sábado, 20 de agosto de 2016

Cristina torero, Cristina toreando vida



Estarás a estas horas velando tu capote de seda blanca bordado en malva y morado como las siemprevivas extendidas en primavera, como las túnicas de los Nazarenos de abril y las manchas de vino recio sobre un mantel limpio.

Ese capote plegado durante diecisiete años que escribió una página nueva en la historia de la vieja tauromaquia, anclada en los siglos y en los prejuicios, en un mundo masculino en el que no había hueco ni cabida. Ese capote que abrió puertas, ventanas y mentes y que conjugó por encima de las trabas en toreo en tiempo femenino.

Mujer de atarse los machos, Cristina, desatándose de los machos para ser mujer y torero, maravillosa mujer de seda y oro, de franela y acero, árbol orgulloso que echó raíces sobre el albero. Aquella joven de flequillo recto y mirada decidida con el corazón latiendo a compás como los vuelos de un capote mecido contra el viento. Cristina Sánchez, Cristina torero, Cristina mujer. Torero de pies a cabeza, desde el dedo meñique a la punta de la coleta rubia, a esa melena al viento de mujer, de torero, de mujer, de madre, de torero, de Cristina.

Y te pienso ahora en la soledad del hotel, en el silencio espeso que precede a la batalla, en la responsabilidad del nuevo paseíllo, en el compromiso con la enfermedad, en los nervios del regreso, en la emoción de ceñirte al traje como una segunda piel. Las medias rosas y la espiga bordada, cereal, hostia consagrada, comunión; las zapatillas bajo la silla, esperando el roce, tu paso firme; ese capote de seda blanca bordado en malva y en morado que ya quiere beberse los vientos, vestirte.

Y regreso con los ojos cerrados a la Cristina vestida de calle, Cristina saliendo de la clínica con su hijo primero en brazos, el fruto del amor, el milagro de la maternidad. Tan madre, tan torero, conociendo por vez primera el vértigo que da la muerte cuando se ama por encima de uno mismo. Y pienso en las caricias, en el mágico lenguaje que solo poseemos las mujeres cuando nos enfrentamos a la carne venida desde el vientre, a la maravilla de regalar la vida. Y te veo hoy como entonces, más torero que nunca con las caderas más anchas y la mirada empapada de ternura, tan torero como las miles de mujeres que cada día traen hijos al mundo con el dolor de sus carnes.

Cristina torero. Cristina mujer. Cristina madre, como esas miles de madres que luchan contra el tiempo y los relojes en los pasillos de los hospitales, en las largas sesiones de pruebas y de quimio, de analíticas. En la espera, en la búsqueda del milagro, en la desesperación, en las sombras y en las luces. Tú, que eres madre, lo sabes. Sabes lo que duele un hijo, más que una espada, más que una cornada en lo más profundo del ser, insondable, irracional.

Y adivino en tus ojos de aquella niña de flequillo rubio los ojos de los niños que miran a la vida de frente, que atisban la esperanza, que intentan ver una luz nueva cada día. Esos niños del cáncer que hoy haces visibles cogiendo tu capote, echando la pata alante, marcando la cruz en la arena y ofreciéndote generosa en el ruedo, regalando vida. Tú, que has regalado la vida.

Estarás a estas horas velando ese capote de blanca seda y flores mientras mis latidos vuelan a esa soledad, a ese hotel, a esa plaza repleta que te espera, a la ovación de gala, la emoción, la bienvenida. Echando un capote a las madres, a los niños que sufren y que esperan. Toreando por la vida, escribiendo de nuevo la historia, porque hoy se ha hablado de torear en los telediarios y miles de ojos y de corazones se posan en Cuenca con la esperanza por santo y seña.

Cristina Sánchez. Cristina mujer. Cristina hoy más torero que nunca.




1 comentario:

Pedro Lalanda II dijo...

Cristina, mujer. Cristina, torero...Cristina, grande: más sensible que nunca. Atravesando la barrera de la plaza para, sin abandonar el albero de la vida, enfrentarse, poderosa, a esos morlacos que asustan a quienes, en el ruedo y en la vida, carecen del arrojo necesario para lidiar noblemente sus tarascadas…

Bellísima gesta, pura poesía que – como con cualquier obra de arte – es capaz de emocionar a quienes, entregados, la contemplan: lejos del barato hipérbole, la sensibilidad femenina implícita en la ejecución y el desarrollo de las faenas marcaron un hito en la plaza de Cuenca que probablemente sólo pueda ser superado por el altruismo del objetivo que perseguía.

Bendita Cristina. Bendita Torero. Bendita Mujer. Bendita tú, Ana, por tan bellísimas palabras.