siempre estuvieron ahí. No hay dolor. Cierro los ojos y pienso en las carnes abiertas de los toreros, lo más cercano que conozco a los héroes, a los dioses. En sus rostros sin gestos de dolor. En su dignidad, en su exposición; en su ofrenda. En la pasión que les lleva a enfrentarse a este horror día tras día.

Lo mío no ha sido buscado. Yo no me puse enfrente del toro. Se lo han encontrado por debajo de la piel, como un mulo manso reculado en tablas, sin dar la cara, y al final me ha escarbado hasta los tuétanos. Me han pegado un buen tajo para darle la puntilla. Pero pienso en ellos y no hay dolor. Y me pregunto si yo sería capaz de pisar la arena, de apretarme los machos, sabiendo que cada día puede terminar así, con este frío inmenso de quirófano, la levedad de la anestesia, esa paz de la sala de reanimación que pesa como si fuera plomo, el dolor que ya circunda la herida, recreciéndola.

A mí me han abierto las carnes. Sin poesía, sin leyenda. Sin glorias, sin gestas, sin seda ni oro. Como a las moruchas que van al matadero sin que nadie lo sepa. Yo no estoy hecha de la pasta de los dioses. Pero quiero ser como ellos, que no se descomponen, que siempre se levantan, que se yerguen como la encina, orgullosa, sobre el albero. Quiero ser como ellos, que no dejan siquiera que el dolor les humanice; que aprietan los dientes para que no se escapen de los ojos las lágrimas. Que están más allá, mucho más allá. Y ahí, silencio por favor, en reanimación, pienso en José Tomás, en los ocho litros de vida esparcidos en el albero mejicano; en el torniquete, en el boquete por donde escapa la sangre, los latidos. En su resurrección gloriosa, en el precipicio de su mano izquierda, donde se hilvana el infinito al natural. Ya voy sintiendo las piernas.

Quiero ser como ellos. Pienso en los puntos que vertebran sus cuerpos como un eje maldito, en los surcos labrados por asta de toro en su piel. O el hule o la gloria.

En las palabras que escaparon de la boca de Julio Aparicio sin lengua que las recitase. En las carreteras de grapas que surcaron la carne de Mariscal, de Gimeno Mora. En la sonrisa de Adrián, que se murió de pie a lomos de un potro de acero y ruedas. Y no sé si tendría cojones de ponerme de nuevo ahí, de exponerme a una cornada sabida, consentida, aunque daría lo que soy y lo que tengo por sostener el mundo en las muñecas como Rafael de Paula en majestad o por domar a los vientos en el capote, como hizo ayer Morante para reconciliarse con la historia. Pienso en Morante, y ya siento el alma, su caricia.

Hoy todos escribirán panegíricos, como quien asiste a un velorio, aunque sea un duelo glorioso, un clamor por la libertad, más muriendo que matando. Yo no lo haré; porque quiero ser como ellos. Quiero masticar este dolor hacia adentro, esta rabia, igual que lloran las Dolorosas en mi tierra, sin lágrimas ni aspavientos. Ganándole días a la paciencia, acortando distancias, apretando los dientes. Pensando en los acebuches de 'El Grullo', donde Arrojado retornó a la vida o en las lomas serranas de Tamames donde pastan los rabosos de El Pilar, que lucen orgullosos su condición de bravos, divisa verde y blanca.

Pensando en Manzanares erigiendo una catedral en redondo sobre el suelo bendito que cuatro políticos de mierda han ultrajado. En Julián, don Julián, inmenso y poderoso, ondeando la Senyera, que es una señora que tiene los colores de la bandera de España, hija de España, y no tiene la culpa de nada aunque la ensucien quienes nos roban la libertad en su nombre. Pienso en Serafín, con la barretina en todo lo alto, ahora que será un proscrito, un prohibido en la tierra que le ha amamantado como es: taurino, torero por los cuatro puntos cardinales.
Pienso en Juan Mora, tan de verdad como su espada, que vendrá a dibujar estampas antiguas para que la Monumental no pierda su memoria, su vocación inmemorial, sin recalificaciones ni pantomimas. Por los que pisaron la arena antes; ahora y siempre. Por los que se dejaron la piel y la vida. Por los que estuvieron antes que nosotros. Por los que ofrecen sus hombros como costaleros de septiembre para que un torero roce los cielos por la Gran Vía, sin castigo ni penitencia.

Y pienso en el silencio. En ese silencio digno que volverá a los tendidos cuando la plaza cierre sus puertas y se haga de noche. Silencio que te encoge las tripas, pero no mata. Porque ella es también una diosa, en pie, orgullosa, desafiando al tiempo. Sin desangrarse, sin que se note la brecha que un puñado de fascistas han abierto en su vientre.

Entonces no hay dolor. Hoy no. Quiero ser como ellos. Hoy me siento como ellos. Hoy somos como ellos. Héroes, toreros, aficionados, amigos: salid hoy con la cabeza muy alta de la plaza. Sin pedir permiso. Sin pedir perdón.Todos. Porque vosotros sois la libertad, el tabacazo que siempre cicatriza, este dolor que ya no siento, que me hace sentirme más cerca de nuestros dioses.

Porque hoy todos tenemos que ser como ellos. Toreros siempre. Hasta siempre.


(Las fotos son de Mundotoro, Juan Pelegrín y El Mundo)

6 comentarios:

Noelia Jiménez dijo...

Hoy y siempre eres como ellos. Torera hasta la médula.

Nos das una lección de elegancia. De coraje. De temple. Una vez más.

Gracias, Berrenda, brava.

Mónica dijo...

Grande, muy grande...es difícil ponerle palabras al sentimiento y tú una vez más lo haces con la maestría del que siente.
te quiero.

Fran Jiménez dijo...

Simplemente, magistral, Berrenda. Eres brillante. Eres una diosa.

Apoderado dijo...

Anita: Cuando sea mayor,quiero escribir y sentir como TU.

Qué reaparezcas pronto!!

Anónimo dijo...

Me asoma hoy aquí por primera vez, y casi me hace saltar las lagrimas. Sólo me queda decir: OLÉ!!
JAVIER

Yumi dijo...

Realmente bonito!!!