miércoles, 16 de noviembre de 2011

Nos ponen los cuernos


Vivimos la recta final de unas elecciones en la que los políticos se han empeñado en jugar al escondite sobre la piel del toro, que no sabe, que no entiende, ni de juegos ni de política.

Con cinco millones de parados y un país en el filo permanente de la quiebra, el discurso político ha adquirido unos tintes de surrealismo con respecto a lo taurino difíciles de condensar en esta ventana pequeña por donde a veces se cuelan resquicios de mala hostia por la demagogia barata, por los ataques injustificados y por la complacencia de un sector que se muere desde dentro.

Mala hostia porque la izquierda ha emprendido un camino farragoso, sucio y bajuno, traicionando y decepcionando a alcaldes, concejales, militantes, votantes y simpatizantes que sí amamos y defendemos la fiesta. Una fiesta que nace del pueblo, a pie, cuando los caballeros descieden de su caballo y deja de ser divertimento excusivo de la nobleza. Una fiesta que nunca tuvo colores, sólo el blanco de los pañuelos en el tendido, y que los falsos progres, catetos y cortos de miras, tildan de casposa y fascistoide, quizá porque no conocen no sólo la historia de la tauromaquia, sino la de este país.

Una fiesta vilipendiada, torpedeada desde sus mismas entrañas, que los ciudadanos de a pie intentamos blindar firma a firma con escasas garantías por parte de una cúpula política que no dice 'coño' claro, mientras unos manipulan para no perder un puñado de votos y otros barren para casa para arañarlos en lo que ya es una victoria cantada. Frente a la torpe y contradictoria política prohibicionista esbozada por el PSOE (que hace dos días traspasó los toros a Cultura), el PP ha anuncido su intención de apoyar los toros, dicho con una tibieza que en nada se parece a la contundencia mostrada por el Gobierno francés cuando declaró, sin complejos y de un sólo golpe en la mesa, la fiesta de los toros como Patrimonio Cultural Inmaterial del país.

Pienso en los alcaldes socialistas de esos pequeños pueblos que se parten la cara año tras año para que en los pobres presupuestos de sus fiestas haya un lugar de privilegio para los toros. En los valientes que se han aliado en la Cataluña de la infamia nacionalista para declarar la fiesta patrimonio del pueblo. En aquella bandera republicana que orlaba el cartel de inauguración de la Plaza de las Ventas. En los toreros que pisaron el albero ofreciendo el pecho y con el puño en alto, que nunca se doblegaron al poder. Chenel, que estás en los cielos. En las gentes del campo y de las dehesas, obreros de su pan y su paz.

Pienso en los exiliados que seguían el toreo en blanco y negro, componiendo sobre sus jirones, sin ellos saberlo, los compases de aquellos 'Suspiros de España', al otro lado del Atlántico. En Miguel Hernández escribiendo sobre la sangre del toro sus versos inmortales, más allá de la celda, más allá del llanto de una cebolla desgranado en unas nanas. Y no puedo evitar una tremenda tristeza, un tremendo asco por la prostitución ideológica a la que intentan someter al toro, que no tiene banderas, ni fronteras, ni dogmas.

Mal panorama para el aficionado, que es el que de verdad sustenta la fiesta, paga para mantenerla y dusfrutarla y recoge firmas en la calle, mientras las caras más conocidas del toreo poco o muy poco hacen por la causa.

Porque por la derecha se templan los muletazos y por la izquierda cogen vuelo los naturales. Porque lleva muerte y gloria en los dos pitones, sin importarle en qué hemisferio se mueven los intereses del mundo. Y ahora, a cuatro días de pasar por las urnas, después de asistir atónita al circo político que montan sobre los lomos del bravo, me queda la inmensa duda de qué rédito político se saca de distorsionar la realidad maravillosa del toro, de escupir sobre la memoria de los hombres y mujeres progresistas y liberales que desde siempre acudieron a una plaza de toros, o de privarnos de la libertad para decidir por nosotros mismos.

Una vez más, los políticos nos ponen los cuernos en un mundo donde la única verdad que conozco es la del hombre, a palo seco, frente al toro, el último reducto de la nobleza.

Si de verdad quieren hacer algo por el toro, déjenlo, por favor, en paz.


(Ilustro este post con un toro de Picasso, el más universal de nuestros artistas. A la sombra de ese maravilloso toro, todo lo demás sobra).

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Se puede decir mas alto pero no mas claro. ¡Que par de ovarios tienes, berrenda! Asun.

Anónimo dijo...

formidable, berendita!

el chulo

Lara, MD Y EG dijo...

Bastante de acuerdo. No olvidemos que la tibieza de Rajoy le va a suponer un resultado sin igual en Cataluña, y eso, supone mucho. Tanto como seguro se sabe del voto favorable de una buena parte del electorado taurino. (Y esto lo digo sin saber resultados finales... :))